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martes, 15 de julio de 2014

REGULACIÓN. PARA QUE SIRVE. Krugman, Paul

Diario "Clarín". Buenos Aires, 20 MAY 2012 IECO

Para qué sirve la regulación

“La pérdida gigantesca declarada por JP Morgan constituye una demostración objetiva de por qué hay que regular a Wall Street”

Por PAUL KRUGMAN (PREMIO NOBEL DE ECONOMIA 2009)

 Uno de los personajes de La Diligencia , el film clásico de 1939, es un banquero llamado Gatewood que sermonea a sus compañeros de viaje sobre los males de un Estado grande, especialmente la regulación bancaria. “¡Como si nosotros, los banqueros, no supiésemos cómo manejar nuestros propios bancos!”, rezonga. A medida que avanza la película, nos enteramos de que Gatewood en realidad se está escapando del pueblo con un bolso lleno de dinero robado.

Hasta donde sabemos, Jamie Dimon, presidente y CEO de JPMorgan Chase, no está planeando nada parecido. Sin embargo, le gusta dar discursos al estilo Gatewood acerca de cómo él y sus colegas saben lo que están haciendo y no necesitan que el gobierno los esté vigilando. Así, hay una enorme cuota de justicia poética –y una gran lección política– en el anuncio impactante que hizo JP Morgan de que, de alguna manera, se las había ingeniado para perder US$2.000 millones en operaciones financieras deshonestas y fallidas.
Para ser claro, los hombres de negocios son humanos –aunque los barones de las finanzas tienden a olvidarlo– y todo el tiempo cometen equivocaciones que implican pérdida de dinero. Esto, en sí, no es motivo para que el gobierno intervenga. Pero los bancos son especiales, porque los riesgos que toman los solventan, en buena medida, los contribuyentes y toda la economía . Y lo que JP Morgan acaba de demostrar es que aun a los banqueros supuestamente inteligentes se les debe poner un decidido límite en los tipos de riesgo que se les permite tomar.
¿Por qué, exactamente, los bancos son especiales? Porque la historia nos dice que la banca está y siempre ha estado sujeta a “pánicos” ocasionales y destructivos, que pueden causar estragos en la economía en su conjunto. La actual mitología de derecha sostiene que los problemas de los bancos siempre son el resultado de la intervención estatal, ya sea de la Reserva Federal o de los entrometidos liberales-progresistas del Congreso. De hecho, no obstante ello, los Estados Unidos de la “edad de oro”–un territorio con Estado mínimo y sin Fed– padecieron esos estados de pánico aproximadamente cada seis años. Y algunos de ellos infligieron fuertes pérdidas económicas.
¿Qué hacer, entonces? En los años 30, después de la madre de todos los pánicos bancarios, llegamos a una solución viable, que implicaba garantías y también supervisión. Por un lado, se limitó el margen para el pánico a través del seguro al depósito respaldado por el gobierno; por el otro, los bancos quedaron sujetos a regulaciones para impedir que abusaran de la condición de privilegio derivada del seguro de los depósitos, el cual, de hecho, representa una garantía estatal de sus deudas. Más importante aún, los bancos con depósitos garantizados por el Estado no fueron autorizados a participar en la especulación, a menudo riesgosa, característica de los bancos de inversión como Lehman Brothers.
Este sistema nos dio medio siglo de relativa estabilidad financiera. Pero al final, las lecciones de la historia quedaron en el olvido. Proliferaron nuevas formas de actividad bancaria sin garantía oficial, a la vez que se permitió a bancos tradicionales y modernos asumir riesgos mayores. En los hechos, terminamos sufriendo la versión siglo XXI del pánico bancario de la “edad de oro”, con consecuencias terribles.
Queda claro, entonces, que necesitamos restablecer los tipos de salvaguardas que nos dieron un par de generaciones sin pánicos bancarios de importancia. Es decir, queda claro para todos excepto para los banqueros y los políticos que ellos financian –porque ahora que han sido rescatados, los banqueros querrían, sí, volver a lo que hacían antes. ¿Mencioné que Wall Street le está dando enormes sumas a Mitt Romney, quien ha prometido revocar las recientes reformas financieras? Pasemos a Dimon. JP Morgan, dicho sea en favor de la institución y de él, logró evitar muchas de las malas inversiones que pusieron de rodillas a otros bancos. Esta aparente demostración de prudencia hizo de Dimon el hombre clave en la lucha de Wall Street por dilatar, diluir y/o revocar la reforma financiera. Fue particularmente insistente en su oposición a la llamada “regla Volcker”, que evitaría que los bancos con depósitos garantizados por el gobierno participaran en “trading de cartera propia”, básicamente especulando con el dinero de los depositantes. Confíen en nosotros, ha dicho, en efecto, varias veces el titular de JP Morgan; todo está bajo control.
Evidentemente, no.
¿Qué fue lo que realmente hizo JP Morgan? Hasta donde sabemos, usó el mercado de derivados –instrumentos financieros complejos– para hacer una gran apuesta en la seguridad de la deuda de las empresas, algo similar a las apuestas que la aseguradora AIG hizo en la deuda de vivienda hace algunos años. Lo importante no es que la apuesta salió mal, sino que las entidades que desempeñaban un papel clave en el sistema financiero no tenían por qué hacer esta clase de apuestas, menos aún cuando esas entidades son respaldadas por garantías de los contribuyentes.
Por el momento, Dimon parece haber escarmentado, incluso admitió que quizás los que proponen una mayor regulación puedan tener razón. Es probable que esto no dure; pienso que Wall Street volverá a su arrogancia habitual en semanas, o en días.
Pero lo cierto es que acabamos de ver una demostración objetiva de por qué sí es necesario regular a Wall Street. Gracias, Dimon.

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