Traducir

miércoles, 29 de julio de 2015

ALEMANIA 2015 El renacimiento de Berlín

Diario "Clarín". Buenos Aires, 26 de julio de 2015

El renacimiento de Berlín

Diario de viaje
La capital de Alemania reúne variadas propuestas culturales, paseos al aire libre y circuitos que mantienen vivo un pasado signado por la opulencia imperial, la Segunda Guerra y el Muro. Las impresiones de una enviada especial a esta ciudad cautivante, que ofrece numerosos eventos internacionales, intensa vida nocturna y modernos centros comerciales.
  • Diana Pazos

El viento en la cara. El viento en Berlín. Al mantener la velocidad constante de la bicicleta, con los pies inmóviles sobre los pedales, se respira profundo, se cierran los ojos por unos segundos, y surge una sensación: libertad. Es una sola palabra, es un concepto enorme. Y se va agigantando, con sus claroscuros históricos, con el correr de esta mañana de martes y de sol en la capital de Alemania. “Estamos en la franja de la muerte”, dice Martin, cuando avanzamos por la Bernauer Straße (calle Bernauer). Es necesario frenar.
Hay pausas que nos da la vida (quizá, todas) para abrir los ojos. Ampliamos la mirada entonces. En las paredes del actual museo a cielo abierto se exhiben fotos emblemáticas. Está, en blanco y negro, la abrupta construcción del Muro, que comenzó a ser levantado el 13 de agosto de 1961. Hay imágenes de la desesperación de los vecinos del barrio, que aparecen saltando desde las ventanas de los edificios de esta misma calle: en un primer momento, la línea divisoria pasaba por varias fachadas, logrando que el interior de las casas pertenecieran al sector oriental y el exterior al occidental (la solución fue tapiar las aberturas al principio y demoler las viviendas después). También se observan escenas (tantas veces la realidad supera a la ficción) de la vida cotidiana en aquellos veintiocho años de división, las víctimas que intentaron pasar al otro lado, y la huida de Conrad Schumann, el soldado alemán del Este que salió corriendo.
Donde ahora hay césped, bicicletas y fotos que muestran la euforia durante la caída del Muro, antes había policías, perros, vehículos, luces, alarmas y una torre de control entre dos paredes. Al llegar a este punto del circuito de “Berlin on Bike”, se explica cómo funcionaba el Muro y se puede espiar dentro de un espacio que simula haber quedado congelado en esa época. Claramente, se ve cómo era, en realidad, un doble muro que tenía una pared oriental y otra occidental. En otras palabras, estamos cruzando por el medio, por la llamada “franja de la muerte”.
En forma paulatina, nace una nueva obsesión: quiero saber todo el tiempo si estamos del lado Este, en la ex República Democrática Alemana (RDA), o del Oeste, en la ex República Federal de Alemania (RFA). Criado en el sector soviético, Martin nunca se desorienta. Aclara, incluso, si los territorios occidentales que atravesamos estaban bajo el dominio británico, francés o estadounidense. ¿Un consejo? Ayuda mucho tener un mapa a mano, aunque no es fácil entender el Muro. Una y mil veces volveré a preguntarme, hasta el último día, de qué lado estoy.
Resulta sumamente movilizador estar, frente a frente, con el símbolo mundial de la Guerra Fría. Cuesta imaginar cómo habrá sido convivir con esos 156,4 km totales de pared, de los cuales 43,7 km dividían la ciudad. Cómo habrá sido el día de su demolición, no hace tanto tiempo. Martin fue testigo de la jornada histórica: el 9 de noviembre de 1989 tenía 8 años, en su casa no encendieron su televisor blanco y negro, y se fueron a dormir sin enterarse de nada. A la mañana siguiente tenían una cita con el dentista (salieron rápido del consultorio porque no había gente) y los padres escucharon la noticia en la radio del Trabi (diminutivo para Trabant, el auto de bajo costo estrella de la RDA). A él lo llevaron a la escuela y a su hermana al jardín de infantes, y se acercaron hasta el paso fronterizo de Bornholmer Straße, donde se había abierto el Muro pocas horas atrás. Lograron cruzar Bornholmer Brüke. A ver qué había en el lado prohibido.
Luego de andar 20 km en bicicleta, uno concluye que ésta debe ser la mejor manera de recorrer los rastros del Muro de Berlín. Porque permite conocer mucho en poco tiempo, acceder a rincones escondidos –hasta bordeamos un cementerio–, hacer paradas para descansar y sacar fotos. Porque es un viaje en silencio, con el viento en la piel.
Otra ventaja es que Berlín ostenta un marcado carácter “bike friendly”. Aun en los días de lluvia, jóvenes de la Universidad Humboldt o profesores titulares de cátedra, oficinistas o jubilados, los ciclistas recorren la ciudad a su modo, en su mundo (las bicisendas se encuentran sobre las veredas y tienen sus propios semáforos). Ellos tocan timbre para alertar a los turistas distraídos y usan luces automáticas que se encienden mucho antes de que se venga la noche (basta con que esté nublado nomás). Todo pareciera indicar que el malhumor y las bicicletas son incompatibles porque se los ve muy concentrados, pero con una media sonrisa en los labios.

Los sonidos del silencio
Martes en bici (vértigo). Después de dos días completos en la capital alemana, el silencio le empieza a hacer ruido a este espíritu latinoamericano. Atrás quedaron los embotellamientos de Buenos Aires, las frenadas en el colectivo y los empujones en el subterráneo porteño (pobres los que intentamos abrir un libro en las horas pico). Mejor no hablemos del uso invertido de la mochila (hacia adelante, un insulto para su inventor) para que no te roben los documentos y el teléfono (que los llevás en los bolsillos).
Volvamos al futuro, allá por 2015, en un lugar llamado Berlín. Hay buses de dos pisos y las paradas tienen carteles digitales que anuncian el tiempo de espera de cada línea y su recorrido. Siempre tienen asientos libres. La eficiencia se repite en los tranvías, los trenes (S-Bahn) y el metro (U-Bahn), completando un sistema de transporte público que se agradece por lo puntual, silencioso, limpio y seguro. ¡Siempre tienen asientos libres! A las nueve de la mañana y a las cinco de la tarde suben al subte personas con mascotas (también son “pet friendly” y los perros llevan correas), conviviendo en armonía con quienes escriben en sus notebooks y smartphones, o con aquellos que leen diarios sábanas desplegados en tamaño king size.
Ante la ausencia de ladrones por las calles, sólo te asaltan los pensamientos: cuando no hay bocinas en el aire, los oídos no piden auriculares con música a toda hora y el alivio corporal y mental es inmenso. Definitivamente, el yoga tendría un sentido más profundo en la vida si su calidad, a diario, fuera mejor. No caben dudas de que vengo de un país lejano, pero la distancia geográfica es lo de menos.
Al decir esto, también estoy pensando en el pasado. Berlín es espejo y fue escenario de la historia del siglo XX como ninguna otra ciudad del planeta. Mientras que el Palacio de Charlottemburg remite al imperialismo prusiano, las zonas de Potsdamer Platz y Friedrichstraße son sinónimo de las vanguardias de los “años locos” o “la década dorada del 20”. Encontrándose varios pasos adelante de Nueva York, aquí se multiplicaban los teatros y los cines, nunca escaseaban el alcohol y las drogas y la Primera Guerra Mundial ya había dejado secuelas. Aquí vivieron, con intermitencias, nombres-bisagras como Walter Benjamin, Albert Einstein, Bertolt Brecht, Otto Dix, Marlene Dietrich y los arquitectos Erich Mendelsohn, Walter Gropius y Ludwig Mies van der Rohe. Sería conveniente acudir o volver –según el caso– aquí y ahora a ciertas obras que fueron adaptadas al cine (“La ópera de los tres centavos” y “Cabaret”, por ejemplo).
Berlín refleja, además, las décadas más siniestras del siglo pasado: el nazismo y el Holocausto, los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, la división (de Alemania en general, y de esta ciudad, en particular) y el Muro (de Protección Antifascista para unos y de la Vergüenza para otros). Todo duele demasiado. Recuerdo un video que se viralizó recientemente (en 2014 se celebró el 25° aniversario de la caída del Muro y este año se cumplen 70 del fin de la Segunda Guerra), mostrando los escombros de 1945. Y en este instante hay una nube que el sol no atraviesa, aunque brilla a su alrededor.
Instaurada la reunificación alemana, en los 90 comenzaron a emerger los memoriales, los museos, los edificios restaurados, la vida nocturna y los circuitos turísticos. Siempre hay una grúa en el horizonte que arruina las fotografías en Berlín, pero como compensación, promete futuro.
En la actualidad, la ciudad quiere volver a estar en la agenda internacional y lo está logrando, con su reconstrucción permanente y su impecable programación anual de eventos. Berlín es autocrítica y cosmopolita, juventud y cultura, barrios bohemios y espacios verdes, cerveza y currywurst (su plato más popular, tal vez, a base de salchicha con salsa), precios accesibles y música. Berlín es alegría y es reflexión del horror, todo el tiempo.
Las cifras son contundentes. Se trata de una metrópoli abierta, con 892 km2 (el 30% es superficie verde) donde sólo viven 3,4 millones de habitantes. Muchos llegaron de Turquía, Polonia, Rusia o Italia, una vez terminada la Segunda Guerra; y la población continuó creciendo en cantidad y diversidad luego de la reunificación de las dos Alemanias. En la última década se duplicó el número de turistas y, solamente en 2014, Berlín recibió 11,9 millones de visitantes con un promedio de estadía de 2,4 jornadas. Un dato que no se le escapa a la industria: el 43,6% de las personas que pernoctaron llegaron de otros países.

Ciudad testigo, ciudad fénix
Miércoles a pie (el sol no caerá hasta las nueve de la noche). El verano es muy vital en Berlín y contagia entusiasmo desde temprano. A pesar de las maravillas comentadas sobre el transporte público, hay extranjeros que no saben ni una palabra de alemán y pocas de inglés, y/o no tienen paciencia para estudiar las combinaciones de los subtes y trenes. Es el colmo del turismo contemporáneo: correr, también en vacaciones, para visitar en una semana más templos y museos de los que se pueden asimilar en un par de vidas. Para todos ellos (y para los que están cansados físicamente y necesitan soluciones prácticas), se inventaron los buses “hop on-hop off”, con un itinerario que incluye los imperdibles (“must see”) de cada lugar, con la posibilidad de subir y bajar en los puntos estratégicos.
Desde temprano, hay una fila en la parada del bus turístico, en Potsdamer Platz, a pocos metros del primer semáforo eléctrico de Europa. Agradezco al cielo por la ubicación del hotel sobre Potsdamer Straße, en una zona con mucha historia y súper moderna a la vez, justo enfrente del Pasaje de las Estrellas (están Marlene Dietrich, Christoph Waltz y Diane Kruger, entre otros) y del Sony Center (un complejo futurista de cines, bares y restaurantes, con mesas al aire libre bajo una estructura de acero y cristal, y un techo que cambia de color a la noche).
En Potsdamer (los domingos se llena de puestos de comida callejeros) comienza un paseo a pie imprescindible. A pocos metros de Leipziger Platz (por estos días, convoca con su gran mall), Potsdamer Platz está rodeada de rascacielos y hoteles de alta gama, en contraste con las fotos tomadas durante la Guerra Fría que enseñan la época en la que fue tierra de nadie. El Muro atravesaba el lugar y las estaciones de U-Bahn y S-Bahn estaban cerradas. Este último, que iba desde el sur hasta el norte de Berlín Oeste, pasaba por el centro de la ciudad (Berlín Oriental), pero seguía de largo en Potsdamer.
No son muchas cuadras hasta el gran símbolo de la capital y de Alemania: la Puerta de Brandenburgo ( Brandenburger Tor ). La entrada a la ciudad (había trece) fue obra del arquitecto Carl Gotthard Langhans y se inspiró en la Acrópolis de Atenas. Pero el pórtico de columnas dóricas se hizo famoso en 1806, cuando Napoleón Bonaparte decidió llevarse la cuadriga superior a Francia como trofeo de guerra (sí, los cuatro caballos y la diosa de la Victoria en el carro triunfal). La gran escultura volvió a su lugar en 1814, fue seriamente dañada durante la Segunda Guerra y quedó aislada por el Muro hasta 1989.
Toda visita a Berlín implica el paso por la Puerta de Brandenburgo, que luce totalmente restaurada frente a la Pariser Platz y marca el inicio del boulevard central Unter den Linden. En alemán significa “Bajo los tilos” y será difícil hallar un nombre más poético sobre el cual caminar.
Otra postal codiciada por los viajeros es la de la fachada del vecino edificio del Reichstag, la sede del Parlamento alemán, trasladado desde Bonn en 1999. Incendiado en la primera semana de Adolf Hitler en el poder y bombardeado durante la Segunda Guerra, hoy convoca con su llamativa cúpula de cristal abierta al público.
Con Alexanderplatz como meta final, en el Mitte (el distrito céntrico) van apareciendo el café Einstein, el hotel Adler, la Opera Nacional y la Universidad Humboldt. Aquí hay que detenerse, aunque más no sea para repasar el listado de algunos alumnos ilustres: Einstein, Marx, Hegel, Schopenhauer, Heine y Liebknech, entre otros. Y también para observar la otrora Opernplatz, donde el 10 de mayo de 1933 los nazis quemaron miles de libros considerados de espíritu “anti-alemán” ante la presencia de Joseph Goebbels. En la actual Bebelplatz conmueve esta cita de Heine: “Donde se queman libros, se terminan quemando personas”.
Se deja atrás la bella zona de Gendarmenmarkt, donde se enfrentan las iglesias francesa y alemana junto a la Casa de Conciertos (Konzerthaus o Schauspielhaus). Y se improvisa un paseo por la calle Friedrichstraße, aquella suerte de “Broadway” en los años 20 a la que –como a tantos otros lugares significativos– le pasaron las guerras, el Muro y la reconstrucción. Tanto las Galerías Lafayette como el Friedrichstadtpassagen son ejemplos de esta nueva etapa comercial en la que predominan las tiendas, oficinas y restaurantes.
Si uno no se desvía demasiado es porque no pierde de vista la Torre de televisión de Berlín (Berliner Fernsehturm). Con 368 metros, se dice que es el edificio de acceso público más alto, situado en la plaza urbana más grande: Alexanderplatz. La torre –inaugurada en 1969 por el ex presidente de la RDA, Walter Ulbricht– tiene una plataforma panorámica y un restaurante giratorio en la cima, a la que sube más de un millón de turistas por año. En la misma sintonía, fue una buena idea asomarse a la Karl-Marx-Allee, y caminar por la calle más conocida de la RDA, entre los bloques de viviendas construidos al estilo socialista de los años 50.
Desde ahí se llega al Ayuntamiento Rojo (Berliner Rathaus), en alusión al color de sus ladrillos, y al Barrio de Nikolai (Nikolaiviertel), el más antiguo de Berlín. Con callejuelas medievales, restaurantes y tabernas en torno de la basílica San Nicolás, es ideal para tomarse una cerveza al aire libre.

Una isla cultural
Risas entre amigos, parejas efusivas y lectores solitarios. Predomina la juventud sobre el césped del jardín Lustgarten, mirando a la Catedral (Berliner Dom), a un lado del río Spree y de una isla que reúne 6.000 años de historia. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, la Isla de los Museos (Museumsinsel) está conformada por cinco edificios. Como el tiempo no alcanza, se dejan para otra ocasión las visitas a los museos Antiguo, Bode y la Galería Nacional y se priorizan el Nuevo (Neues), porque exhibe el valioso busto de Nefertiti –esposa del faraón egipcio Akenatón–, y el Pérgamo, con una colección de arte mesopotámico y de Asia Menor impactante. Bastan tres palabras para describir la Puerta de Ishtar de Babilonia, levantada en azul por Nabucodonosor II: hay que verla.
Todo el área de los museos está en reconstrucción hasta 2019, cuando se inaugure el centro de arte, cultura, ciencia y educación Humboldt-Forum, unido a la isla. Es un proyecto vanguardista, que recuerda al otro espectacular conjunto arquitectónico situado también en una orilla del río Spree: la Cancillería Federal alemana.
Como contraste del paseo indoor y en el Este, voy en busca del ocaso en la desmesura verde de Berlín: Tiergarten. Equivalente al Central Park de Nueva York o al Hyde Park de Londres, se trata de un “parque de ocio para el pueblo” (en palabras del príncipe elector Federico III), emplazado en el antiguo coto de caza. Desde lejos, se destaca la Columna de la Victoria, dorada, de 69 metros de altura. No se arrepentirá quien se anime a subir los 285 escalones hasta llegar a su mirador.
El sol recién se despide de mala gana a las nueve de la noche, y me sorprende mirando vidrieras, en las tiendas de la Kurfürstendamm o “Kudamm” (así se conoce a la avenida de 3,5 km que parte de la Breitscheidplatz). Construida en 1542 como carretera elevada desde el Palacio Berlinés hasta el de Caza Grunewald, recién fue terminada en 1886; y en los años 20, fue un lugar de encuentro para los intelectuales, con teatros, cafés y bares nocturnos (Marmorhaus fue el primer cine de Berlín, hacia 1913). A su vez, durante la Guerra Fría, era la calle comercial de Berlín Oeste por excelencia.
Ahí nomás, está el KaDeWe, con más de un siglo, ocho plantas y 60.000 m2. Su sello radica en las marcas de lujo y el departamento gourmet superior, para comprar productos típicos y comer. Cenar en el KaDeWe es un placer.
Leé también: 5 imperdibles de Berlín
Dolor infinito
Jueves de lágrimas. A mitad de camino entre Potsdamer Platz y la Puerta de Brandenburgo, aparece un campo ondulado de 19.000 m2 con 2.711 cubos de hormigón. Es el Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados de Europa, inaugurado en 2005. Soy una de las 500.000 personas que visitan cada año los bloques grises, altos y bajos, con efecto de llanto sobre sus lados. Exactamente, da la impresión de que las paredes hubieran llorado, a medida que crece un sentimiento de opresión cuando uno avanza por el suelo irregular de los pasillos. Anotación mental: para la próxima visita a la ciudad queda pendiente el Museo Judío.
En el subsuelo se encuentra el Centro de Información: comienza con una explicación general sobre la política del terror nacionalsocialista de 1933 a 1945 y continúa con artículos de periódicos y cartas personales durante la persecución. En las salas siguientes, las víctimas tienen nombre y rostro, biografía y familia; hasta que al final se lee y escucha la descripción de los campos de concentración y exterminio. A la salida y con escalofrío, rescato la frase de Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz: “Ocurrió, por lo tanto, puede volver a ocurrir”.

Si el monumento es infinitamente doloroso, qué decir del sitio Topografía del Terror, en las calles Wilhem y Prinz Albrecht: en este terreno funcionaba la central de la Policía Secreta del Estado (Gestapo), la Jefatura Suprema de las SS, el Servicio de Seguridad (SD) y la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA). Muy cerca del edificio Martin-Gropius, aquí se documenta la historia de las instituciones más importantes del aparato del terror y los crímenes cometidos. Los nazis se ríen en las fotos. Multitudes ovacionan lo inhumano. Están Himmler y el Führer. Las humillaciones públicas. Las esposas de los asesinos. Los judíos, gitanos, homosexuales y “asociales”. Trabajadores forzados y muertos. El fin del Estado SS y la posguerra. ¿Cómo no llorar?
Sobre la Niederkirchnerstraße, a un costado de la Topografía, contemplo una de las pocas partes originales del Muro que se conservan en pie. No sé cuánto tiempo estuve delante de los 200 metros de la pared gris. Sólo recuerdo, vagamente, que había empezado a recorrer la exposición al aire libre sobre el nazismo y la posguerra, cuando un policía me obligó a salir. Tenían que cerrar.
Entonces, compré por ahí un pedazo del Muro (con certificado de originalidad) y seguí caminando hasta un gran cartel blanco con letras negras, histórico, que el turismo convirtió en imanes de heladera. “Están saliendo del sector americano”, advierte hoy –como en la Guerra Fría–, a pasos de la torre de vigilancia aliada reconstruida. Es Checkpoint Charlie, el puesto fronterizo interno más conocido de Alemania. Creado el 22 de septiembre de 1961, ahora recrea el modo en que los vigilantes aliados registraban a los miembros de las fuerzas armadas norteamericanas, británicas y francesas antes de que viajaran a Berlín Este. Por su condición de paso, aquí tuvo lugar la llamada “confrontación de los tanques”. Impactan las fotos.
Además de banderas de Estados Unidos y soldados dispuestos para las cámaras de los viajeros, se puede profundizar en el tema al visitar el Museo del Muro en Checkpoint Charlie (Mauermuseum Haus am Checkpoint Charlie). El acento está puesto en mostrar las estrategias que utilizaban las personas para escapar de la República Democrática Alemana, desde un Trabant hasta globo aerostático. Logra surtir su golpe de efecto el coche diminuto, cuyo baúl no fue revisado en la frontera: ningún guarda imaginó que ahí cabía una persona. También llaman la atención las dos maletas cortadas y metidas una dentro de la otra en la que alguien intentó huir.
Al cruzar la calle, “The Wall-Yadegar Asisi Panorama” consiste en una rotonda de acero cilíndrica y enseña un panorama de la vida cotidiana a ambos lados del Muro de Berlín en un día cualquiera de los años 80. Finalmente, “Black Box” (Caja Negra) es un pabellón informativo acerca de la historia del control fronterizo.

El Muro, a todo color
El Checkpoint Charlie y los numerosos museos que recuerdan cómo era la vida durante la Guerra Fría, logran hilvanar un circuito propio que remite a la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, cuando el Ejército Nacional Popular comenzó a cercar las calles y los ferrocarriles en dirección a Berlín Oeste, y posteriormente, el gobierno de la RDA autorizó la construcción de un Muro a lo largo de las fronteras de los sectores.
Después de haber recorrido la Bernauer Straße y visitado el “Memorial y Centro de Documentación del Muro de Berlín”, se obtiene una visión más global sobre su historia. Por un lado, junto a la antigua línea fronteriza de esa calle y la Capilla de la Reconciliación, hay un pedazo del muro y una torre de vigilancia. Pero además, hay un espacio que muestra cómo se construían las instalaciones fronterizas y permite que imaginemos cómo funcionaba el doble muro en los tiempos de control de la Stasi.
El centro de visitantes ofrece información gráfica y visual en cantidades abrumadoras. Por ejemplo, el sobretodo que usó Margarete Hohlbein al fugarse a través de un túnel en 1964 y las fotografías tomadas en ese momento.
A pesar de lo que representa el recorrido –donde se recuerdan siempre a las víctimas que intentaron huir de Berlín Este por tierra, por agua o por aire–, tanto esta zona como la Plaza 9 de Noviembre de 1989 resultan movilizadoras y amables a la vez. Es que abundan los espacios verdes y las imágenes de desenfreno del gentío que celebra la Caída del Muro (irradian un sentimiento esperanzador) y se destacan las manifestaciones artísticas a todo color.
El Parque del Muro (Mauer Park) es uno de los escenarios preferidos por los berlineses para expresarse. En lo que queda de la pared todos pintan grafitis con aerosoles estridentes y dejan una pequeña gran dosis de desafío en sus mensajes: qué mayor osadía, qué mayor demostración de rebeldía, qué mayor acto de valentía que el amor.

Precisamente, en esa dirección fue creada la conmovedora Galería del Este, a la vera del Spree y en el barrio de Friedrichshain. Con 1.316 metros, es el tramo más largo que queda del Muro. El más concurrido. El más retratado. Porque la East Side Gallery se convirtió también en un símbolo de la Guerra Fría, pero por su espíritu desobediente, por la provocación de la pintura del Trabant atravesando una pared, por el beso eterno de Honecker y Breschnew. En la mayor galería de arte al aire libre del mundo, frente a las bocas masculinas fusionadas, hoy se besan dos chicas que piden una foto: “Somos heterosexuales. Pero, sobre todo, somos libres”.
Esta noche de jueves es la última del viaje. En el centro de Berlín hay una línea doble de adoquines, de 5,7 km, que va marcando el recorrido del Muro. La mirada aprendió a detectarla. Y como acto de rebeldía final, vuelvo al hotel saltando de Este a Oeste. Vuelvo caminando por arriba del Muro.

MINIGUIA
Cómo llegarEl pasaje (ida y vuelta) por Lufthansa desde Buenos Aires hasta Berlín (con escala en Frankfurt), desde 1.680 dólarse con impuestos incluidos (www.lufthansa.com).
Dónde alojarseEn la zona de Potsdamer Platz, en Berlín, The Mandala Hotel tiene habitaciones dobles con tarifas que parten de los 150 euros por noche. Incluye el acceso ONO Spa (con sauna y Fitness Lounge) y wi fi, pero el desayuno se paga aparte. Cuenta con el restaurante y bar QIU y el Restaurant FACIL, con estrellas 2 Michelin (www.themandala.de).
Paseos y excursiones“Berlin on Bike” ofrece varios paseos sobre dos ruedas partiendo de Kulturbrauerei, una fábrica de cerveza del siglo XIX: con el “Berlin’s Best Tour” se recorren los puntos más emblemáticos de la ciudad, mientras que el “Berlin Wall Tour” es una original manera de ir tras los rastros del Muro de Berlín. En ambos se pedalean unos 15 km durante 3 hs 50’ y cuesta 19 euros por persona, incluyendo la bicicleta y un guía en inglés, alemán u holandés. Se pueden reservar tours privados y otros alternativos. También se pueden alquilar bicicletas por 24 horas a 10 euros o por 7 días a 50 euros. Más información: www.berlinonbike.de
”Stern und Kreis” tiene 31 embarcaciones turísticas para pasajeros, 80 embarcaderos y organiza 30 tours en la ciudad, en el río Spree, y también en el Landwehrkanal y en el río Havel. Además, hay tours combinados con ómnibus. Si el recorrido es de 1 hora por el río Spree, los precios parten de 12 euros. Se puede comer a bordo en la confitería y hay audioguías en varios idiomas, incluyendo el español. Informes: www.sternundkreis.de
Los buses “hop on-hop off” permiten subir y bajar en los imperdibles de Berlín. De dos pisos, “City Circle Sightseeing” brinda auriculares para la visita guiada en 19 idiomas (incluye español) y funciona desde las 10 de la mañana hasta las 18. Se pueden combinar sus 2 circuitos: el amarillo tiene 18 paradas y sale cada 10 minutos, y el violeta tiene 12 paradas y pasa cada media hora. El ticket combinado del “Berlin City Circle Tour” es válido por 2 días y cuesta 35 euros. Para visitar Sanssouci y Potsdam, desde 39 euros Informes: www.city-circle.de; www.bex.de/sightseeing).
Visitas guiadas a pie en español (3 hs 30’) en el centro histórico de Berlín y los sectores “Oriental” u “Occidental” para ver cómo era la vida de cada lado del Muro, 14 euros. Hay tours especiales de 6 horas sobre el “Tercer Reich” (23 euros, con traslados) o “Potsdam” (17 euros) (www.viveberlintours.de). Para tours guiados en español, también consultar: visitasguiadasberlin.com; www.viva-berlin.com
Para el viajero más independiente, por 19,50 euros, la “Berlin Welcome Card” ofrece una promoción 3x1: tarjeta de transporte público, plano de la ciudad con guía y 200 ofertas de descuento (berlin-welcomecard.de).

No hay comentarios:

Publicar un comentario