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jueves, 10 de septiembre de 2015

REFUGIADOS 2015 Refugiados: el viaje de una familia al sueño de la paz

El aluvión migratorio / Un nuevo comienzo

Refugiados: el viaje de una familia al sueño de la paz

MUNICH.-A vista de pájaro, 5000 kilómetros separan Kabul, la capital afgana, de Munich, en Alemania. Por tierra, sin embargo, es probable que llegar de una ciudad a la otra sea el doble... sin contar con el carácter ciclópeo de la aventura.
Ésa fue precisamente la odisea, desproporcionada e improbable, que emprendieron hace dos meses 20 miembros de una misma familia, los Chamkani. "Salimos hace poco más de 60 días. Nunca imaginamos que podríamos llegar hasta aquí", dice Suzanne, una encantadora jovencita de 18 años, ojos soñadores y sonrisa luminosa.
Llegados hace cuatro días a Munich, los Chamkani se aprestan a subir al ómnibus que los conducirá al centro de refugiados donde presentarán el pedido de asilo. Algunos en la mano, otros apretado contra el corazón, cada uno lleva el certificado de registro, primera formalidad que les permitirá seguir con los complicados trámites exigidos por la Unión Europea.
Pero, ¿qué importa? Para ellos, como para las decenas de miles de refugiados que alcanzaron este año las fronteras alemanas al precio de indecibles padecimientos, es como si el sueño de paz ya hubiese comenzado. Lo mismo piensan seguramente los 7000 migrantes que están llegando a Austria y Alemania después de que, bloqueados en Hungría, se lanzaron a recorrer a pie los kilómetros que fueran necesarios.
Al llegar por la mañana, muchos de ellos se arrojaron al suelo de las estaciones ferroviarias de Munich (München Hauptbahnhof) o de Viena (Wien Hauptbahnhof) para besar la tierra que los acogía.
La sonrisa radiante de Suzanne y de cada miembro de su familia es la mejor prueba. Todos quieren hablar, contar, decir que están agradecidos, felices, que harán "todo lo posible para retribuir a este país el honor de haber sido acogidos."
Entonces Suzanne es solicitada por todos. Para que traduzca. Para que diga con sus pocas frases en inglés el inmenso sentimiento de alivio y de júbilo que los invade.
No es para menos. Este pequeño clan afgano, originario del sur de Kabul, llegó después de haber atravesado tierras, mares y montañas de dos continentes. Cruzaron nueve fronteras, y aún están exhaustos. El más anciano tiene 70 años, Babrak. El más joven 12, se llama Abdul.
"De Afganistán fuimos a Irán, después a Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria y finalmente Alemania", enumera Suzanne. Hicieron el periplo a pie, en ómnibus, en trenes, en precarias barcazas e incluso en camiones frigoríficos.
"Como los barcos en mal estado, esos camiones sin aire son los preferidos de los pasadores porque son los más discretos", afirma el responsable local del Alto Comisariado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).
Suzanne asegura no saber cuánto pagaron sus tíos por el viaje de todos. "Too much [demasiado]", susurra bajando los ojos. A simple vista, los Chamkani parecen gente de buen pasar.
"El precio no puede haber sido inferior a 8000 dólares por persona", estima Hugo Tristam, representante de la Cruz Roja.
De toda esa peregrinación, el peor momento fue el cruce de Hungría.
"Ya estábamos agotados. Nadie nos quería ahí, ninguno de nosotros pensó por un momento en quedarse y, sin embargo, nos obligaron a perder varios días en absurdos trámites para poder seguir viaje", se lamenta Ahmed, uno de los tíos de Suzanne.
"Munich es otro mundo", confirma la joven. Puerta de entrada "al verdadero Occidente", sobre todo para quienes llegaron después de atravesar los Balcanes.
Baviera es el segundo länder alemán por el número de solicitudes de asilo: según el sistema de repartición de cuotas en el país, 15% de los candidatos esperan aquí una respuesta (y 21% en Renania del Norte-Westfalia). La región está literalmente sumergida por el flujo de migrantes.
Por eso no todos están felices. A pesar de la enorme ola de solidaridad que provocó esta semana la foto de Aylan, el pequeño sirio de tres años ahogado frente a las costas turcas, la extrema derecha manifiesta su rechazo.
 
"Espero que revientes", lanzó ayer desde su auto un alemán con el cráneo rapado a un paquistaní que se aprestaba a abordar un ómnibus. "Y tu madre también", agregó antes de acelerar. Según la policía, ese insulto se ha puesto de moda.
El desafío de Alemania es doble: aceptar un número sin precedentes de solicitantes de asilo y enviar a sus países de origen a aquellos que huyen de la miseria económica.
El martes pasado, Baviera abrió en Ingolstadt el primer centro de refugiados originarios de los Balcanes, donde podrían ser enviadas unas 1500 personas. Esa decisión de agrupar a los candidatos al refugio según la región de origen suscitó una fuerte polémica durante el verano boreal. Pero el gobierno bávaro intenta de ese modo facilitar los procedimientos para esos migrantes que prácticamente no tienen ninguna posibilidad de permanecer en Alemania.
En la práctica, sin embargo, las deportaciones son difíciles de ejecutar. En 2014, 10.884 refugiados fueron expulsados de Alemania. Apenas un poco más que los 10.200 de 2013. La diferencia es que el número de solicitudes se duplicó de un año para otro, pasando de 127.000 a 203.000. Este año ya fueron expulsados 8178 inmigrantes. Pero Alemania se apresta a recibir 800.000 pedidos de refugio.
"Para ejecutar todas las órdenes de deportación, nos faltan unos 3000 policías. En resumen, unos 100.000 expulsados se beneficiaron con una cierta «tolerancia» en 2014", señala un comisario de la policía federal.
Difícil saber cuál será la decisión que tomarán las autoridades alemanas con la familia Chamkani. Si bien Berlín ha decidido privilegiar los migrantes sirios, la perspectiva de un retiro total de la OTAN de Afganistán, sumada a los riesgos de un regreso de los talibanes a numerosas regiones del país y a la decadencia del Estado, multiplican los candidatos al exilio.
Suzanne tiene confianza. "De todos modos, ninguna mujer puede seguir viviendo en Afganistán. Si regresan los talibanes, para nosotras no hay futuro", asegura, ya con un pie en el ómnibus.
Si todo sale bien, Suzanne está dispuesta a hacer frente a un nuevo desafío: "Aprender alemán y estudiar medicina".
"Quiero ser médica", confiesa. "Para asistir a la gente que lo necesita."
Tal vez así pueda olvidar que durante su interminable viaje por dos continentes, una de sus tías murió de agotamiento, sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo..

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