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jueves, 27 de agosto de 2015

EE.UU. BUSH 2002 Bush, la era del doble discurso y el unilateralismo

Diario "Clarín". Buenos Aires, 12 de mayo de 2002.

EE.UU. Y EL MUNDO: LAS POLITICAS COMERCIALES Y DE EXTERIORES DEL GOBIERNO REPUBLICANO Bush, la era del doble discurso y el unilateralismo

La polémica crece en el mundo. Washington demanda mercado libre, pero alza barreras para proteger su economía. Y lleva adelante una política internacional que ignora a la mayoría de sus aliados del resto del mundo desarrollado.

Marcelo Cantelmi. DE LA REDACCION DE CLARIN.
Una broma ácida circula hoy por América latina. Asegura que todo ha sido producto de un gran error de caracterización y que en verdad el gobierno de George W. Bush no es un extremo del ultraliberalismo como le endilgan porfiados sus críticos de la periferia, sino otro de cuasi progresismo setentista. Y explican: alambra sus fronteras con barreras arancelarias, dilapida el superávit fiscal heredado de Bill Clinton y genera en cambio gasto estatal para defender su economía, industria y empleos elevándose como un titán en la lucha contra el libre mercado.

La broma no pretende causar gracia. Describe con ironía filosa un doble discurso que emana desde Washington alimentado en una política comercial a la carta y una estrategia que promueve la lucha contra el terrorismo como amalgama de una alianza internacional pero que ha devenido en una experiencia de unilateralismo sin precedentes que convirtió en un espectro la doctrina del atlantismo y desdibujó hasta a la OTAN alejando como nunca antes la alternativa de un mundo multipolar.

Ese doble juego se evidenció nuevamente hace horas con la decisión de aumentar 70% los subsidios agrícolas elevando a US$ 180.000 millones los beneficios en la próxima década. La medida ya votada por el Senado configura una barrera de tamaño oceánico al libre comercio sumándose a los US$ 350.000 millones que los ricos del planeta gastan cada año en protección agrícola. Y que se añade a otros pasos en igual sentido proteccionista que ha dado este conservador de Texas como los incrementos de hasta 50% del arancel al acero que impuso en marzo para amparar a la ineficiente industria acerera norteamericana. Todas estas políticas definen a los ojos de analistas y aún dirigentes de la derecha norteamericana a un gobierno de antiguo estilo conservador con una mirada interna en las antípodas de la que hace planear sobre un mundo en el cual es la única superpotencia regente.

"Estos actos han enviado una señal enteramente errada a la América latina", dijo Stuart Eizenstat, ex subsecretario de Estado y adjunto del Tesoro de Clinton. Se refería a la combinación del aumento de aranceles, la actitud de Washington de abstenerse en condenar el golpe de abril en Venezuela y quedarse virtualmente cruzado de brazos cuando Argentina cayó en el default de su deuda externa.

Lejos de la militancia de Eizenstat, otro ex funcionario gubernamental, Bernard Aronson, quien fue consejero de George Bush padre, coincidió sin embargo con el demócrata en contra del habitante de la Casa Blanca: "la decisión sobre el acero socava la credibilidad de EE.UU. en cuanto al intercambio comercial", sentenció.

En su última edición The Economist se detiene en la experiencia que denomina "poco familiar" de un descontento emergente de la derecha con Bush por algunos de esos movimientos. "En los últimos meses —dice— no ha hecho más que actuar con desdén contra quienes lo elevaron a su actual posición" y cita entre las traiciones justamente las barreras arancelarias.

La polémica medida tiene un primer sentido electoral para intercambiar beneficios a estados clave por votos en las legislativas de este año e intentar aumentar la ligera ventaja republicana en la Cámara baja o acabar con su minoría en el Senado. Pero esa visión es exigua. Hay en verdad toda una concepción del mundo en los pasos que ha dado Bush y que está profundamente relacionada con la esencia del sector más rígido de su partido.

La historia brinda pistas reveladoras sobre los cimientos de estas contradicciones y las enseñanzas que aún resta procesar.

El republicano William G. Hardin quien encabezó un efímero gobierno entre 1920 y 1923 seguido tras su muerte por su correligionario Calvin Coolidge, quizá sea uno de los capítulos más interesantes para observar el espejo de este presente. Hardin sostenía que en las relaciones económicas internacionales, Estados Unidos solo debía vender sin adquirir nada.

Su predecesor, el demócrata Woodrow Wilson, quien desde su "new liberty" de 1912 había planteado la urgencia para formar "una nueva era social, una nueva era de relaciones humanas, una nueva sociedad económica" opuesta a la tiranía "de la riqueza concentrada", defendía una visión mucho más realista con los deudores estadounidenses. "Si queremos hacer que Europa pague sus deudas debemos estar dispuestos a comprarles", sostenía en palabras que desafían el tiempo por su vigencia en la actual controversia planetaria.

Charles y Mary Beard en The Rise of American Civilization recuerdan que Hardin además de su obstinado aislacionismo, se manifestó en favor de abrogar impuestos a los réditos, a las sobreganancias y a la herencia y transferir los gravámenes fiscales del patrimonio de los ricos a los bienes de consumo popular. (Parte del programa que Bush puso en marcha).

Por cierto aquella experiencia que continuó Coolidge con iguales tonos grises y que acabaría años más tarde en la histórica crisis de fines de la década del 20, dio paso a la irrupción luego del "New Deal" de Franklin Delano Roosevelt y su consigna provocadora de que el gobierno del pueblo "debía ser más fuerte que las esferas económicas si se quería que el poder popular fuera efectivo".

Es interesante notar que en la flamante era de Bush Jr. hay claras indicaciones de un neo aislacionismo que se expresa en la forma en que se ha llevado adelante la guerra contra el terrorismo barriendo con banderas que hasta la Guerra de los Balcanes, en el patio trasero europeo, eran poco menos que intocables. El prestigioso Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres acaba de sostener que la OTAN, la alianza de defensa atlántica, ha entrado en una crisis de identidad por el marginamiento que le impuso Washington tras el 11 de setiembre convirtiéndola en una organización de asistencia militar, apenas "una caja de herramientas".

Para el IISS es una acción que denota negligencia de parte de EE.UU. en la lucha antiterrorista. Pero también el punto refleja la sorpresa y el desagrado de la Casa Europea contra Washington por un accionar que convierte a sus socios en testigos y preferentemente silenciosos. En la cumbre de Defensa de Berlín de febrero pasado George Robertson, secretario general de la OTAN, admitió la urgencia de evitar que EE.UU. se desplace hacia el unilateralismo apoyado en un poderío militar que supera holgadamente a Europa pese a los US$ 140.000 millones anuales con que esa parte del mundo contribuye en la Alianza Atlántica. El temor se basa en una acción guerrera contra Irak que los europeos rechazan así como el cerrado apoyo que EE.UU. brinda a Israel contra el criterio común en el Viejo Mundo de auspiciar la inmediata creación de un Estado Palestino. Es no obstante, improbable, que se modifique la estrategia mucho más que insinuada ya por Bush. Un dato elocuente es que EE.UU. se niega a transferir tecnología militar a sus socios del otro lado de Atlántico para evitar un equilibrio que también se mediría en influencia política.

Los europeos visualizan la campaña antiterrorista como una parte de la política norteamericana dirigida a "actuar de acuerdo a su propia interpretación y en favor de sus propios intereses, sin consultar a los otros", según la mirada hipercrítica de la cancillería francesa, país cuyos medios no esquivan en señalar como "hipocresía" la actitud de Washington.

Para los latinoamericanos este experimento tiene la inmediata lectura comercial debido a su agónica realidad. El aumento de los aranceles que promueve una carrera proteccionista en el norte mundial golpea de lleno a las economías periféricas que exportan materia prima. Y que como en el caso de Argentina, reciben además en tono de mandoble lecciones de los organismos de crédito internacional sobre los beneficios de una apertura total y con la consecuencia de plegarse sin objeciones al proyecto del ALCA para liberar el comercio desde Alaska a Tierra del Fuego.

El efecto perverso de estas medidas lo señalaron Pamela Starr y Walter Molano en Foreign Affairs al sostener que además de sus propias culpas "la economía argentina fue víctima de la crisis financiera asiática de 1997". Los capitales huyeron de la periferia y "el proteccionismo de las economías industriales impidió que Argentina reorientara sus exportaciones".

En la cumbre comercial de Fortaleza, Brasil, de abril pasado, el representante comercial de EE.UU., Roberto Zoellick y el subsecretario del Tesoro, John Taylor, hicieron equilibrios dialécticos para intentar explicar las barreras al acero como parte de un cuadro ideal de libre comercio.

Lo peor de los argumentos fue la advertencia de que cualquier represalia, como la que amenazó imponer Brasil, alejaría a inversionistas potenciales. Ese tono extorsivo es doblemente distorsionante para las economías más golpeadas de América latina, que observan en sus archivos cancelados bajo 20 llaves las políticas de fomento y proteccionistas que otrora se aplicaban para desarrollar sectores económicos alternativos que pudieran sustituir importaciones y añadir valor agregado. Nada menos que lo que el gobierno de Bush ha puesto en práctica para combatir la recesión en su país. En el colmo de esta apuesta de doble tono, el presidente republicano horas después de anunciarse el nuevo incremento de subsidios proclamó sin preocuparse en mirar atrás: "la nación debe tener confianza. Las naciones que tienen confianza abren mercados, no se amurallan".

Andrew Ferguson, columnista de Bloomberg, colocado ante este cuadro, admitió que el "conservadurismo compasivo" de Bush es al menos extraño. Y se preguntó "¿es pro intervención o antiintervención? ¿Está a favor del libre comercio o es proteccionista?". Sarcástico, concluyó: "la respuesta, naturalmente, es sí". 

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Diario "Clarín". Buenos Aires, 12 de mayo de 2002.
 







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