Borran notas contra el Papa del archivo de un diario oficialista
Fue Página 12, con artículos de Horacio Verbitsky. Es luego del giro del Gobierno en su relación con Bergoglio.
El diario oficialista Página 12 borró de su
sitio web ocho columnas de Horacio Verbitsky sobre el ex cardenal Jorge
Bergoglio. Según el columnista, fue una decisión suya “para preservar la
información”.
El dato surgió a través de la cuenta de Twitter
@YoTengoLaVerdad, con más de 18 mil seguidores. Las notas borradas
habían sido publicadas en febrero y abril de 2005, y en 2010. Pero
ahora, cuando se intenta acceder a ellas, la web redirecciona
automáticamente hacia una placa con la leyenda “Documento no
encontrado”.
En una de las columnas, titulada “Baseotto no está
solo”, Verbitsky habla de la relación de la Iglesia con la ESMA y “sobre
el rol del cardenal Bergoglio en el secuestro de dos jesuitas”. En el
último artículo eliminado, publicado en noviembre de 2010, Verbitsky
marca como una ”ironía de la historia” que Emilio Massera murió el mismo
día que Bergoglio tenía que declarar ante la justicia por los
secuestros de los dos sacerdotes jesuitas.
Consultado por este
diario, el periodista aseguró que los artículos fueron quitados de la
versión on line por un pedido suyo. “Yo le pedí al diario sacar de
circulación algunas notas para preservar la información. Fue una
decisión profesional mía que no tiene nada que ver con la empresa ni con
el Gobierno”, dijo ayer Verbitsky. Y agregó: “Me enteré que había
colegas europeos que estaban escribiendo biografías de Bergoglio”.
Ante
la repercusión que tuvo durante todo el día el tema en las redes
sociales, a última hora de la tarde Verbitsky publicó en la web de
Página 12 una breve explicación titulada “Fui yo”, en la que aseguró que
“no quería darle información premasticada a la nube de periodistas
europeos que cayeron sobre Buenos Aires”.
El sitio Urgente 24
publicó, sin embargo, que las columnas fueron “censuradas” por un pedido
del Gobierno, que pasó de los cuestionamientos a Bergoglio, en tiempos
de su arzobispado, a los elogios actuales. La titular de las Abuelas de
Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, reflejó como pocos ese salto. Hace
pocos días, tras reunirse con el Papa, dijo: “Me estaban informando mal
desde sectores que creía que eran serios”.
“La interpretación de
Urgente 24 es un disparate malintencionado de los servicios de
inteligencia”, respondió ayer Verbitsky. Lo cierto es que la decisión de
quitar las columnas tuvo el efecto inverso al deseado: ayer circulaban
sin parar por las redes sociales. w
Días
de boda: es tradición que las amigas jóvenes de la novia sean las
encargadas de preparar la comida para los invitados.. Foto: Viviana
Adonaylo
Foto 1 de 8
Con
uno de sus pies apoyados en el océano Atlántico, Mauritania es un país
de África en el que la pesca es un recurso vital para la alimentación de
la población, además de una fuente de ingresos públicos mediante la
concesión de licencias de pesca a terceros países. No hace falta más que
sobrevolar Nouakchott -la ciudad más populosa y también la capital de
ese país- para darse cuenta de que más allá de la línea de la costa,
donde están los pequeños barcos de pesca artesanal, hay muchísimas
factorías pesqueras con banderas de diversos países, España y Francia,
entre ellos. Mauritania es, también, una inmensa llanura sahariana de
arena y matorrales, atravesada de norte a sur por una de las únicas
carreteras asfaltadas del país, donde cada varios kilómetros se esparcen
pueblos muy pequeños con no más de 100 casas. Para una agricultura de
subsistencia basada en la producción de algunos vegetales (coles,
cebollas, zanahoria, berenjenas, tomates, habichuelas), algunas frutas
(sandía, gombó, hibiscus, mango) y nuevos cultivos introducidos, como
las mandarinas y los plátanos, los continuos años de sequía y la
desertización han malogrado grandes extensiones de tierras. En estas
páginas, personajes y colores de una tierra lejana.
La
niña rubia con el cabello trenzado por sobre su cabeza no deja de
mirarme. No hay nada perturbador en su mirada; es curiosa, inquieta, la
típica mirada de los chicos cuando hay visitas de adultos desconocidos
en casa. Mientras tanto, dos compañeras, rubias como ella, de 11 años
como ella, tironean de su brazo para que se concentre en el micrófono.
El resto del grupo espera atento el OK, que llega con un gesto del
profesor de música, un flaquito de barba candado, de unos 30 años. Bajo,
guitarra, teclados, batería, timbales y voces arrancan entonces con su
versión de Jäätelöauto (Auto helado), un éxito del grupo
finlandés Ultra Bra de principios de 2000, cuando todos estos chicos que
tocan y cantan, y disfrutan haciendo coros, ni siquiera habían nacido.
Suenan muy bien.
Hermosa manera de recibir a las visitas, pienso, y
en mi entusiasmo aplaudo fuerte en el salón de clases cuando termina el
primer tema del show que prepararon los chicos de la escuela Suutarila,
una escuela pública de los suburbios de Helsinki, la capital de
Finlandia, en el norte extremo de Europa. Kari Toyryla, el director,
aplaude como un padre orgulloso. Tiene alrededor de 50 años y salió a la
puerta cuando, por medio de mensajes telefónicos, supo que había
llegado media hora antes. Acostumbrada a calcular tiempo de más por el
tránsito y la falta de previsibilidad en el transporte porteño, ese
tiempo de resguardo resultó innecesario. Los colectivos finlandeses
maravillan en su eficiencia: el bus llegó a la parada de la
Rautatientori, la estación central, a la hora anunciada por la página de
Internet y demoró el tiempo previsto en llegar hasta el barrio en el
que se levanta la escuela. El viaje duró cuarenta minutos en un ómnibus
limpio, con asientos cómodos y poca gente, un chofer con buena
disponibilidad para turistas que lo ignoran todo y monitores que indican
las paradas en una lengua difícil y que no se parece a nada. Al
descender, una cuadra y media de caminata entre el verde y el ocre de
los jardines otoñales, señoras mayores mimando sus plantas, chicos
llegando solos a la escuela en grupitos de a tres o cuatro, sol radiante
y silencio. Todo tan parecido a una modesta gloria. La
tecnología está presente en las aulas, donde los chicos utilizan
notebooks que al final del día quedan guardadas en la escuela para
evitar su deterioro. Foto: LA NACION Kari
me había sorprendido al saludarme con un abrazo, no lo esperaba: no es
esa la idea que uno tiene de los finlandeses, generalmente considerados
personas frías y distantes. Sonríe mucho, se lo ve feliz de recibir a
gente con ganas de conocer el sistema educativo en el que trabaja desde
hace décadas. Con buenos resultados en pruebas internacionales, en las
últimas décadas Finlandia se convirtió en país modelo de educación y
Kari parece satisfecho de poder contarle a un extranjero en qué
consisten esas ideas sobre las que se funda el éxito de la enseñanza en
su país. Ya en la biblioteca, un lugar amplio, con muebles sencillos y
funcionales de madera clara, se suma a la conversación Outi Pihlman,
maestra de inglés.
La escuela alberga a casi 400 chicos y comparte
el edificio con un centro comunitario del barrio. Por eso hay gente
todo el día, todos los días, incluidos los fines de semana. Por las
noches, el gimnasio, amplio y cómodo, se llena con adultos que acuden
para practicar deportes en el mismo espacio físico donde, por la mañana,
los chicos practican los suyos.
Comienza el recorrido por las
aulas para saludar a los chicos y ver cómo es un día cualquiera en una
escuela finlandesa, donde las jornadas escolares son más cortas y los
exámenes son menos y de exigencia moderada. Esta matriz surgió a partir
de un cambio del sistema educativo, que era más elitista, al que se
llegó por consenso entre las diferentes fuerzas políticas hace unas
cuatro décadas. Desde los años 70, y pese a que pasaron varios gobiernos
y decenas de ministros de distinto signo, el modelo educativo dentro
del estado de bienestar no se mueve. Este sistema gratuito, estatal y
administrado por las municipalidades cuyo principal logro es la equidad
social junto con la adquisición de conocimiento, se llama Peruskoulu,
en finlandés, y dura nueve años en los cuales la educación es
obligatoria. Va desde los 7 años hasta los 16. Lo que pasa antes depende
de los padres; lo que pasa después, de los padres y también del
adolescente, quien define si quiere seguir estudiando. Durante la
enseñanza obligatoria todo es gratis para los alumnos, también los
libros, que los docentes seleccionan según sus criterios. Los maestros
confeccionan los programas, no hay currículas estandarizadas aunque sí
hay pautas. "Confían en nosotros, por nuestra formación", explica Outi
en su inglés clarísimo y modulado. No hay inspecciones escolares, como
tampoco hay exámenes de riesgo porque, como explica el experto Pasi
Sahlberg en uno de sus libros, no hay en Finlandia "mentalidad de
carrera hacia la cima". En lugar de pocos exámenes de alta exigencia,
hay muchos de menos exigencia. Frases clásicas de la sociedad finlandesa
como menos es más o lo pequeño es hermoso encuentran en el sistema educativo un eco profundo de identificación. Descalzos:
al llegar al mediodía a la escuela, los alumnos se quitan los zapatos
para estar más cómodos y como en casa; allí también almuerzan junto a
los maestros. Foto: LA NACION
Los
chicos finlandeses van a la escuela en promedio seis horas por día,
cada docente tiene a su cargo entre 20 y 25 alumnos, los recreos duran
15 minutos, cursan las materias convencionales, practican deportes y
todos tienen, varones y mujeres, clases de costura y tejido y de
carpintería, en un taller cómodo y con herramientas en condiciones y
ordenadas. "Los varones son buenísimos con las máquinas de coser",
comenta Outi, quien explica que el curso tiene como objetivo que los
alumnos consigan su carnet de conducir las máquinas, algo que los
entusiasma mucho.
Entre libros y notebooks
En
algunas aulas son los chicos quienes leen en voz alta y se van pasando
la posta; en otras, el maestro les lee. También hacen lectura silenciosa
en unos sillones. En otro salón, los chicos practican ejercicios de
matemáticas en las notebooks, que pertenecen a la escuela y
quedan todos los días en el edificio, guardadas en unos muebles
especiales para evitar el deterioro. En otra aula, un grupo dibuja y
pinta con crayones y acuarelas. Cada vez que abrimos una puerta, el
director pide permiso y dice que hay una periodista argentina que vino
de visita. Le pido a Kari que les pregunte si conocen a alguien nacido
en la Argentina. La respuesta es obvia y la gritan a coro los varones: "¡¡¡Messiiiiiiiiiiiiiii!!!." En
promedio los chicos finlandeses pasan seis horas en la escuela y no hay
duros exámenes, sino muchas pruebas de poca exigencia. Foto: LA NACION Difícil
saber si los chicos de Suutarila tienen preferencias vintage para
elegir repertorio o si son sus maestros quienes los convencen para
cantar temas famosos de tiempo atrás. La segunda vez me esperan con una
versión entusiasta de Eye of the Tiger, de Survivor, tema que se
hizo famoso en Rocky III y que hoy es un clásico de todos los tiempos.
Divierte ver cómo hacen los coros, muertos de risa. Estoy acostumbrada a
ver chicos, a vivir con chicos. Por trabajo además visité escuelas en
toda América latina; conozco esos ojos, esos gestos, esos chismecitos
entre ellos. El tono de la piel o el del cabello no cambia el grado de
curiosidad, sus ganas de saber, sus necesidades, sus decepciones. Los
chicos son chicos y son lindos en cualquier lugar del mundo. Cambia la
actitud y el modo de vestir: sus ropas son alegres, divertidas, de
calidad. Mucho fucsia, violeta, estampados con flores, colores
vibrantes. Lo que es no tan bueno para ellos sería de altísimo nivel
para el estándar en nuestros países. Se ven colgados uno al lado del
otro sus abrigos en los percheros; abajo están sus calzados; en cuanto
llegan se sacan las camperas y las botas, y quedan descalzos, sólo con
medias: así van a pasar su mañana. "Es mucho más limpio y están como en
casa", explica Kari, quien cuenta entonces cómo son la mayoría de los
días del año en Helsinki, cuando este sol que hoy levanta el ánimo
apenas se ve un ratito y el resto del día es oscuridad y nieve, aunque
los chicos siguen jugando afuera, con la ropa adecuada. Ahí es cuando se
hace indispensable encontrar comodidad en los interiores de casas y
edificios -calefaccionados con electricidad-, y preservar la limpieza y
la higiene. Los finlandeses, como el resto de los habitantes de los
países nórdicos, tienen lo que llaman el snow how, una serie de
saberes que aplican para no perder la diversión y la vida normal en
invierno, aun con varios centímetros de nieve en las calles y los
jardines.
La carrera docente
Convertirse
en docente en Finlandia no es una tarea fácil: además de tener
excelentes notas en la Universidad, es necesario contar con un
máster. Foto: LA NACION
Llega
el mediodía, hora del almuerzo, que comparten maestros y alumnos. Mesas
largas, bancos colectivos, techos altos en un salón muy amplio donde se
ve el escenario que utilizan para realizar los actos. Ahí atrás, la
cocina, con un ejército de mujeres preparando lo que va a comer la
comunidad escolar. Ese día el menú consta de ensaladas diversas, papas,
bastones de pescado y albóndigas de carne: cada uno se sirve con su
bandeja. La comida es sabrosa y se ve saludable. Todos tienen rodajas de
pan negro con semillas y lo untan con manteca. Grandes y chicos beben
leche con el almuerzo. La conversación con Kari y Outi avanza por varios
carriles a la vez: responden sobre todo, no se asustan. Kari dice que
por su edad y experiencia, varias veces le ofrecieron ir a trabajar como
funcionario, pero que no puede abandonar la escuela.
No llega
cualquiera a ser maestro en Finlandia. Se necesitan horas y horas de
estudio y un máster. Horas y horas son exactamente 8100 horas (de 45
minutos), en un lapso de cinco años. Un estudio del economista y experto
en educación Juan Llach para la Fundación Rap compara esos números con
las 3600 horas de estudio que se necesita para ser maestro en la
Argentina, en un lapso de cuatro años. La formación docente en Finlandia
es muy estricta y sólo llegan los mejores, no se trata de una elección
por descarte, sino de una profesión deseada por los jóvenes, junto con
ingeniería y medicina. "La profesión de maestro aquí es de las más
populares, los jóvenes siempre quieren pertenecer a la elite que logra
ingresar a la carrera. Entiendo que el respeto social tiene que ver con
esto", dice Outi, que se sorprende cuando escucha que en la Argentina
suele haber noticias con maestros que son golpeados por alumnos o por
padres de alumnos. Kari cuenta que "los salarios están bien, no son
extraordinarios, pero sirven para vivir". En Finlandia hay un solo
sindicato, muy fuerte. Los maestros dan clase 25 horas por semana. La
última huelga fue en 1983 y, por ley, si se logra el convenio salarial,
las huelgas están prohibidas. Outi dice que últimamente, pese a que el
sistema sigue funcionando bien, hay exceso de demanda burocrática y esto
hace que a los docentes se les acumulen tareas por el mismo sueldo. Y
cuenta que es común que viejos maestros justifiquen estas cosas sin
quejarse en voz alta por aquella frase de es la vocación que llama. Y emite su única queja: "A veces somos demasiado leales a las autoridades."
Este
sistema, esta conducta, estos hábitos se dan en un país de población
pequeña, que pertenece a la Unión Europea, pero que comparte una enorme
frontera de 1300 kilómetros con Rusia, con quien tuvieron además guerras
que costaron muchas vidas y mucho dinero en compensaciones. Finlandia
es independiente desde 1917, supo ser parte del imperio sueco y, luego,
del imperio ruso. Hoy son cinco millones y medio de habitantes, de los
cuales el 10% vive en la capital, Helsinki. Aunque la inmigración va en
alza está controlada, por lo que sigue siendo una población homogénea.
Otras de las razones para el éxito educativo y social radican en la
paridad de ingresos, la transparencia política y la confianza de la
sociedad entre los mismos ciudadanos y por parte de los ciudadanos hacia
la clase política. La lengua es el finlandés y el sueco es la segunda
lengua.
"Nosotros tuvimos primero a la nobleza sueca y luego a la
nobleza rusa. Pero nuestra propia nobleza es la gente educada", dice
Outi con una sonrisa inmensa, mientras llevamos de vuelta las bandejas
del almuerzo. Un artículo reciente del diario El País de Madrid
aseguraba que los finlandeses leen un promedio de 47 libros al año, de
los cuales 10 son por placer, ni por trabajo ni por estudio. De esa
nobleza cultural que hizo de Finlandia en 1906 el primer país del mundo
en el que las mujeres tuvieron el derecho a voto y siempre fueron a la
Universidad, de esa que llena día a día las bibliotecas públicas y las
librerías, y que tiene a la educación como bandera, habla Outi.