Diario "La Capital". Rosario, Lunes, 10 de junio de 2013
América latina y la tentación china
Reflexiones, por Sergio Ramírez / Escritor, ex vicepresidente de Nicaragua. Hay una inolvidable película italiana de Marco Bellocchio estrenada en 1967, La China se avecina. Entre los intríngulis de la comedia, está de por medio el miedo cerval a la China comunista que se hace dueña del planeta, con sus legiones de uniformados de gris, a lo Mao Zedong.
Reflexiones, por Sergio Ramírez / Escritor, ex vicepresidente de Nicaragua
Hay una inolvidable película italiana de Marco
Bellocchio estrenada en 1967, La China se avecina. Entre los intríngulis
de la comedia, está de por medio el miedo cerval a la China comunista
que se hace dueña del planeta, con sus legiones de uniformados de gris, a
lo Mao Zedong. Esta predicción de hace casi medio siglo no ha sido
vana, pues los chinos están hoy por todas partes, salvo que en lugar de
los uniformes de basta tela llevan trajes de ejecutivos Armani y relojes
con diamantes. Otra manera de conquistar al mundo.
Tanto en África como en América Latina, China enseña
un apetito voraz de materias primas y alimentos, sin consideraciones al
medio ambiente; y si sumamos la invasiva presencia de sus infinitas
mercancías, tenemos a la vista los dos factores tradicionales en que se
basó la expansión de las economías metropolitanas en el siglo XIX. Pese a
que la globalización representa el imperio de las comunicaciones
instantáneas y las transacciones financieras virtuales, el comercio de
bienes ha aumentado, y es la base de la relación entre América Latina y
China.
La China lejana se avecina. Por la apertura de
relaciones diplomáticas con Costa Rica, su regalo de bodas fue un
flamante estadio de fútbol levantado en pocos meses. Y el presidente
Ortega ha anunciado, otra vez, el canal interoceánico a través de
Nicaragua, que será construido, según sus palabras, con capital chino y
diseñado por los chinos, algo que no parece inquietar a Estados Unidos,
como en el pasado, cuando la doctrina Monroe impedía la intromisión de
cualquier potencia extracontinental en asuntos que se consideraban
estratégicos.
Hemos vivido de sueños: el viejo sueño americano
representado por Estados Unidos, que parece conformarse hoy con un
discreto segundo plano y se limita a buscar cooperación en el plano del
tráfico de drogas y a la firma de tratados de libre comercio, un paraíso
abierto para las mercancías, pero cerrado para los inmigrantes; el
sueño europeo, siempre distante, la idea de la democracia plena y el
bienestar social, la defensa del medio ambiente, la calidad de vida y la
acción internacional pacífica; y ahora el sueño chino tan tentador para
los autócratas de siempre: te compro todo y me vendes todo y ambos nos
hacemos ricos sin hacernos preguntas embarazosas en cuanto a la
democracia.
En menos de dos décadas, afirma Javier Valenzuela, lo
que habrá en el mundo es una "guerra de tronos", como en la Edad Media,
"con múltiples reinos, señoríos y ciudades de fuerzas más o menos
semejantes, compitiendo implacablemente unos con otros sin que ninguno
pueda imponerse con rotundidad".
De modo que el sueño propio de América Latina será la
participación en ese nuevo reparto. Como en el teatro, unos autores
pasarán a la penumbra en el escenario, y otros se acercarán a los
reflectores, y quienes ganen poder económico terminarán reclamando su
propia zona de influencia, y su propio status, como en el caso de Brasil
y México, que demandan ya un asiento en el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas.
El futuro no será homogéneo en América Latina, como
no lo será en Europa, inquietada de pronto por la fractura continental
entre norte y sur, un norte rico dueño de los instrumentos financieros, y
un sur bajo la pesadilla del desempleo, la pobreza, la inestabilidad, y
la creciente inconformidad con el modelo político.
En ambos continentes tendremos entonces un norte y un
sur. Brasil es ya la décima economía mundial, y Argentina, antes tan
próspera e independiente, depende ahora en mucho de Brasil. Pero si las
predicciones se cumplen, México habrá superado en pocos años a Brasil en
cuanto al tamaño de su economía.
Las cifras hablan mejor en ese paisaje múltiple que
las vecindades, y las comparaciones valen a ambos lados del Atlántico.
El ingreso per cápita de Argentina y Portugal se halla hoy día
equiparado; Portugal se encuentra lejos de Alemania en cuanto a riqueza,
y Colombia ya ha superado a Argentina en la cuantía de su producto
interior bruto. Se trata de una movilidad de la que habrá que esperar
aún muchas sorpresas.
Chile, Costa Rica y Uruguay tienen niveles de pobreza
inferiores al 20 por ciento de la población. En cambio, la mitad de la
población en Haití, Honduras, Nicaragua, Bolivia, Guatemala y Paraguay
sigue siendo muy pobre, y la violencia es la peor de las consecuencias
de la miseria también en Venezuela, donde la dilapidación de la riqueza
del petróleo genera violencia, lo mismo que en México la pobreza
estructural se suma al auge de los carteles del narcotráfico. Esa
violencia genera cada año miles de muertos.
La modernidad de América Latina, lo mismo que su
prosperidad, solo serán posibles si se logra dejar atrás los modelos
personalistas para que las instituciones arraiguen de manera firme. La
pobreza y la desigualdad, y lo mismo la marginalidad provocada por la
falta de acceso a una educación de calidad, son el caldo de cultivo del
caudillismo, un mal que nos persigue desde el fondo oscuro de la
historia. La tentación china que viene de lejos estando tan cerca.
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