Un mal ejemplo para los iraquíes
Por Thomas L. Friedman Para LA NACION
Domingo 27 de mayo de 2007
Si ustedes quieren saber por qué los estadounidenses estamos perdiendo
la guerra en Irak, regresen y lean este artículo que fue publicado en la
primera plana del New York Times el sábado. Empezaba más o menos así:
"Hace dos años, Robin Ashton, curtida fiscal penal en el Departamento de
Justicia de EE.UU., se enteró que un ascenso prometido ya no era suyo a
través de su jefa. Tienes un "problema Monica", le dijo, refiriéndose a
Monica Goodling, abogada de 31 años de edad, relativamente inexperta,
quien, apenas había llegado en fecha reciente a la oficina -le comentó a
Ashton la jefa-: "Ella cree que eres una demócrata y siente que no se
puede confiar en ti". La salida de Ashton -ella se marchó en busca de
otro puesto en el Departamento de Justicia, dos semanas más tarde- fue
uno de los primeros y cruciales pasos en un plan que, más tarde,
culminaría con la expulsión de nueve fiscales estadounidenses el año
pasado.
"Al poco tiempo, la señora Goodling interrogaba a los aspirantes a empleos en el servicio civil en las oficinas centrales del Departamento de Justicia con preguntas que, a decir de varios procuradores estadounidenses, eran inapropiadas. Un funcionario destacó que incluso a uno de los aspirantes le preguntaron: "¿Alguna vez has engañado a tu esposa?" Goodling también tomó medidas para obstruir la contratación de fiscales cuyos CV insinuaran que podían ser demócratas, aun cuando buscaran puestos que supuestamente no eran de tipo partidista".
¿Qué tiene eso que ver con Irak? Mucho. Uno de los pedidos que la administración Bush le hace al gobierno iraquí es que deje a un lado la purga generalizada de baathistas tras la caída de Saddam Hussein, porque obstaculiza la reconciliación nacional. Pero, al tiempo que el equipo de Bush ha estado sermoneando a los iraquíes, ha llevado a cabo su propia "purga" en el Departamento de Justicia, en Washington. Sentiríamos que hemos fallado en Irak si leyéramos que integrantes sunnitas estaban siendo purgados del Ministerio de Justicia de Irak por parte de integrantes de la línea dura de chiitas leales a Muqtada al-Sadr; sin embargo, el equivalente moral de eso es exactamente lo que la administración Bush estuvo haciendo aquí. ¿Qué clase de ejemplo es ése para los iraquíes?
Lean el sobresaliente libro Vida imperial en la Ciudad Esmeralda , de Rajiv Chandrasekaran, que detalla el grado hasta el cual los estadounidenses reclutados para trabajar en la Coalición de la Autoridad Provisional en Bagdad fueron elegidos, a veces, por su lealtad al republicanismo en vez de por su experiencia en el islamismo.
Solamente permaneciendo unido, EE.UU. podría tener la paciencia y fortaleza para sanar a un dividido Irak, y nosotros sencillamente no tenemos eso hoy día. ¿Por qué? Porque Bush y Cheney les pidieron a todos que dejaran su política en la puerta cuando se tratara de Irak; a todos menos a ellos mismos. Creyeron que podrían unir Irak, al tiempo que dividían EE.UU.
Durante la II Guerra Mundial, Franklin Roosevelt convirtió a un republicano conservador, Henry Stimson, en su secretario de Guerra, e hizo todo lo que estuvo en su poder por mantener unido al país. El equipo Bush-Cheney, por contraste, nos convocó a un Día-D y después trató el asunto como si fuera meramente otro tema político que crea división.
Los demócratas deben tener cuidado, sin embargo, en cuanto a no permitir que su ira hacia la hipocresía de Bush los vuelva completamente locos y les impida ver que ellos -nosotros, los estadounidenses- aún necesitamos un plan creíble para lidiar con la amenaza del terrorismo islámico. Sin embargo, yo entiendo esa ira. Después de todo, ¿quién puede pedirles a más soldados que sacrifiquen sus vidas en Irak por una administración que ni siquiera sacrificaría su política?
LA NACION y The New York Times
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