Miércoles 23 de junio de 2004
Los intelectuales del mundo y LA NACION
Fukuyama: "EE.UU. debió prestarle más atención a la Argentina"
WASHINGTON.- Francis Fukuyama desencadenó una enorme polémica en los
años 90, con su libro "El fin de la historia y el último hombre", con el
que predijo la supremacía de la democracia liberal y del capitalismo.
Hoy el intelectual norteamericano considera que los profundos problemas
que atravesó después de esa década la Argentina se han debido a la
corrupción de los políticos y a la distribución del poder entre el
gobierno nacional y las provincias.
Sin embargo, considera que el colapso de fines de 2001 no sólo se debió a las fallas de la Argentina, sino también a que "Washington dejó de prestar suficiente atención" al agravamiento de la crisis.
El estudioso de la política, de 52 años, acaba de publicar un trabajo sobre la gobernabilidad y el orden mundial en el siglo XXI. Considera que las recetas del llamado Consenso de Washington fueron insuficientes, porque sólo se concentraron en lo económico y no fortalecieron a las instituciones democráticas para luchar contra la corrupción y otros problemas estructurales.
Fukuyama, profesor de Política Económica Internacional en la Universidad John Hopkins, está convencido de que la construcción del Estado es, hoy, una de las cuestiones centrales en el nivel mundial, porque los Estados débiles o fracasados son la fuente de los mayores problemas, desde la expansión del terrorismo, el narcotráfico y el sida.
El científico, nacido en Chicago y graduado en la Universidad de Harvard, recibió a La Nacion en su pequeña oficina en la Universidad John Hopkins, cuyas paredes están cubiertas con bibliotecas abarrotadas, que van del piso al techo.
Fukuyama considera que la principal amenaza para Estados Unidos y el mundo son los Estados fracasados, colapsados o debilitados. "Hay Estados fracasados, en los que, simplemente, no hay gobierno, como ha sido el caso en Liberia, Sierra Leona, Afganistán y, en cierto punto, Somalia y Haití. Es allí donde la comunidad internacional ha tenido que actuar y hacer funcionar el país, porque no había instituciones que funcionaran -dijo Fukuyama-. Hay otras categorías de Estados débiles, donde hay gobiernos establecidos que pueden gobernar, pero que no hacen lo que deben para resolver los problemas, como la corrupción política, las fallas en la transparencia? Yo considero que la Argentina tiene algunos de esos problemas. Pienso que muchos de ellos están, sobre todo, en la estructura de las instituciones."
-¿Y qué pasa en los países desarrollados?
-Los países desarrollados no son inmunes, tampoco. Estados Unidos tiene muchos problemas. Tiene la corrupción electoral? Pero no es un problema de legitimidad de las instituciones políticas, sino cuestiones como el financiamiento de la política y los "intereses especiales", que es un problema persistente. Para muchos norteamericanos, para la gente poderosa, es legal y posible comprar influencia con dinero. Pero no creo que esto sea una crisis que haga que la gente deje de creer en el sistema.
-En los años 90, el modelo para resolver los problemas económicos fue el conjunto de políticas del Consenso de Washington. Pero la impresión general es que no funcionaron en América latina.
-El problema fue que el Consenso de Washington presupuso la existencia de instituciones políticas robustas, pero uno no puede dar eso por garantizado. No había nada de erróneo con las prescripciones políticas como un objetivo de largo plazo. El problema fue, en muchos casos, la forma en que fueron instrumentadas, con la ausencia del correcto escenario político? El problema específico de la Argentina es la distribución del poder entre el gobierno federal y las provincias, porque los estados provinciales tienen la responsabilidad de recaudar impuestos, pero no los pueden gastar, porque están directamente bloqueados por Buenos Aires, por el gobierno nacional. Esos fondos son un gran instrumento político del gobierno nacional argentino, puesto que sirven para premiar a quienes le dan apoyo político. El resultado es un gran problema fiscal, como fue el de fines de los años 90, causado, según mi opinión, por el incorrecto diseño del sistema federal. Es el problema de todos los grandes Estados federales en América latina. Uno de los mejores logros del ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso fue la reforma constitucional que corrigió, hasta cierto punto, ese problema.
-¿Fue la existencia de un Estado débil el problema en la Argentina?
-Ese fue uno de los muchos problemas, pero no fue, exactamente, el problema entero. En parte, el Estado débil tiene que ver con la corrupción en la clase política, que, obviamente, es una gran cuestión de la política argentina y se debe, en parte, al diseño de las instituciones. Se necesita una reforma que ponga a cada estado provincial en un alto grado de restricción presupuestaria y lo fuerce a aumentar su propia recaudación y a gastar de acuerdo con sus propios impuestos. Si esto no ocurre, simplemente, el país va a volver a soportar la misma clase de problemas que padeció en los años 90.
-¿Qué tienen que hacer la Argentina y los países medianos para reducir la brecha con los países desarrollados?
-Con sólidas instituciones políticas, algunas de las recomendaciones del Consenso de Washington actualmente tienen sentido, porque lo que se quiere es reducir la innecesaria interferencia del Estado en el funcionamiento del sector privado. El Estado tiene que hacer foco en cuestiones importantes, como los bienes públicos, el orden público, los derechos de propiedad, el crecimiento económico? Como en Chile, que está bien integrado con el sistema global. Uno de los problemas del Consenso de Washington fue que sólo se concentró en las políticas económicas, en vez de encarar las cuestiones institucionales y de fortalecer las instituciones del Estado para enfrentar la corrupción. El otro problema -no sólo en la Argentina, sino también en otros países de América latina- es la inadecuada inversión en educación. Existe una distribución inapropiada de recursos. No quiero decir que la culpa por la crisis en la Argentina sea completamente de la Argentina. Washington fue hacia esta moda política y, claramente, el Consenso de Washington fue entendido e interpretado en América latina como una moda. No es que estuvo mal, sino que fue incompleto, y Washington dejó de prestar suficiente atención a la Argentina. Por eso creo que hay culpas en ambos lados.
-En América latina ha crecido una corriente de pensamiento que sostiene que con la democracia liberal no alcanza?
-Puedo entender lo que dice la gente, pero el problema fue que no hubo un nivel de democracia suficiente. No hubo un fortalecimiento suficiente de las instituciones democráticas.
-¿Cuál fue el mayor impacto del ataque del 11 de septiembre en la política de Estados Unidos?
-Fue un impacto enorme. Los ataques movilizaron a los norteamericanos y los incentivaron a apoyar la idea de que los Estados Unidos ejercieran su poder mundialmente. Eso produjo la guerra de Afganistán. Lo que la administración Bush hizo fue usar esa nueva energía doméstica para una política exterior más activa y dirigirla directamente al problema al que querían echarle mano desde hacía buen tiempo, que era Irak, una nación que no estaba, realmente, relacionada con terrorismo. Ahora han llevado al país a un gran lío, porque las cosas no están yendo bien en Irak. En el largo plazo, esta situación va a producir más terrorismo y no es fácil sacar a Estados Unidos de esa situación. En el proceso hemos dejado de lado a otros países que estaban en buenas relaciones con nosotros.
-La impresión general es que el mundo es más inseguro después de la guerra en Irak.
-Hay que ver cómo va a resultar la guerra de Irak al final, pero, por la manera en que están yendo las cosas, creo que vamos a terminar en una situación peor. Si las cosas en Irak no se tornaran mejores, probablemente llevarán a los Estados Unidos a experimentar un backlash (reacción negativa), como la vivida durante la guerra de Vietnam. El llamado "síndrome de Vietnam" significa que el público norteamericano podría rechazar el uso de la fuerza alrededor del mundo.
-¿Cómo cambió la guerra el orden internacional?
-Creo que ya hemos llegado a una aceptación del multilateralismo. La administración de Bush está dispuesta a ir a las Naciones Unidas para pedir ayuda. Eso puede ser un tren que haga que el público norteamericano no tenga que pagar todo el costo en el futuro. Y eso hará que Estados Unidos pueda retirarse de Irak.
-Pero Bush abrió una grieta con su política de unilateralismo frente al camino multilateral.
-Ha habido mucha crítica respecto del unilateralismo de Estados Unidos. Pero es importante reconocer que algunas veces el poder de Estados Unidos es muy útil y puede ser ejercido para lograr una más amplia estabilidad en la comunidad internacional, frente a la ausencia de adecuadas estructuras para resolver determinados problemas. Un buen caso es el de los Balcanes en los años 90. Los europeos pudieron comprobar que no podían manejar eso por sí mismos. En Kosovo, el Consejo de Seguridad de la ONU no pudo resolver qué curso de acción tomar, por el veto de Rusia. Por eso se tuvo que acudir a la OTAN, donde un general norteamericano lideró las fuerzas para llegar a una solución. En ese caso no hubo una táctica de unilateralismo norteamericano, sino una prueba del liderazgo de Estados Unidos. No obstante, la administración de Bush ha sido criticada con razón por sus fallas, por no consultar con las instituciones internacionales y trabajar con ellas. Pero estas instituciones, por sí solas, frecuentemente no son capaces de resolver los desafíos de seguridad que existen hoy y por eso es que muchas veces se reclama el liderazgo de Estados Unidos.
-¿Cuál será el impacto de las torturas en Bagdad sobre la política de Bush para Medio Oriente?
-Lo que ocurrió fue algo terrible, porque mina la credibilidad y cambia el foco hacia las injusticias que ha cometido Estados Unidos, en vez de dejarlo sobre los problemas de la región. No es un buen escenario. Estados Unidos se ha lanzado a una ambiciosa campaña en Medio Oriente para presionar por la democracia. Esta iniciativa no fue planeada correctamente en el comienzo y ahora tiene muy poca credibilidad.
-¿Estados Unidos es el imperio del siglo XXI?
-Ese término se ha usado mucho, pero creo que Estados Unidos no es un país imperialista. El imperialismo existe de manera muy indirecta y viene a través de su influencia. Pero gobernar países o gastar mucha sangre y dinero no es algo muy popular en los Estados Unidos. Usted puede ver ahora que el público norteamericano quiere salir de Irak porque está costando demasiado, no sólo en dinero, sino también en vidas. No somos una sociedad que esté feliz por usar el poder militar de esta forma.
-¿Cuál debería ser la mayor preocupación de los Estados Unidos? ¿El fanatismo islámico, los Estados fracasados, el terrorismo?
-Son cosas diferentes. No se trata del mundo musulmán: es el fanatismo político revolucionario islámico, que si bien no representa a los musulmanes, es una fuerza creciente, que puede ser muy desestabilizadora. Son muy peligrosos. Y ése es un tema central. La preocupación más amplia es llevar estabilidad a toda la región del Medio Oriente, porque ese movimiento crece a raíz de la falta de democracia, falta de oportunidades económicas y rabia hacia otros aspectos de la política exterior de Estados Unidos. Realmente, todas esas cuestiones tienen que ser enfrentadas con una visión de largo plazo. La administración de Bush creyó que podía resolverlo todo si llevaba a Irak hacia la democracia. Si eso no funciona, el problema se tornará mucho más serio.
-En este contexto, ¿cuál es el papel de China?
-Ha habido una interesante evolución en la política exterior de China en los últimos diez años, porque ellos se consideraban outsiders en el sistema internacional y víctimas del imperialismo occidental. Pero, gradualmente, se están viendo a sí mismos como miembros responsables e iguales en la comunidad internacional. En las votaciones del Consejo de Seguridad de la ONU han estado más dispuestos a acompañar a otros países para alcanzar consensos y jugar un papel importante y positivo, como en la resolución 1441, sobre Irak. Otro punto importante es que están tratando de resolver pequeños problemas limítrofes en Asia Central, con muchos de sus vecinos, y también de apaciguar, en el sudeste asiático, una oposición potencial a raíz de su enorme poder económico. En cierta manera, es lo opuesto a lo que ha hecho la administración de Bush. Siendo, de hecho, poderosos, los chinos han usado la diplomacia con mucha habilidad para desactivar los temores generados por el crecimiento de su poder. La administración de Bush ha exagerado el temor de todos? A largo plazo hay que ver cómo los chinos usarán su poder, pero en el corto plazo vemos que se están comportando de manera muy razonable.
-¿China va a ocupar el lugar que dejó vacante la Unión Soviética?
-La Unión Soviética tenía ambición universal. Por eso apoyó a los movimientos comunistas en América Central, en Africa y en muchas otras partes. Pienso que los chinos no tienen interés en hacer eso. Quieren ser reconocidos como líderes hegemónicos, pero en Asia. .
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