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viernes, 2 de enero de 2015

EE.UU. KENNAN. DOCTRINA DE LA CONTENCIÓN



DOCTRINA DE LA CONTENCIÓN
GEORGE KENNAN

LAS FUENTES DE LA CONDUCTA SOVIÉTICA*

I

La personalidad política del poder soviético, tal como lo conocemos hoy en día, es producto de la ideología y las circunstancias: la ideología heredada por los líderes soviéticos actuales del movimiento en el cual tuvieron su origen político y las circunstancias del poder que ahora han ejercido por casi tres décadas en Rusia. Puede haber pocas tareas de análisis psicológico más difíciles que intentar rastrear la interacción de estas dos fuerzas y el papel relativo de cada una en la determinación de la conducción oficial soviética. Sin embargo, el intento debe hacerse si se quiere entender dicha conducción y contrarrestarla eficientemente.
Es difícil resumir el conjunto de conceptos ideológicos con los cuales los líderes soviéticos llegaron al poder. La ideología marxista, en su proyección ruso-comunista, siempre ha estado en proceso de sutil evolución. Los materiales en los cuales se basa son extensos y complejos. Pero los rasgos sobresalientes del pensamiento comunista, según se daba en 1916, quizás puedan resumirse de la siguiente manera: a) que el factor central en la vida del hombre, el hecho que determina el carácter de la vida pública y la “fisonomía de la sociedad” es el sistema por el cual se producen y se intercambian los bienes materiales; b) que el sistema capitalista de producción es nefasto y lleva inevitablemente a la explotación de la clase trabajadora por parte de la clase que posee el capital y es incapaz de desarrollar adecuadamente los recursos económicos de la sociedad o de distribuir con justicia los bienes materiales producidos por la labor humana; c) que el capitalismo contiene las semillas de su propia destrucción y debe, en vista de la incapacidad de la clase que posee el capital a ajustarse al cambio económico, terminar eventual e ineludiblemente en una transferencia revolucionaria de poder a la clase trabajadora y d) que el imperialismo, la fase final del capitalismo, lleva directamente a la guerra y la revolución.
El resto puede resumirse en las propias palabras de Lenin: “La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley inflexible del capitalismo. De esto se sigue que la victoria del socialismo puede darse originariamente en unos pocos países capitalistas o inclusive en un solo país capitalista. El proletariado victorioso de dicho país, al haberle expropiado a los capitalistas sus bienes y al haber organizado la producción socialista en su país, se levantará contra el resto del mundo capitalista, atrayendo a su causa, en el proceso, a las clases oprimidas de otros países”[1]. Debe señalarse que no se suponía que el capitalismo pereciera sin una revolución proletaria.
Se necesitaba un empujón final por parte del movimiento proletario revolucionario a fin de volcar la tambaleante estructura. Pero se consideraba inevitable que más tarde o más temprano se diera dicho empujón.
Durante los cincuenta años anteriores al estallido de la Revolución, este esquema de pensamiento ejerció una gran fascinación en los miembros del movimiento revolucionario ruso. Frustrados, descontentos, sin esperanzas de encontrar su expresión propia –o demasiado impacientes para buscarla- en los límites cerrados del sistema político zarista, y sin embargo careciendo de un amplio apoyo popular para su elección de una revolución sangrienta como medio de mejoramiento social, estos revolucionarios encontraron en la teoría marxista una racionalización altamente convincente para sus propios deseos instintivos. Les aportaba una justificación seudocientífica a su impaciencia, a su negativa categórica a que existiera cualquier valor en el sistema zarista, a su anhelo de poder y de venganza y a su inclinación a tomar atajos en su búsqueda de éste. En consecuencia, no hay duda de que habían llegado a creer implícitamente en la verdad y la solidez de las enseñanzas marxista-leninistas, tan coherentes con sus propios impulsos y emociones. Su sinceridad no necesitaba ser impugnada. Éste es un fenómeno tan viejo como la misma naturaleza humana. Nunca ha sido más adecuadamente descripto que por Edgard Gibbon, quien escribió en La decadencia y la caída del Imperio Romano: “Del entusiasmo a la impostura el paso es peligroso y resbaladizo; el demonio de Sócrates ofrece un memorable ejemplo de cómo un hombre sabio puede engañarse a sí mismo; cómo un hombre bueno puede engañar a otros, cómo la conciencia puede adormecerse en un estado intermedio y donde se mezclan el autoengaño y el engaño voluntario”. Y fue con este conjunto de concepciones que el Partido Bolchevique entró en el poder.
Ahora bien, debe señalarse que a través de todos los años de preparación para la Revolución, la atención de estos hombres, al igual, por cierto, que la del mismo Marx, se centró menos en la forma futura que el socialismo[2] tomaría, que en el derrocamiento necesario del poder rival, el cual, desde su punto de vista, tenía que anteceder a la introducción del socialismo. Sus ideas, en consecuencia, sobre el programa positivo que se pondría en funcionamiento una vez que se obtuviera el poder, eran en su mayor parte nebulosas, visionarias y poco prácticas. Más allá de la nacionalización de la industria y la expropiación de grandes tenencias privadas de capital, no habría ningún programa acordado. El tratamiento que le darían al campesinado, el cual según la formulación marxista no era el proletariado, siempre había sido un punto vago en el modelo de pensamiento comunista, y siguió siendo objeto de controversia y vacilación durante los diez primeros años de poder comunista.
Las circunstancias del período inmediatamente posterior a la Revolución –la existencia, en Rusia, de una guerra civil y de una intervención extranjera, junto con el hecho obvio de que los comunistas representaban sólo una pequeña minoría del pueblo ruso- hizo que fuera necesario el establecimiento de un poder dictatorial. El experimento con el “comunismo de guerra” y el abrupto intento por eliminar la producción y el comercio privados, tuvieron consecuencias económicas desafortunadas y produjeron un mayor encono contra el nuevo régimen revolucionario. Si bien el  relajamiento temporario del esfuerzo por comunizar Rusia, representado por la Nueva Política Económica, alivió algo de esta desesperación económica y así favoreció sus propósitos, también hizo evidente que el “sector capitalista de la sociedad” todavía estaba preparado para aprovecharse de inmediato de cualquier relajamiento de la presión gubernamental y siempre constituiría, si se le permitía seguir existiendo, un poderoso elemento de oposición al régimen soviético y un serio rival para ejercer influencia en el país. En cierta forma, la misma situación prevaleció respecto del campesino individual el cual, en su propia escala pequeña, también era un productor privado.
            Lenin, en caso de haber vivido, podría haber demostrado que era un hombre lo suficientemente grande como para conciliar estas fuerzas en conflicto en beneficio último de la sociedad rusa, si bien esto es algo cuestionable. Pero sea como fuere, Stalin y aquellos a quienes conducía en la lucha por la sucesión del liderazgo de Lenin, no eran hombres que toleraran fuerzas políticas rivales en la esfera del poder que codiciaban. Su sensación de inseguridad era demasiado grande. Su tipo especial de fanatismo, inmodificado por cualesquiera de las tradiciones anglosajonas de concesiones, era demasiado feroz y demasiado celoso para considerar cualquier posibilidad permanente de compartir el poder. Del mundo ruso-asiático del cual habían emergido, traían consigo el escepticismo acerca de las posibilidades de una coexistencia permanente y pacífica de fuerzas rivales. Fácilmente persuadidos de su propia “justicia” doctrinaria, insistían en la sumisión o destrucción de cualquier poder que les hiciera la competencia. Fuera del Partido Comunista, la sociedad rusa no debía tener ninguna rigidez. No habría formas de actividad humana colectiva o de asociación que no pudiera ser dominadas por el Partido. No se permitiría que ninguna otra fuerza de la sociedad rusa adquiriera vitalidad o integridad. Sólo el Partido tendría estructura. Todo lo demás debía ser una masa amorfa.
            Y dentro del Partido el mismo principio habría de aplicarse. La masa de los miembros del Partido podía pasar por las instancias de elección, deliberación, decisión y acción; pero en estas instancias estaría animada no por su propia voluntad individual, sino por el aterrador aliento de la dirigencia del Partido y la ominosa presencia de “el mundo”.
            Subrayamos de nuevo que, subjetivamente, estos hombres sin duda no buscaban el absolutismo por sí mismo. Indudablemente creían –y encontraron fácil creer- que sólo ellos sabían lo que era bueno para la sociedad y que realizarían ese bien una vez que su poder fuera seguro e indisputable. Pero al buscar la seguridad de su propio poder, no estaban preparados a aceptar ninguna restricción, fuera por arte de Dios o de los hombres, en la naturaleza de sus métodos. Y hasta que fuera posible algo como la seguridad, ubicaban muy abajo en su escala de prioridades operativas la comodidad y la felicidad de los pueblos confiados a su cuidado.
            Ahora bien, la circunstancia sobresaliente vinculada al régimen soviético es que hasta el día de hoy, este proceso de consolidación política nunca se ha completado y los hombres del Kremlin han seguido estando predominantemente absorbidos por la lucha para asegurar y convertir en absoluto el poder que tomaron en noviembre de 1917. Se han consagrado a asegurarlo primordialmente contra las fuerzas internas, dentro de la misma sociedad soviética. Pero también se han consagrado a asegurarlo contra el mundo exterior. Porque la ideología, como lo hemos visto, les enseñó que el mundo exterior era hostil y que su deber era eventualmente derrocar a las fuerzas que estaban más allá de sus fronteras. Las poderosas manos de la historia y la tradición rusas se levantaban para apuntalar en ellos este sentimiento. Por fin, su propia intransigencia agresiva respecto del mundo exterior comenzó a encontrar su propia reacción y pronto se vieron forzados, para utilizar otra frase de Gibbon, “a castigar la contumacia” que ellos mismos habían provocado. Todo hombre tiene el innegable privilegio de demostrar que tiene razón en la tesis de que el mundo es su enemigo; porque si la reitera lo suficientemente a menudo y la convierte en el trasfondo de su conducta, está condenado a tener, eventualmente, razón.
            Ahora bien, pertenece a la naturaleza del mundo mental de los líderes soviéticos, tanto como al carácter de su ideología, la idea de que ninguna oposición a ellos puede reconocerse oficialmente como algo digno del menor mérito o justificación, sea ella cual fuera. Tales oposiciones pueden fluir, en teoría, sólo de las fuerzas hostiles e incorregibles del capitalismo moribundo. En la medida en que se reconocía oficialmente que quedaban restos del capitalismo en Rusia, era posible depositar en ellos, como elemento interno, parte de la culpa por el mantenimiento de una forma dictatorial de sociedad. Pero en la medida en que dichos restos se liquidaron, esta justificación perdió validez y cuando se indicó oficialmente que, por fin, se los había destruido, desaparecieron totalmente. Y este hecho creó una de las compulsiones más fundamentales que llegaron a actuar en el régimen soviético: desde que el capitalismo no existía más en Rusia y desde que no se podía admitir que hubiera una oposición seria o generalizada al Kremlin que surgiera espontáneamente de las masas liberadas bajo su autoridad, se hizo necesario justificar el mantenimiento de la dictadura subrayando la amenaza del capitalismo extranjero.
            Esto comenzó en fecha temprana. En 1924, Stalin específicamente defendió el mantenimiento de los “órganos de supresión”, aludiendo, entre otros, al ejército y la policía secreta, sobre la base de que “mientras el capitalismo nos rodee, habrá peligro de intervención, con todas las consecuencias que se derivan de dicho peligro”. De acuerdo con esta teoría, y desde ese momento en adelante, todas las fuerzas de oposición interna de Rusia han sido coherentemente presentadas como agentes de fuerzas foráneas de reacción opuestas al poder soviético.
            Por el mismo motivo, se puso un tremendo énfasis en la tesis comunista originaria de un antagonismo básico entre el mundo capitalista y el socialista. Resulta evidente, a partir de mis indicaciones, que este énfasis no está fundado en la realidad. Los hechos verdaderos vinculados a él, se confundieron por la existencia, en el exterior, de un resentimiento genuino provocado por la filosofía soviética y sus tácticas, así como, de vez en cuando, por la existencia de grandes centros de poder militar, principalmente el régimen Nazi en Alemania y el gobierno japonés de fines de los años treinta, los cuales por cierto tenían designios agresivos contra la Unión Soviética. Pero hay amplias pruebas de que el énfasis puesto en Moscú sobre la amenaza que enfrentaba la sociedad soviética proveniente del mundo que estaba fuera de sus fronteras no se basaba en la realidad del antagonismo exterior, sino en la necesidad de justificar el mantenimiento de una autoridad dictatorial en el país.
            Ahora bien, el mantenimiento de este modelo de poder soviético, es decir, la búsqueda de una autoridad ilimitada en el país, acompañada por el cultivo del seudomito de la implacable hostilidad extranjera, ha incidido en gran medida en la configuración de la actual maquinaria del poder soviético, tal como lo conocemos hoy en día. Los órganos de administración internos que no servían a este propósito, se marchitaron en la rama. Los órganos que sí servían para este propósito se inflaron de manera impresionante. La seguridad del poder soviético pasó a descansar en la disciplina de hierro del Partido, en la severidad y ubicuidad de la policía secreta y en el monopolio económico inflexible del Estado. Los “órganos de supresión”, en los cuales los líderes soviéticos habían buscado seguridad frente a las fuerzas rivales, se convirtieron, en gran medida, en los señores de aquellos a quienes estaban destinados a servir. Hoy en día, la mayor parte de la estructura del poder soviético está consagrada al perfeccionamiento de la dictadura y al mantenimiento del concepto de Rusia como un país en estado de sitio, con el enemigo cerniéndose más allá de las murallas. Y los millones de seres humanos que forman parte de ese sector de la estructura de poder, deben defender a toda costa este concepto de la situación rusa, ya que sin él, ellos mismos serían superfluos.
            Tal como están las cosas hoy en día, los gobernantes no pueden seguir soñando con separarse de estos órganos de supresión. La búsqueda del poder absoluto, ahora mantenida a lo largo de casi tres décadas con una crueldad sin parangón (al menos en su alcance) en los tiempos modernos, nuevamente ha producido, internamente, al igual que lo hizo externamente, su propia reacción. Los excesos del aparato policial han transformado la oposición potencial al régimen en algo más grande y peligroso de lo que podría haber sido antes de que tales excesos comenzaran.
            Por menos que todo pueden disculparse los gobernantes con la ficción por la cual se ha defendido al mantenimiento del poder dictatorial. Porque esta ficción ha sido canonizada en la filosofía soviética por los excesos ya cometidos en su nombre; y ahora está anclada en la estructura pensamiento soviético por vínculos mucho más grandes que los propios de la mera ideología.

II

Esto en lo referente al trasfondo histórico. ¿Qué significa en términos de la personalidad política del poder soviético, tal como lo conocemos hoy en día?
            De la ideología original, nada se ha echado oficialmente a la basura. Se mantiene la creencia en la maldad básica del capitalismo, en la inevitabilidad de su destrucción, en la obligación del proletariado a ayudar a dicha destrucción y a tomar el poder en sus propias manos. Pero se ha pasado ha poner énfasis primordialmente en aquellos conceptos que se relacionan de manera más específica con el régimen soviético mismo: con su posición como el único régimen socialista verdadero en un mundo oscuro y equivocado y con las relaciones de poder dentro de él.
El primero de estos conceptos es el del innato antagonismo entre el capitalismo y el socialismo. Hemos visto cuán profundamente se ha inscripto dicho concepto en las bases del poder soviético. Tiene profundas consecuencias para la conducta de Rusia como miembro de la sociedad internacional. Significa que nunca puede haber, por parte de Moscú, ninguna presunción sincera de una comunidad de metas entre la Unión Soviética y potencias que se consideran capitalistas. En Moscú debe suponerse invariablemente que las metas del mundo capitalista son antagónicas con el régimen soviético y, en consecuencia, con los intereses de los pueblos que controla. Si el gobierno soviético de tanto en tanto pone su firma en documentos que indicarían lo contrario, debe considerarse como una maniobra táctica aceptable en los tratos con el enemigo (el cual carece de honor) y debería tomarse con el espíritu del caveat emptor. Básicamente, el antagonismo sigue estando. Está postulado. Y de él surgen muchos de los fenómenos que encontramos perturbadores en la conducción de la política exterior por parte del Kremlin: el secreto, la falta de franqueza, la duplicidad, la sospecha bélica y la básica hostilidad de propósitos. Estos fenómenos han venido para quedarse en el futuro previsible. Puede haber variaciones, de grado y de énfasis. Cuando hay algo que los rusos quieren de nosotros, uno u otro de estos rasgos de su política pueden retroceder temporariamente; cuando eso ocurre, siempre habrá norteamericanos que darán un paso adelante con alegres anuncios de que “los rusos han cambiado”, y otros que inclusive intentarán quedarse con el mérito de haber producido dichos “cambios”. Pero no deberíamos dejarnos engañar por maniobras tácticas. Estas características de la política soviética, como el postulado a partir del cual surgen, son fundamentales en la naturaleza interna del poder soviético y seguirán con nosotros, sea en primer plano o en el trasfondo, hasta que la naturaleza interna del poder soviético cambie.
            Esto significa que durante largo tiempo seguiremos encontrando difícil tratar con los rusos. No significa que se les deba considerar embarcados en un programa a vida o muerte tendiente a derrocar a nuestra sociedad para una fecha determinada. La teoría de la inevitabilidad de una eventual caída del capitalismo tiene la afortunada connotación de que no hay apuro en que se produzca. Las fuerzas del progreso pueden tomarse su tiempo para preparar el coup de grâce final. Mientras tanto, lo que es vital es que a la “patria socialista” –el oasis de poder que ya se ha ganado para el socialismo en la persona de la Unión Soviética- la deben cuidar y defender todos los buenos comunistas del país y del exterior, se debe promover su buena suerte y fastidiar y confundir a sus enemigos. La promoción de proyectos revolucionarios prematuros y “aventurados” en el exterior que puedan perturbar al poder soviético en cualquier sentido, será un acto inexcusable, inclusive contrarrevolucionario. La causa del socialismo es el apoyo y la promoción del poder soviético, según se lo ha definido en Moscú.
            Esto nos lleva al segundo de los conceptos importantes para la visión soviética contemporánea. Se trata de la infalibilidad del Kremlin. El concepto soviético del poder, que no permite puntos de organización focales fuera del Partido mismo, exige que la dirigencia del Partido siga siendo, en teoría, la única depositaria de la verdad. Porque si la verdad se pudiera encontrar en otra parte, habría justificación para que se expresara en una actividad organizada. Pero eso es precisamente lo que el Kremlin no puede permitir ni permitirá.
            La dirigencia del Partido Comunista, en consecuencia, siempre tiene razón y siempre la ha tenido desde que en 1929 Stalin formalizó su poder personal anunciando que las decisiones del Politburó se tomaban unánimemente.
            En el principio de la infalibilidad descansa la disciplina de hierro del Partido Comunista. De hecho, los dos conceptos se apoyan mutuamente entre sí. La disciplina perfecta requiere el reconocimiento de la infalibilidad. La infalibilidad requiere la observancia de la disciplina. Y las dos juntas en gran medida determinan el conductivismo del aparato total del poder soviético. Pero su efecto no se puede entender a menos que se tome en cuenta un tercer factor: es decir, el hecho de que la dirigencia tiene la libertad de poner en primer término, por motivos tácticos, cualquier tesis particular, que encuentre útil para la causa en cualquier momento particular y de exigir la aceptación confiada y sin cuestionamientos de dicha tesis por parte de los miembros del movimiento como un todo. Esto significa que la verdad no es constante sino que, de hecho, la crean, en todo sentido y propósito, los mismos líderes soviéticos. Puede variar de una semana a la otra, de un mes al otro. No se trata de algo absoluto e inmutable, nada que surja de la realidad objetiva. Sólo se trata de la última manifestación de la sabiduría de aquellos en los cuales se supone que reside la sabiduría, porque representan la lógica de la historia. El efecto acumulativo de estos factores es darle a todo el aparato subordinado del poder soviético una tozudez inamovible y una también inamovible inmutabilidad en su orientación. Esta orientación puede ser cambiada a voluntad por el Kremlin pero no por cualquier otro poder. Una vez que una determinada línea partidaria se ha establecido sobre un determinado tema de política, toda la máquina gubernamental soviética, incluido el mecanismo de la diplomacia, se mueve inexorablemente a lo largo de la senda prescripta, como un persistente automóvil de juguete, dirigido hacia una determinada dirección, que sólo se detiene cuando se encuentra con alguna fuerza a la que no puede responder. Los individuos que toman parte de esta maquina son impermeables a cualquier argumento o razón que llegue a ellos de fuentes externas. Todo su entrenamiento les ha enseñado a desconfiar y a desestimar la locuaz persuasión del mundo exterior. Al igual que el perro blanco ante el fotógrafo, sólo oyen la “voz del amo”. Y si se tienen que alterar los últimos propósitos que les dictaron, es el amo quien debe hacerlo. Así, el representante extranjero no puede esperar que sus palabras les causen ninguna impresión. Lo máximo que puede esperar es que se los transmitan a los que están en la cumbre, a los que son capaces de cambiar las líneas del partido. Pero inclusive nos es fácil que a ellos los desvíe cualquier lógica normal en las palabras del representante burgués. Desde el momento en que no puede haber ninguna apelación a propósitos comunes, no puede haberla a acercamientos mentales comunes. Por esta razón, los hechos tienen más fuerzas que las palabras para el Kremlin y las palabras llevan el mayor peso cuando tienen aspecto de reflejar o estar respaldadas por hechos de innegable validez.
            Pero hemos visto que el Kremlin no está bajo ningún tipo de compulsión ideológica para cumplir sus propósitos a las apuradas. Al igual que la Iglesia, trata con conceptos ideológicos que tienen validez a largo plazo y puede permitirse ser paciente. No tiene derecho a arriesgar los logros existentes de la Revolución en pro de vanas frulerías futuras. Las mismas enseñanzas de Lenin exigen gran cautela y flexibilidad en la persecución de los objetivos comunistas. Nuevamente, estos preceptos están fortificados por las lecciones de la historia rusa: por siglos de oscuras batallas entre fuerzas nómades en torno de las extensiones de una vasta planicie sin fortificaciones. Aquí la cautela, la circunspección, la flexibilidad, la impostura son cualidades valiosas y su valor encuentra un aprecio natural en la mente rusa y oriental. Así, el Kremlin, no tiene problemas en retirarse cuando se enfrenta con una fuerza superior. Y al no estar bajo la compulsión de ningún esquema temporal, no entra en pánico ante la necesidad de una retirada tal. Su acción política es un arroyo fluyente que se mueve sin parar, dondequiera se le permite que lo haga, hacia una meta dada. Su principal preocupación es asegurarse de que ha llenado cada hueco y cada fisura disponible en la cuenca del poder mundial. Pero si encuentra barreras insuperables en su camino, lo acepta filosóficamente y se adecua a ellas. Lo principal es que siempre debe haber presión, una constante presión en aumento, hacia la meta deseada. No hay restos, en la pisocología soviética, de sentimiento alguno acerca de que dicha meta deba alcanzarse en algún momento determinado.
            Estas consideraciones hacen que manejarse con la diplomacia soviética sea a la vez más fácil y más difícil que hacerlo con la diplomacia de líderes individuales agresivos como Napoleón o Hitler. Por un lado, es más sensible a la fuerza que se le opone, está más dispuesta a ceder en sectores individuales del frente diplomático cuando siente que dicha fuerza es demasiado poderosa y, así, es más racional en la lógica y la retórica del poder. Por otro lado, no se le puede derrotar o desalentar fácilmente por medio de una victoria aislada por parte de sus oponentes. Y la paciente persistencia  que la anima significa que se la puede contrarrestar no por medio de actos esporádicos que representan los caprichos momentáneos de la opinión democrática, sino sólo por políticas inteligentes a largo plazo por parte de los adversarios de Rusia, políticas no menos sólidas en sus propósitos y no menos abigarradas y llenas de recursos en su aplicación que la de la misma Unión Soviética.
            En estas circunstancias, es claro que el principal elemento de cualquier política norteamericana hacia a la Unión Soviética deba ser una contención paciente pero firme, vigilante y a largo plazo, de las tendencias expansivas rusas. Es importante destacar, sin embargo, que una política tal nada tiene que ver con el histrionismo hacia afuera: con amenazas, bravatas o superfluos gestos de “dureza” exterior. Si bien el Kremlin es básicamente flexible en sus reacciones a las realidades políticas, de ninguna manera es poco receptivo a consideraciones de prestigio. Al igual que casi cualquier otro gobierno, puede ponérselo, a partir de gestos faltos de tacto y amenazadores, en una posición en la que no puede permitirse ceder, por más que su sentido del realismo le dicte hacerlo. Los líderes soviéticos son agudos jueces de la psicología humana y, en tanto que tales, son altamente conscientes de que perder los estribos y el autocontrol nunca es fuente de poder en los asuntos políticos. Son rápidos para explotar tales muestras de debilidad. Por estas razones, una condición sine qua non para tratar exitosamente con Rusia es que el gobierno extranjero en cuestión permanezca en todo momento frío y sereno y que sus exigencias respecto de la política rusa se planteen de forma tal que dejen un camino abierto para un acuerdo que no menoscabe demasiado el prestigio ruso.

III

A la luz de lo anterior, se verá claramente que la presión soviética contra las instituciones libres del mundo occidental es algo que puede contenerse a través de la adecuada y vigilante aplicación de una contrafuerza en una serie de puntos geográficos y políticos en constante cambio, correlativos a los cambios y maniobras de la política soviética, pero a los cuales no se puede negar ni prescindir de ellos. Los rusos esperan un duelo de infinita duración y ven que ya han cosechado grandes éxitos. Debe recordarse que hubo una época en que el Partido Comunista representaba a un grupo mucho más minoritario en la esfera de la vida nacional rusa de lo que el poder soviético hoy en día representa en la comunidad mundial.
            Pero si la ideología convence a los gobernantes rusos de que la verdad está de su lado y de que, en consecuencia, pueden permitirse esperar, aquellos de nosotros para los que dicha ideología no tiene ninguna validez somos libres de examinar objetivamente la validez de dicha premisa. La tesis soviética no sólo implica una completa falta de control, por parte de Occidente, sobre su propio destino económico; igualmente da por sentada la unidad, la disciplina y la paciencia rusas a lo largo de un período infinito. Bajemos a la tierra esta visión apocalíptica y supongamos que el mundo occidental encuentra la fuerza y los recursos para contener el poder soviético durante un período de diez o quince años. ¿Qué significa esto para la misma Rusia?
            Los líderes soviéticos, aprovechándose de las contribuciones de la técnica moderna a las artes del despotismo, han resuelto el problema de la obediencia dentro de los confines de su poder. Pocos desafían su autoridad e inclusive aquellos que lo hacen son incapaces de lograr que dicho desafío prevalezca sobre los órganos de supresión del estado.
            El Kremlin también ha demostrado ser capaz de cumplir con su propósito de construir en Rusia, al margen de los intereses de los habitantes, una base industrial de metalurgia pesada, la cual, sin duda, todavía no está completa pero que, sin embargo, sigue creciendo y está acercándose a la de los otros grandes países industriales. Todo esto, sin embargo, tanto el mantenimiento de la seguridad política interna como la construcción de la industria pesada, se ha llevado adelante a un costo terrible en vidas humanas y en esperanzas y energías también humanas. Ha necesitado utilizar una cantidad sin precedentes, en el mundo moderno y en condiciones de paz, de mano de obra forzada. Ha implicado el descuido o el abuso de otros aspectos de la vida económica soviética, especialmente la agricultura, la producción de bienes de consumo, la vivienda y el transporte.
            A todo esto, la guerra ha sumado su tremendo tributo de destrucción, muerte y agotamiento humano. Como consecuencia de esto, hoy en día tenemos en Rusia una población que está cansada física y espiritualmente. La masa del pueblo está desilusionada, es escéptica y ya no es accesible, como una vez lo fuera, a la atracción mágica que el poder soviético sigue irradiando para sus seguidores extranjeros. La avidez con la cual la gente se aferró al pequeño respiro acordado a la Iglesia, por motivos tácticos, durante la guerra, fue un testimonio elocuente del hecho de que su capacidad para la fe y la devoción encontraba muy pocas posibilidades de expresión en los objetivos del régimen.
            En tales circunstancias, hay límites para la resistencia física y nerviosa del pueblo mismo. Estos límites son absolutos y determinantes, inclusive para la más cruel de las dictaduras, porque no se puede llevar al pueblo más allá de ellos. Los campos de trabajos forzados y los otros recursos de constricción, suministran medios temporarios para forzar a la gente a trabajar más horas de lo que su voluntad o la mera presión económica las obligarían a trabajar; pero si las personas logran sobrevivir a ellos, envejecen antes de tiempo y deben considerarse como pérdidas humanas para las necesidades de la dictadura. En cualquiera de los casos, sus mejores capacidades dejan de estar a disposición de la sociedad y no se los puede seguir enrolando en el servicio del Estado.
            Aquí, sólo la generación más joven puede ayudar. La generación joven, a pesar de todas las vicisitudes y los sufrimientos, es numerosa y vigorosa, y los rusos son un pueblo con talento. Pero todavía queda por verse cuáles serán los efectos en el desempeño, durante la madurez, de las anormales tensiones emocionales de la infancia que la dictadura soviética creó y que se vieron enormemente aumentadas por la guerra. Cosas tales como la seguridad normal y la placidez del entorno hogareño prácticamente han dejado de existir en la Unión Soviética, excepto en el caso de los pueblos y las granjas más remotas. Y los observadores todavía no están seguros de que esto no deje su marca en la capacidad general de la generación que ahora entra en la madurez.
            Además de esto, tenemos el hecho de que el desarrollo económico soviético, si bien puede anotarse ciertos logros formidables, ha sido precariamente irregular y desparejo. Los comunistas rusos, que hablan del “desarrollo desigual del capitalismo”, deberían sonrojarse al contemplar su propia economía. En ella, ciertas ramas de la vida económica, tales como la industria metalúrgica y de maquinarias, se han desarrollado de manera totalmente desproporcionada respecto de otros sectores de la economía. Aquí nos encontramos con una nación esforzándose por convertirse, en un corto período de tiempo, en una de las grandes naciones industriales del mundo, mientras que todavía no tiene ninguna red caminera que merezca el nombre de tal y sólo una red de ferrocarriles  relativamente precaria. Se ha hecho mucho por aumentar la eficacia de la mano de obra y para enseñarles a los campesinos primitivos algo acerca de la forma de hacer funcionar las máquinas. Pero el mantenimiento todavía es una escandalosa deficiencia de toda la economía soviética. La construcción es apresurada y de baja calidad. La devaluación debe ser enorme. Y en vastos sectores de la vida económica todavía no ha sido posible inyectar en la mano de obra algo parecido a aquella cultura general de la producción y el respeto por la propia técnica que caracteriza al obrero especializado de Occidente.
            Es difícil imaginar cómo se pueden corregir estas deficiencias en fecha próxima, contando con una población cansada y sin espíritu, que trabaja en gran medida bajo la sombra del miedo y la compulsión. Y mientras no se las supere, Rusia seguirá siendo, económicamente, una nación vulnerable, y en cierto sentido impotente, capaz de exportar sus entusiasmos y de irradiar el extraño encanto de su primitiva vitalidad política, pero incapaz de respaldar dichos artículos de exportación con pruebas reales de poder material y de prosperidad.
            Mientras tanto, una gran incertidumbre se cierne sobre la vida política de la Unión Soviética. Se trata de la incertidumbre implícita en la transferencia de poder de un individuo o un grupo de individuos a otros.
Éste es, por cierto, el problema sobresaliente de la posición personal de Stalin. Debemos recordar que se sucesión al lugar de preeminencia propio de Lenin en el movimiento comunista, fue la única transferencia de autoridad individual de este tipo que ha experimentado la Unión Soviética. Dicha transferencia tomó doce años para consolidarse. Costó la vida de millones de personas y sacudió al Estado hasta sus cimientos; los temblores correspondientes se sintieron en todo el movimiento revolucionario internacional, para desventaja del Kremlin mismo.
            Siempre es posible que otra transferencia de poder preeminente pueda tener lugar de manera tranquila y poco notoria, sin repercusiones en ninguna parte. Pero, nuevamente, es posible que los temas involucrados desencadenen, para utilizar algunas de las palabras de Lenin, una de esas “transiciones increíblemente rápidas” del “desengaño delicado” a la “violencia salvaje” que caracterizaron a la historia rusa y pueden sacudir al poder soviético hasta sus cimientos.
            Pero no es sólo un problema del propio Stalin. Desde 1938, ha habido un peligroso congelamiento de la vida política en los círculos más altos del poder soviético. El Congreso del Partido de Toda la Unión, en teoría el cuerpo supremo del Partido, se supone que debe reunirse no menos que una vez cada tres años. Pronto habrán pasado ocho años completos desde su última reunión. Durante este período, los miembros del Partido se han duplicado numéricamente. La mortandad dentro del Partido se han durante la guerra fue enorme y hoy en día bastante más de la mitad de los miembros del Partido son personas que entraron en él luego de que el Congreso se reunió por última vez. Mientras tanto, el mismo pequeño grupo de hombres se ha mantenido en la cumbre a través de una asombrosa serie de vicisitudes nacionales. Seguramente existe alguna razón por la cual las experiencias de la guerra trajeron cambios políticos básicos en cada uno de los grandes gobiernos de Occidente. Seguramente las causas de tal fenómeno son lo suficientemente fundamentales como para estar presentes por igual en alguna parte dentro de la oscuridad de la vida política soviética. Y sin embargo, en Rusia no se le ha dado reconocimiento alguno a estas causas.
            De esto debe deducirse que, inclusive dentro de una organización tan altamente disciplinada como el Partido Comunista, debe haber una creciente divergencia en edad, visión e interés entre la gran masa de los miembros del Partido, sólo reclutados hace muy poco en el movimiento, y la pequeña camarilla de hombres que se auto-perpetúa en la cumbre, a los cuales la mayoría de estos miembros del Partido nunca ha visto, con los cuales nunca ha conversado y con los que no puede tener ningún tipo de intimidad política.
            Quién puede decir si, en estas circunstancias, el eventual rejuvenecimiento de las altas esferas de autoridad (lo cual puede ser sólo una cuestión de tiempo) puede tener lugar suave y pacíficamente, o si los rivales en la búsqueda de un mayor poder no se remitirán a estas masas políticamente inmaduras y sin experiencia, a fin de encontrar apoyo para sus respectivos reclamos. Si esto llegara a ocurrir, podrían surgir extrañas consecuencias para el Partido Comunista, ya que en gran medida la participación se ha ejercido solamente en la práctica de una disciplina de hierro y de la obediencia y no en el arte de las concesiones y los arreglos. Y si la desunión alguna vez se apoderara del Partido y lo paralizara, el caos y la debilidad de la sociedad rusa se revelarían en formas que irían más allá de toda posible descripción. Porque hemos visto que el poder soviético sólo es una costra que esconde una masa amorfa de seres humanos entre los cuales no se tolera ninguna estructura organizativa independiente. En Rusia, ni siquiera existe algo así como un gobierno local. La actual generación de rusos nunca ha conocido la espontaneidad de la acción colectiva. Si, en consecuencia, alguna vez ocurriera cualquier cosa que alterara la unidad y la eficacia del Partido como instrumento político, la Rusia soviética podría transformarse, de la noche a la mañana, de una de las sociedades nacionales más fuertes en una de las más débiles y dignas de piedad.
            Así, el futuro del poder soviético puede no ser, en ningún sentido, tan seguro como la capacidad rusa de autoengaño lo haría aparecer para los hombres del Kremlin. Que pueden retener ellos mismos el poder lo han demostrado. Que pueden tranquila y fácilmente pasárselo a otros, sigue siendo algo que se debe probar. Mientras tanto, las penurias de su gobierno y las vicisitudes de la vida internacional han significado un pesado tributo para la fuerza y las esperanzas del gran pueblo sobre el cual descansa su poder. Es curioso advertir que el poder ideológico de la autoridad soviética es más fuerte, hoy en día, en zonas que quedan más allá de las fronteras de Rusia, más allá del alcance de su poder de policía. Este fenómeno me hace recordar una comparación utilizada por Thomas Mann en su gran novela Los Buddendrooks. Al observar que las instituciones humanas a menudo muestran el mayor brillo exterior cuando la decadencia interna está en realidad muy avanzada, comparó a la familia Buddenbrook, en los días de su mayor opulencia, con una de esas estrellas cuya luz brilla en este mundo con su mayor esplendor, cuando en realidad hace tiempo han dejado de existir. Y, ¿quién puede decir con certeza que la fuerte luz que todavía lanza el Kremlin sobre los insatisfechos pueblos del mundo occidental, no es el poderoso resplandor ulterior de una constelación que actualmente está desvaneciéndose? Esto no puede probarse. Y no puede refutarse. Pero sigue existiendo la posibilidad de que el poder soviético (y en opinión de este escritor se trata de una fuerte posibilidad), al igual que el mundo capitalista que concibió, lleve en sí mismo las semillas de su propia decadencia y que el crecimiento de dichas semillas esté bien avanzado.

IV

Es evidente que Estados Unidos no puede esperar, en el futuro próximo, disfrutar de intimidad política con el régimen soviético. Debe seguir considerando a la Unión Soviética como un rival, no un socio, en la arena política. Debe seguir esperando que las políticas soviéticas no reflejen ningún abstracto amor por la paz y la estabilidad, ninguna fe real en la posibilidad de una feliz coexistencia permanente de los mundos socialista y capitalista, sino más bien una cauta, persistente presión tendiente a perturbar y debilitar la influencia y el poder del rival.
            Equilibrando esto está el hecho de que Rusia, en su carácter de opositora al mundo occidental en general, sigue siendo, por lejos, el bando más débil, que la política soviética es altamente flexible y que la sociedad soviética bien puede contener deficiencias que eventualmente debilitarán su propio potencial total. Esto, por sí mismo, garantizará que Estados Unidos entre con razonable confianza en una política de firme contención, diseñada para enfrentar a los rusos con una contrafuerza inalterable en cada punto donde muestren signos de interferir con los intereses con los intereses de un mundo pacífico y estable.
            Pero en la actualidad, las posibilidades de la política norteamericana de ninguna manera están limitadas a mantener la línea y esperar lo mejor. Es muy posible que Estados Unidos influya por sus acciones en los acontecimientos internos, tanto dentro de Rusia como en todo el movimiento comunista internacional, por el cual la política rusa está en gran medida determinada. No es sólo cuestión de la pequeña cantidad de actividad informativa que este gobierno puede desarrollar en la Unión Soviética y en otras partes, si bien eso también es importante. Más bien es cuestión del grado hasta el cual Estados Unidos puede producir en los pueblos del mundo en general, la impresión de un país que sabe lo que quiere, que está respondiendo con éxito a los problemas de su vida interna y a sus responsabilidades como potencia mundial y que tiene la vitalidad espiritual suficiente como para mantener su propia ideología en medio de las corrientes ideológicas principales de la época. En la medida en que se pueda crear semejante impresión y mantenerla, las metas del comunismo ruso resultarán estériles y quijotescas, las esperanzas y el entusiasmo de los partidarios de Moscú se desvanecerán y se debería ejercer una mayor presión sobre la política exterior del Kremlin. Porque la paralizada decrepitud del mundo capitalista es la clave de la filosofía comunista. Inclusive el fracaso de Estados Unidos en experimentar la temprana depresión económica que los cuervos de la Plaza Roja han estado prediciendo con increíble confianza complaciente desde que cesaron las hostilidades, tendrá una profunda e importante repercusión en todo el mundo comunista.
            Por el mismo motivo, las exhibiciones de indecisión, desunión y desintegración interna dentro de este país, tienen un efecto euforizante en todo el movimiento comunista. Ante cada manifestación de estas tendencias, un estremecimiento de esperanza y excitación atraviesa el mundo comunista; se puede advertir un nuevo garbo en la marcha de Moscú; nuevos grupos de partidarios extranjeros se trepan a lo que sólo pueden entender como el furgón de cola de la política internacional y la presión rusa aumenta en todo sentido en los asuntos internacionales.
            Sería una exageración decir que el comportamiento norteamericano por sí mismo y sin ningún tipo de ayuda podría ejercer poder de vida y muerte en el movimiento comunista y producir la temprana caída del poder soviético en Rusia. Pero Estados Unidos tiene en sí mismo el poder para incrementar de manera enorme las presiones bajo las cuales debe operar la política soviética, obligar al Kremlin a tener un grado mucho más grande de moderación y circunspección del que ha debido observar en los últimos años y, de tal manera, promover tendencias que eventualmente deban encontrar su salida ya en la ruptura, ya en el ablandamiento del poder soviético. Porque ningún movimiento místico, mesiánico –y en especial no el del Kremlin- pude enfrentar indefinidamente la frustración sin adaptarse de una manera u otra a la lógica de tal estado de cosas.
            Así, la decisión, en realidad, recaerá en gran medida en este país nuestro. El tema de las relaciones soviético-norteamericanas en esencia es una prueba de valor general de Estados Unidos como nación entre naciones. Para evitar la destrucción, Estados Unidos sólo debe ponerse a la altura de sus propias y mejores tradiciones y mostrarse digno de comportarse como una gran nación.
            Por cierto, nunca hubo una prueba más justa de la calidad nacional que ésta. A la luz de estas circunstancias, el observador reflexivo de las relaciones ruso-norteamericanas no encontrará causa para quejarse de los desafíos del Kremlin a la sociedad norteamericana. Más bien experimentará una cierta gratitud a una Providencia que, al suministrarle al pueblo de Estados Unidos este desafío implacable, ha hecho que su seguridad total dependa de que se reúnan y acepten las responsabilidades del liderazgo moral y político que abiertamente la historia ha querido que asuman.


* Reproducido, con permiso del editor, de Foreign Affairs, XXV, Nº 4 (julio de 1947), 566-82. Copyright 1947 por el Council of Foreign relations, Inc.
[1] Concerning the Slogans of the United Status of Europe, August 1915 (Edición oficial soviética de los trabajos de Lenin).
[2] Aquí y en el resto del artículo, “socialismo” alude al comunismo marxista o leninista, no al socialismo liberal de la Segunda Internacional.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

BARRICK GOLD ANUNCIA UNA INVERSIÓN MILLONARIA EN EL NORTE DE CHILE. 1996

The Wall Street Journal Américas. Diario "La Nación". Buenos Aires,31 de enero de 1996

CHINA. PRIMERA POTENCIA COMERCIAL

China, primera potencia comercial

IECO Diario "Clarín". Buenos Aires, 28 de diciembre de 2014.

MIRADA GLOBAL“La competencia mundial no gira ya en torno a los productos, sino que está centrada en la atracción de capital”

  • Jorge Castro ANALISTA INTERNACIONAL
En 2012 y 2013, el comercio internacional creció menos que el PBI global, y es la primera vez que esto ocurre en la era de la globalización. En 2013, el intercambio global aumentó 2,5%, mientras que el producto mundial se expandió 2,9%; y esta proporción repitió lo ocurrido en 2012.
En las tres décadas iniciales de la globalización, la regla ha sido que el comercio internacional crecía el doble que el producto (2:1), lo que significa que entre 1980 y 2011 el intercambio global de bienes y servicios se expandió a un promedio de 7% por año y la tasa de expansión del PBI ascendió a 3,4%.
En la historia del desarrollo capitalista desde la Revolución Industrial (1780-1840), la única etapa en la que el comercio global se expandió a un ritmo menor que el producto fue entre 1913 y 1950, cuando se desencadenaron dos guerras mundiales y se desató la Gran Depresión de la década del 30. En ese período (1929-1939), el comercio internacional se desplomó más de 40%, sobre todo en los años críticos de 1929 / 1932.
En los últimos tres años hay un crecimiento de excepción en la inversión directa (IED) de las empresas transnacionales, que se expandió 10,9% en 2013 (US$ 1.460 millones) y una cifra semejante en 2012.
El principal destino de la IED tras la crisis global 2008-2009 ha sido el mundo emergente (54% del total), y Asia-Pacífico atrajo 40% de esa cifra, encabezada por China, que en este período ha superado a Estados Unidos como la mayor recipiente de la inversión transnacional (US$ 180.000 millones en 2013, que este año serían US$ 20.000 millones).
Las partes y componentes importados representaban 60% de las exportaciones chinas en 1993, y este año han caído a 28%, nítida tendencia descendente. Al mismo tiempo, la República Popular se ha convertido en la primera potencia comercial del mundo, tanto en importaciones como en exportaciones, y con una relación comercio internacional/PBI que asciende ahora a 75% y la ha transformado en el país más integrado y abierto del proceso de globalización.
Esta disminución de los componentes importados en las ventas externas muestra que China ha modificado su posicionamiento en las cadenas globales de producción, y ha dejado de ocupar el segmento final de ensamblaje del conjunto. Se ha trasladado ahora a la cabeza del sistema a través de nuevas industrias de alta tecnología que la colocan en el eje del proceso global de integración industrial, y ya no más en sus márgenes.
Casi 40% de las exportaciones chinas son ahora productos (bienes de equipo y de capital) de alta tecnología; y las empresas transnacionales responden por más de 90% de esas ventas externas; y utilizan para ello los 1.400 laboratorios de tecnología avanzada de que disponen en China (serían 4.000 o más en 2030), encabezadas por Microsoft, Cisco, Facebook, entre otros.
La caída del comercio internacional en relación al producto revela una nueva fase de la globalización, en la que la inversión es más importante que el comercio, sobre todo si se trata de capitales tecnológicamente intensivos, que modifican el posicionamiento de los países que los reciben en las cadenas globales de producción y en la escala de valor agregado.
La clave no está ahora en la disminución de las tarifas, sino en la creación de condiciones domésticas para recibir el nuevo tipo de inversiones.
La competencia mundial no gira ya sobre los productos, sino que está centrada en la atracción de capital (abstracto, intangible, sinónimo de “inteligencia colectiva”).
El total de las exportaciones mundiales era 20% del PBI global en 1995, 25% en 2005 y 30% en 2008, pero esta proporción creció en China dos veces más: pasó de 23% a 39%, encabezadas por las de alta tecnología y mayor valor agregado, resultado de la intensificación creciente del capital en su estructura productiva.
Hay una nueva etapa en la historia del mundo, y la globalización ha adquirido un rostro distinto.

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PERSPECTIVAS DEL GIGANTE ASIÁTICO PARA EL AÑO 2015.

"El Economista". Buenos Aires, 19 de diciembre de 2014.
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Las empresas occidentales se ajustan a la urbanización china

Por   | The Wall Street Journal
SHANGHAI-Durante años, Dover Corp. logró grandes ganancias vendiendo productos como bombas y elevadores hidráulicos de vehículos para grandes empresas industriales y constructoras. Pero ahora China está cambiando, y Dover intenta seguir su rumbo.
El gigante asiático fue un motor importante en la reestructuración de los negocios del fabricante estadounidense, que en los últimos dos años vendió algunas divisiones electrónicas y de construcción.
Ahora está poniendo un mayor énfasis en áreas más cercanas a los consumidores, como tecnología de etiquetas y empaques de alimentos, que ayuda a las empresas a proporcionar información nutricional y luchar contra productos falsificados. Se prevé que más de 40% del crecimiento en el mercado global de etiquetado y codificación, que por ejemplo incluye equipos para imprimir códigos de barras, provenga de China entre ahora y 2015, afirma Dover, citando datos de la firma de investigación Euromonitor International.
"Permaneceremos en el espacio industrial, pero queremos ascender con el consumidor chino", señala Michael Zhang, presidente de Dover en Asia.
La expansión económica impulsada por la inversión se ha desacelerado en China, lo que hace que sea más difícil obtener grandes ganancias de proyectos de magnitud como autopistas, aeropuertos y complejos de oficinas. En busca de nuevos motores de crecimiento, Beijing está acudiendo a los consumidores chinos para reequilibrar la economía del país.
Los analistas prevén que los consumidores cada vez más urbanos de China buscarán llevar un mejor estilo de vida, evitar empleos fabriles y procurar tener autos y casas, apuntalando así el crecimiento económico. El año pasado, alrededor de la mitad de los 1.300 millones de habitantes del país vivían en zonas urbanas. La cifra podría aumentar a dos tercios para 2030, a un ritmo de 13 millones de personas al año, según el Banco Mundial.
"China hace lo que China dice en lo referente a este tipo de planificación", dice James McGregor, asesor de la firma de asuntos públicos APCO Worldwide.
Muchas empresas occidentales están ajustando sus negocios para seguirle los pasos. La unidad Otis Elevator de la estadounidense United Technologies Co. está produciendo ascensores más compactos y aptos para edificios altos y de bajo costo, para sacarle jugo a la iniciativa del gobierno chino para proveer viviendas económicas a más ciudadanos.
Conforme más chinos compran autos, el productor químico alemán BASF SE espera que el aumento de la demanda impulse sus ventas de materiales de plástico en el país. En promedio, los vehículos chinos tienen sólo la mitad del contenido de plástico de un auto europeo, lo que ofrece una oportunidad de sustituir el metal con plástico, según la empresa.
Muchos fabricantes extranjeros de productos industriales se han estado preparando desde hace mucho para los cambios en la estructura económica de China. No obstante, la urgencia ha aumentado a medida que la transición de la economía china lastra el desempeño global de las multinacionales. La economía del país creció 7,8% en 2012 frente al año anterior, su ritmo más lento desde 1999.
"Muchos de nuestros clientes industriales se han visto particularmente afectados por la desaceleración económica de China", asevera John Jullens, socio en la oficina de Shanghai de la consultora Booz & Co. "En paralelo, la demanda se está trasladando cada vez más a los emergentes centros urbanos del interior de China, por lo que las multinacionales simultáneamente tendrán que reajustar también sus modelos de negocios".
El año pasado, Dover registró un crecimiento de ventas apenas por encima de 10% en China, señala Zhang, comparado con un crecimiento promedio anual de más de 20% entre 2005 y 2012. Las ventas en el país generan alrededor de US$1.000 millones de los ingresos globales de US$8.000 millones de Dover. Otras empresas como BASF y Otis Elevator también tuvieron menores ventas en China en los últimos años.
Sin embargo, las tendencias económicas a largo plazo -de un crecimiento económico impulsado por las exportaciones y la inversión a uno cuyo motor sea el consumo procedente de la urbanización- están llevando a las compañías industriales extranjeras a reconsiderar sus estrategias en China.
La urbanización china debería llevar a Beijing a construir más edificios altos de bajo costo para albergar a la creciente población urbana. Este año, el gobierno se ha comprometido a comenzar a construir seis millones de unidades de viviendas económicas y completar unas 4,6 millones adicionales.
"Muchas multinacionales tienen dificultades con la necesidad de ser rápidas y flexibles en el mercado chino, y al mismo tiempo adaptarse a las normas de la sede", explica Bruce McKern, profesor de negocios en la Escuela Internacional de Negocios China Europa (CEIBS) en Shanghai..
 
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Ideas en marcha

Jorge Malena, la diplomacia de una potencia en ascenso

Por   | LA NACION

Aunque parezca una verdad evidente, China se llama a sí misma "un país grande". No es un dato menor, sino una constatación que sostiene toda una política exterior. "Es la definición que ellos tienen sobre el país: una nación de gran extensión territorial, enorme población, la segunda economía más grande del mundo, que merece un lugar en consonancia con esa importancia", apunta Jorge Malena, experto en las relaciones exteriores de China y apasionado desde su adolescencia por ese país, donde vivió entre 1979 y 1982, cuando comenzó a aprender su idioma, su cultura y su historia. Malena, que se especializa en el estudio de la política exterior china en el nuevo escenario internacional, en particular las relaciones con la Argentina y la región, afirma que los chinos valoran un escenario global sin mayores conflictos. "Es el concepto del «ascenso pacífico de China»: ellos reconocen que ante el surgimiento de una nueva potencia mundial, en la historia hubo siempre una guerra con la potencia dominante hasta ese momento, pero afirman que eso es distinto en China. Ellos son los primeros preocupados por un escenario internacional pacífico, porque necesitan insumos y materias primas y apuestan al desarrollo comercial fluido para satisfacer las necesidades de su enorme población", apunta.
En los vínculos de China y la Argentina, una constante ha atravesado gobiernos e ideologías desde 1972, cuando se normalizaron las relaciones diplomáticas entre ambos países: "Ambas partes, independientemente de los gobiernos, se condujeron de manera flexible, pragmática, dejando atrás las ideologías y viendo el interés de cada uno. Esto sigue hasta hoy", señala. Desde 2004, China elevó la categoría de la Argentina y pasamos a ser "socios estratégicos", que es para ellos el mayor reconocimiento.
  • Edad: 47 años
    Perfil: doctor en Ciencias Políticas, coordinador de la carrera de Estudios sobre China en la Universidad del Salvador, y del Comité de Asuntos Asiáticos en el CARI
    Su tema: la política exterior de China
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Libros / Anticipo

La construcción de una nueva potencia hegemónica

En La silenciosa conquista china (Crítica), los periodistas españoles Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo retratan el impacto global de Pekín
Llovía a mares en Caracas y el doctor Mei Qixian se empeñó en acompañarnos hasta el restaurante chino de la esquina, situado apenas a un centenar de metros de su clínica de medicina tradicional. "Este lugar es muy peligroso. No quiero dejaros solos", insistía, paraguas en mano, mientras caminábamos por las ruinosas aceras de la capital venezolana. La paranoia provocada por la inseguridad se había extendido entre la comunidad china en Venezuela, que a finales de 2010 vivía momentos difíciles tras convertirse en el blanco predilecto del crimen organizado. Su tradicional éxito en los negocios -fruto, entre otras cosas, de una capacidad de sacrificio sin igual- les hacía una presa jugosa para secuestradores, asesinos y facinerosos, cuya actividad delictiva se había multiplicado exponencialmente desde la llegada de Hugo Chávez al poder.
Siguiendo los pasos de este hombre menudo y frágil, con un español casi incomprensible pese a haber residido 20 años en el país, pero de un garbo excepcional y un trato exquisito, veíamos en él todas las virtudes que son innatas al pueblo chino.
Mei llegó a Venezuela dos décadas atrás procedente de su Enping natal, en la provincia de Cantón, sin otro propósito que practicar la acupuntura y labrarse un futuro mejor. Se aventuró en tierra desconocida al otro lado del mundo con sólo unas nociones de medicina que, en el país bolivariano, sonaban por entonces poco menos que a chamanismo. Pero su pericia en las técnicas milenarias de la medicina tradicional y su trabajo duro echaron por tierra los prejuicios y la xenofobia que persiguen a los emigrantes chinos allá donde van. Hoy, disfruta de una vida acomodada y del status social que le brinda haber sido el médico personal de tres presidentes venezolanos.
La historia del doctor Mei, caracterizada por la lucha constante y una determinación ciega por progresar, no dejaba de asaltar nuestros pensamientos.
Su relato se entremezclaba con el recuerdo de los "shanta sini" empujando sus pesados fardos repletos de ropa barata por las oscuras calles de El Cairo, o con la imagen de los obreros chinos explotados en Gabón que habíamos recibido en nuestra oficina en Pekín. También la de tantos otros emigrantes anónimos que, con su envidiable afán de superación y su esfuerzo duro y honesto, encontramos por el camino a lo largo de 25 países y miles de kilómetros. Con sus admirables historias de carne y hueso, algunas plasmadas en este libro, todos ellos tejen silenciosamente la tela de araña de un fenómeno histórico e imparable. Certifican que, por fin, ha llegado la hora de China. Que el mundo chino ya está aquí.
Son esos valientes peones, ingenieros, costureros, comerciantes, cocineros y emprendedores los que ponen rostro humano a la conquista china del planeta.
Con sus manos, acometen la mayor reconstrucción de África desde la época colonial, erigiendo la nueva Angola o asfaltando miles de kilómetros de carreteras por todo el continente, mientras en Asia Central su trabajo para construir oleoductos y gasoductos ha permitido que el gas de esta región remota y estratégica fluya hasta las cocinas de Shanghai o Pekín. Esta labor titánica que ha alumbrado puertos, carreteras, presas o estadios de fútbol por todo el globo es, acaso, la cara más visible de la expansión global del gigante asiático, pero en realidad es sólo la punta del iceberg.
Detrás de todas esas infraestructuras se proyecta irremediablemente la alargada sombra del Estado chino, decidido a recuperar en el nuevo siglo el status de superpotencia que disfrutó durante cientos de años y hasta inicios del siglo XIX. "El mundo habla de la emergencia de China como si fuera un fenómeno nuevo, mientras que en Pekín se percibe simplemente como una vuelta al estado natural de las cosas. Al estado en el que China es el primero en todo", nos dijo Pankaj Ghemawat, reputado economista y profesor de la Universidad de Harvard. En esta estrategia para situar al gigante de nuevo en el centro de los asuntos globales, el mundo en desarrollo -con sus abundantes recursos y mercados vírgenes por explotar- juega un papel clave.
En ese teatro de operaciones -el de los países emergentes- el resurgir de China no sólo se ve con buenos ojos, sino que, en el caso de las élites gobernantes, también con entusiasmo. "El siglo XXI será el siglo en el que China lidere el mundo. Y cuando lo lideréis, queremos estar cerca de vosotros. Cuando vayáis a la Luna, no queremos quedarnos atrás", dijo en 2006 el entonces presidente nigeriano Olusegun Obasanjo, durante la visita de Hu Jintao al país africano. Su alocución resume el alivio que, en general, produce en los mandatarios de los países en desarrollo la perspectiva de un mundo multipolar futuro, con China como eventual director de orquesta. Las artes de seducción de Pekín combinan un discurso subliminalmente anticolonialista con una diplomacia camaleónica, al tiempo que despliega los tentáculos de su influencia con multimillonarias inversiones por todo el planeta.
Muestra de lo primero es su doble rasero. Por ejemplo, al intervenir en la ONU para forzar la paz en la guerra civil de Sudán, mientras recibe con todos los honores al presidente sudanés Omar al Bashir, que está en busca y captura por la Justicia internacional. Ejemplo de lo segundo son los 266.700 millones de dólares desembolsados entre 2005 y 2011 por las empresas chinas, en su mayoría procedentes de fondos estatales, en lugares como Sri Lanka, Zimbabue, Brasil y otros países. Todo ello en un contexto de crisis en el que Occidente caía en la propia trampa de su sistema financiero, lo que ha servido de vector de propulsión para que China se haya convertido ya en el nuevo banquero del mundo. El trampolín perfecto para la conquista del mundo.
(...)
No es sólo que China se haya convertido en el gran valedor y en el socio de referencia de los regímenes más represores del mundo (Birmania, Corea del Norte, Irán, Sudán, Cuba), o que sus empresas estatales disfruten muchas veces de patente de corso frente a sus competidoras por el vértigo que provoca la autoridad del todopoderoso Estado chino.
Se trata también de la penetración y aceptación de los estándares y valores chinos -mucho más ambiguos respecto a las exigencias laborales, sociales o medioambientales- en el ámbito de influencia de Pekín, desde los países en los que invierte hasta instituciones internacionales como el Banco Mundial o el Banco Asiático de Desarrollo. La tesis del historiador y periodista británico Martin Jacques parece estar cumpliéndose: el mundo pensó que, con la apertura de China, ésta se iba a occidentalizar. Lo que está sucediendo es justamente lo contrario: el mundo se está sinizando..
 

ISIS DESDE JUNIO ÚLTIMO EJECUTÓ A CASI DOS MIL PERSONAS

Diario "Clarín". Buenos Aires, 29 de diciembre de 2014.

Desde junio último, el ISIS ya ejecutó a casi dos mil personas

La banda ultraislámica.Lo denunció una ONG siria de derechos humanos. Son 1.878 víctimas, de las cuales 1.175 son civiles.

EL CAIRO Y BEIRUT. ANSA, EFE Y AP
La banda extremista Estado islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) ha ejecutado extrajudicialmente en Siria a 1.878 personas desde el pasado 28 de junio, cuando proclamó un “califato” en sectores del territorio de Siria e Irak, informó ayer la ONG “Observatorio Sirio de Derechos Humanos” (OSDH).
Según los datos difundidos por el OSDH, 1.175 de las personas asesinadas eran civiles, de las cuales cuatro eran menores y ocho mujeres. La ONG, que asegura haber constatado las muertes, agrega que las víctimas perdieron la vida por disparo de bala, degolladas, decapitadas o lapidadas.
La organización dispone de una vasta red de fuentes, civiles, militares y médicas y sostiene “haber documentado la ejecución de 1.878 personas que han caído en manos de Estado Islámico entre el 28 de junio y 27 de diciembre”.
El Observatorio, que cuenta con un gran número de voluntarios sobre el terreno, agregó que más de 930 de las víctimas eran de la tribu de Al Sahitat, que se resistió al avance del ISIS en la provincia de Deir al Zor.
Los asesinatos a sangre fría registrados por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos fueron perpetrados en las provincias de Der al Zir (este), al Raqa (noreste), Al Hasake (noreste), Alepo (noroeste), Homs (oeste) y Hama (oeste).
Además, 81 de las víctimas eran rebeldes de otras facciones, incluidos otros grupos yihadistas como el Frente al Nusra, filial de Al Qaeda en Siria, que fueron capturados en enfrentamientos o en puestos de control levantados en las zonas bajo influencia de EI. Asimismo, el ISIS ejecutó en este período a 120 de sus miembros, según el OSDH, que precisó que muchos de ellos eran extranjeros que fueron detenidos cuando intentaban volver a sus países.
La ONG siria también indicó que 50 oficiales, soldados y milicianos favorables al gobierno del sirio Bachar Al Assad fueron asesinados tras ser capturados. No obstante, el Observatorio advirtió de que este número podría ser más elevado debido a que hay cientos de personas desaparecidas en centros de detención del grupo yihadista y a que se desconoce el paradero de un millar de miembros de la tribu Al Shahitat.
Según la ONU, más de 200.000 personas han fallecido en Siria desde que en marzo de 2011 comenzara la guerra, que el pasado verano dio un brusco giro, después de que el ISIS se hiciera con grandes partes del territorio sirio e iraquí en una ofensiva relámpago.
Según varios analistas, las ejecuciones –a menudo difundidas en Internet– aspiran a aterrorizar a los civiles y también a atraer a nuevos combatientes en sus filas.
Entre los ejecutados se encuentra una docena de periodistas y trabajadores humanitarios. El asesinato del periodista estadounidense James Foley, en noviembre pasado y difundido en un video, atrajo la atención sobre esos hechos atroces. Al menos 69 periodistas han muerto en la guerra de Siria y más de 80 fueron secuestrados, según el Comité para Proteger a los Periodistas (CPP).
El grupo estima que “unos 20 periodistas, tanto locales como internacionales, están desaparecidos en Siria” y señala que el ISIS “tiene a muchos de ellos”

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Diario "Clarín". Buenos Aires, 28 de diciembre de 2014.

El acoso del integrismo: ¿Un Oriente Medio sin cristianos?

Un escenario dramático para la Iglesia católica.Las brutales persecuciones de los ultraislámicos agudizan el éxodo de las comunidades en la región donde nació Cristo. El Papa reitera su llamado contra los terroristas y sus abusos.

El que termina ha sido un año negro para los cristianos. No solo en la región de Oriente Medio, donde nacieron Cristo y su mensaje evangélico que creció después en todo el mundo. Francisco dijo hace poco: “Estoy convencido de que la persecución contra los cristianos es hoy más fuerte que en los primeros siglos de la Iglesia. No es una fantasía: lo dicen los números”.
Los 2.300 millones de cristianos, la mitad católicos, constituyen en conjunto “la religión más perseguida del planeta”, afirman estudios católicos recientes. El islamismo radical de una parte de los 1.700 millones de musulmanes es el peor enemigo hoy de la Iglesia Católica, sobre todo, pero no solo, en Oriente Medio.
Una investigación del mensuario progresista católico italiano Jesus se pregunta si los seguidores de Jesús están destinados “a ser aplastados por las guerras civiles y la violencia del integrismo islámico”. “¿Terminarán por replegarse siempre más en pequeños guetos, en defensa de tradiciones exangües?”
Hasta hace tres años se estimaba que entre Irán y Egipto, pasando por Tierra Santa, los fieles de las Iglesias que siguen los Evangelios han sido reducidos a 12 millones de personas. La intolerancia, el clima negativo, aumentó el ritmo de crecimiento de la emigración a Europa, Estados Unidos, América Latina, Australia y Canadá. Hoy algunos estudios creen que pronto el número de cristianos en Oriente Medio será inferior a 10 millones.
El fenómeno se acentuó en forma dramática con la implantación del ISIS, la sigla en inglés del Estado Islámico de Irak y Siria, el califato que lidera Abu Bakr Al-Baghdadi y que ha llevado el fanatismo a niveles aún más altos que los de Al Qaeda, “la Red” creada por Osama Bin Laden. El califato se ha implantado territorialmente en esos dos países y se desarrolla bajo los bombardeos de Estados Unidos y otros países que tratan de contenerlo. La persecución a los “infieles” es de una crueldad sin precedentes. En las puertas de sus casas dejan una marca, para identificarlos.
No hay opciones: o conversión al islam en versión extremista o la muerte. Miles y miles de cristianos han abandonado sus hogares sin llevarse prácticamente nada para salvar la vida. Muchos han sido asesinados. Los yazidíes de Irak y los musulmanes shiítas han recibido el mismo tratamiento impiadoso.
En Roma, el Papa ha dedicado las fiestas de Navidad y fin de año a reiterar sus llamados contra los terroristas y sus “abusos y prácticas inhumanas”. “Las notas de los villancicos están mezclados esta Navidad con lágrimas y suspiros”, escribió Jorge Bergoglio.
Se ha llegado a un nivel muy dramático en más de una década en la que las agresiones contra los cristianos se han multiplicado. El punto inicial fue la insensata invasión y ocupación a Irak en 2003 por parte del presidente de EE.UU. George Bush hijo y sus ejércitos.
La antigua comunidad caldea en Irak que era fuerte de 1,5 millones de fieles, que eran perseguidos por el dictador Saddam Hussein, fueron elegidos desde entonces como blanco principal de los ultraislámicos y hoy según los realistas pesimistas no llegan a 200 mil.
El Papa recordó en una carta que muchos cristianos han sido expulsados de sus tierras, “en la que están presentes desde la época apostólica”. Bergoglio no nombra al califato, pero recuerda que es una “organización terrorista de unas dimensiones nunca vistas”.
La paulatina desaparición de los cristianos es un tema recurrente en los análisis sobre la creciente crisis de la región, afectada por continuas explosiones sociales, guerras “civiles” entre sunnitas y shiítas.
El vaticanista Sandro Magister del semanario L’Espresso recuerda que hace medio siglo Pablo VI fue el primer Papa de la historia que visitó Jerusalén aclamado con “un abrazo físico” por las masas árabes. “Hoy este clima no existe más. La geopolítica de Oriente Medio ha cambiado completamente. No hay paz entre palestinos e israelíes. El Líbano ha sido devastado por una guerra civil”, como Irak por la invasión de EE.UU. y las luchas sectarias. “Egipto explota” desde que la “primavera árabe” echó al dictador Hosni Mubarak y terminó en un nuevo régimen militar. “Millones de prófugos huyen de una región a la otra y son los cristianos los que están más apretados en la morsa de la crisis. Su éxodo es incesante”.
En Oriente Medio los cristianos son ya el 2% de los 550 millones de habitantes, en su gran mayoría musulmanes. De los casi 11 millones que quedan, la mayoría son los cristianos coptos de Egipto, que según los datos cruzados son entre 6 y 9 millones sobre una población de más de 80 millones. Los coptos se separaron de Roma por el rechazo del patriarca de Alejandría a participar del Concilio de Calcedonia en 451. También hay un comunidad de 160 mil coptos católicos y 250 mil protestantes evangélicos.
Dos millones de cristianos son greco-ortodoxos, que se extienden de Siria al Líbano, Turquía e Irak, pero también a una fuerte emigración en América Latina. La guerra civil ha obligado a emigrar a medio millón de cristianos de Siria.
Los melchitas son un patriarcado católico de rito oriental con 1,6 millones de fieles, pero la mitad vive en América Latina, como los maronitas católicos del Líbano, con 1,3 millones de feligreses en esta región, sobre todo en la Argentina.
En todo Oriente Medio, la presencia de los católicos de rito latino, guiados a nivel regional por el Patriarcado de Jerusalén, son hoy apenas 235 mil. Con los greco-ortodoxos y los melquitas son los cristianos que más han sufrido el éxodo de la Tierra Santa. En Israel y Palestina son 50 mil, como en Jordania.