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sábado, 7 de febrero de 2015

LOS INDIGNADOS Y LOS DEBATE PENDIENTES. EL MUNDO ANTE UNA CRISIS INÉDITA. Nun, José

Diario "La Nación". Buenos Aire, 18 de octubre de 2011.

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"Los indignados" y los debates pendientes

El mundo, en una crisis inédita

Por   | Para LA NACION

Hace poco me ocupé aquí de "La bronca de los indignados". Me refería a la ola de descontento que cubre buena parte del mundo y me detenía, especialmente, en las causas de las movilizaciones que surgieron en Estados Unidos. Intenté llamar la atención sobre el profundo cambio de época que estamos viviendo y que ha sido escasamente tratado en nuestro país. Quiero volver sobre el tema y algunas de sus repercusiones.
Los levantamientos de los últimos meses (y resulta todo un síntoma) tomaron desprevenidos a los analistas políticos. Ya había pasado con la "primavera árabe". Los intelectuales de Trípoli o de El Cairo "parecieron sorprendidos y confusos ante un movimiento que no pudieron pronosticar" (The New York Times, 5/11/2011). En Occidente, un sociólogo de la talla de Zygmunt Bauman atribuyó de entrada las violentas manifestaciones de Londres a un consumismo impotente. El difundido filósofo esloveno Slavoj Zizek no se quedó atrás. En la London Review of Books (8/9/2011), su juicio fue mucho más lapidario e indiferenciado: abarcó desde las movilizaciones en los países árabes hasta "los indignados" de Madrid. Estaríamos ante "un grado cero de la protesta", "una revuelta sin revolución", "una acción violenta que no pide nada" y, en fin, "explosiones sin sentido".
Es curioso que pensadores como Zizek -que después intentó un giro- les exigiera a quienes se manifestaban (no importa dónde ni cuándo ni por qué) que llevasen ya preparado en sus mochilas un proyecto para "imponer una reorganización de la sociedad". Es decir, lo que ni él ni nadie posee precisamente porque el mundo ha ingresado en una crisis de proporciones y características inéditas cuya complejidad apenas permite, según los lugares, discutir los rumbos del cambio antes que formular grandes proyectos.
Pero dije que la posición de Zizek varió. Un par de días después de que publicara su crítica, se inició en las calles de Nueva York el "Ocupa Wall Street" (OWS). Y hacia allí se dirigió entonces el filósofo para expresarles un amplio apoyo a los manifestantes y urgirlos a que se mantuvieran firmes e imaginasen alternativas para su país. Sólo que, en su arenga, Zizek recuperó sus certezas y afirmó que los sucesos en curso indicaban claramente que "se acabó el casamiento entre la democracia y el capitalismo". Volveré sobre esto.
Más oportunas fueron las palabras del célebre lingüista Noam Chomsky al brindar su respaldo a los acampados en la Plaza Dewey, de Boston. Modificó allí una tesis famosa para señalarles que quienes desean transformar el mundo deben primero entenderlo. ¿Por qué más oportunas? Porque aunque Chomsky no lo haya dicho, su indicación invita a descifrar adecuadamente el significado mismo de las protestas. Y a tomar conciencia de que, desde los años 70, la dominación del capital financiero, la globalización y la crisis actual de los países centrales han terminado por arrojarnos a una era sin precedentes históricos, a una terra incognita para la cual carecemos de mapas.
De ahí la ausencia de interpretaciones serias (y no dogmáticas) que puedan servir de guía efectiva. De ahí también que los políticos, obligados a la acción, se contenten con echar mano de un conjunto de recetas que en las últimas décadas ya llevaron al fracaso tanto a los conservadores como a los socialdemócratas. Por eso no es extraño que el OWS, por ejemplo, constituya una novedad saludable que cuenta con la franca aprobación de por lo menos el 54% de los estadounidenses, según una encuesta de la revista Time .
Su acierto simbólico ha sido elegir ubicarse en Wall Street y no frente al Capitolio, en Washington. ¿Qué sentido tendría elevar demandas a un proceso legislativo que es considerado corrupto y en el cual la mayoría de los ciudadanos no confía? La imagen positiva del Congreso de Estados Unidos no llega hoy al 13%, y resulta la más baja de la historia. ¿Para qué darle legitimidad, entonces, a un sistema que la ha perdido? Mejor dirigir francamente la protesta al cuartel general de lo que el premiado economista Paul Krugman define como "una fuerza destructiva, económica y políticamente".
El presidente Obama declaró que "entendía a los manifestantes" y lamentó en varias ocasiones su impotencia ante las fuerzas económicas que, según él, bloquean o desvirtúan sus planes. Claro que para la campaña legislativa de 2010 su propio partido recibió diez veces más aportes de las grandes corporaciones que de los maltrechos sindicatos. Más aún, ese montón de millones de dólares provino, en total, de un magro 0,25% de la ciudadanía, de manera que los principales lobbies saben algo que Obama no ignora, y es que sus presiones están sólidamente apuntaladas, al margen de sus perniciosos efectos sobre la sociedad.
La revuelta encabezada por el OWS es ideológicamente variopinta y está lejos de representar lo que descubrió Zizek. Si lo hiciera, les estaría dando curiosamente la razón a los furibundos ataques que le dirige la derecha, que tildó a todos los acampados de ultraizquierdistas (Wall Street Journal, 18/10/2011). No sólo es falso esto último sino que la metáfora del casamiento no funciona porque nunca han existido ni un único tipo de capitalismo ni un único tipo de democracia. Otra cosa es declarar, como lo ha hecho el OWS, que "ninguna verdadera democracia resulta posible si sus modalidades están dictadas por el poder económico". Por eso, según subraya Jeff Goodwin, sus militantes "se oponen más bien a la «avidez financiera» que al capitalismo en cuanto tal" ( Le Monde Diplomatique , Nº 149).
Sucede que en los inciertos tiempos que corren es más necesario que nunca distinguir con cuidado entre un típico movimiento ideológico, que sabe de antemano aquello que se propone ver, y un movimiento sensibilizador como el OWS, que sugiere vigorosamente hacia dónde mirar. En este sentido, no es poca cosa que, en dos meses, haya opacado la cuestión del déficit para abrir un debate hoy imprescindible acerca de la igualdad y de la justicia social. Es un paso significativo en la dirección que recomendaba Chomsky.
Por su propia naturaleza, los movimientos que denomino sensibilizadores son heterogéneos, deben compatibilizar reivindicaciones múltiples y corren siempre riesgos de dispersión, más aún cuando rechazan los formatos institucionales corrientes. Pero, a la vez, si dan en el blanco, como en este caso, redirigen la mirada de la ciudadanía, logran que salgan a la superficie las silenciosas premisas mayores en las que se funda un orden injusto, impiden que se las siga naturalizando y llevan a discutir las alternativas posibles. Por eso son movimientos que se vuelven muy peligrosos para los beneficiarios de un orden semejante, aunque carezcan de un proyecto bien definido. No es casual que China -que con 500 millones de usuarios alberga a la mayor comunidad online del planeta- haya prohibido, primero, toda información sobre la "primavera árabe" y haya dispuesto que, desde este mes, desaparezca de sus redes sociales cualquier referencia al OWS.
¿Qué va a pasar con la bronca de "los indignados"? Nadie lo sabe. Pero no es esto lo central. En política, como escribió Sheldon Wolin, siempre han sido mucho más importantes las advertencias que las predicciones. Y tanto el OWS como el vendaval de protestas que se desató en Europa constituyen una formidable advertencia de que las cosas no pueden seguir como están y, menos todavía, ser arregladas por tecnócratas bendecidos por los mismos factores de poder que precipitaron al mundo en la crisis. Grecia, Portugal, Italia o España son naciones que han sido obligadas a hacer oídos sordos a la advertencia y ya veremos cuál será el desenlace. Algunos -como la presidenta del Fondo Monetario Internacional- agitan la amenaza de un colapso total si no se respetan sus órdenes. Otros hemos comenzado a pensar que quizá las comparaciones respecto de la situación presente no deban detenerse en la Gran Depresión de 1929/30 sino prolongarse hasta las vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Y esto no porque el resultado vaya a ser similar sino porque pueden incrementarse las guerras focalizadas y el recurso a la fuerza allí donde el gatopardismo no alcance para contener la protesta. Después de todo, Alemania o Francia inundaron a países como los mencionados de préstamos pero también de armas.
En cuanto al OWS, hay un hecho elemental: lo mismo que en el viejo continente, en Estados Unidos se viene el invierno, con sus temperaturas heladas y sus tormentas de nieve. Hubo quienes instalaron carpas y calefactores para no moverse de sus lugares. Otros, proponían dar por cerrada exitosamente una primera etapa a fin de inaugurar abril con una "ofensiva de primavera". La represión policial viene de zanjar la controversia desalojando a los primeros. Quizá sea mejor para el OWS. El contexto internacional es muy inestable y conviene observar con cuidado cómo evoluciona en estos meses. Por otra parte, la calle no es el único lugar donde se pueden llevar adelante diálogos y discusiones que son más indispensables que nunca. Conviene recordar que el movimiento se inició y se desarrolló a través de las redes sociales y que ha llegado ya tanto a las universidades como a los sindicatos y a los medios de comunicación. Y uno de los grandes ejes de la polémica que se ha abierto es si acaso son alcanzables formas de capitalismo controladas democráticamente que sean capaces de liquidar el desempleo y la pobreza y de asegurar, a la vez, una mayor igualdad y un creciente bienestar colectivo.
© La Nacion
El autor, abogado y politólogo, fue secretario de Cultura de la Nación .
 
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 Diario "La Nación". Buenos Aires, 2 de noviembre de 2011.
Causas y reclamos de un fenómeno que conmueve al mundo

La bronca de los indignados

Por   | Para LA NACION
Este año pasará a la historia como el año en que adquirió una fuerza arrolladora la ola de descontento que recorre buena parte del mundo. Varían sus escenarios y también sus causas inmediatas. A fines de 2010 comenzó la "primavera árabe". Después, las movilizaciones se extendieron desde Grecia hasta Alemania y desde Jerusalén hasta Nueva Delhi. El 15 de mayo aparecieron los "indignados" españoles. En septiembre se inició el sitio simbólico a Wall Street. Y en octubre, el proclamado "Día de la Revolución Mundial" suscitó adhesiones multitudinarias en casi 1000 ciudades de 82 países. ¿Qué está pasando? Las demandas de igualdad y de justicia social aparecen como los denominadores comunes del fenómeno. Pero sus desencadenantes son diversos y aquí me ocuparé del que más puede afectarnos. Por eso elijo hablar, en especial, de Estados Unidos.
Hay un primer nivel de análisis que es lisa y llanamente el del escándalo. En 2008, el año en que estalló la crisis económica mundial, los directivos de las principales empresas que la provocaron recibieron las mayores bonificaciones de la historia. Más aún, usaron para ello una parte de los cuantiosos fondos de rescate que obtuvieron del gobierno. Hasta The Economist , la muy flemática y conservadora publicación inglesa, expresó su desagrado y no se privó de hablar de "saqueo" y de "extorsión" (31/01/2009). Tampoco logró contenerse Dick Durbin, encumbrado senador demócrata: "Francamente, los bancos son los dueños de este lugar".
Avancemos un paso más. Desde la Gran Depresión, nunca hubo en Estados Unidos una desigualdad de ingresos y de riqueza tan alta como la actual. Entre 1979 y 2007 (antes de la crisis), el 1% de las familias más ricas se apropió del 60% del crecimiento total de la riqueza. Inversamente, el 90% de los hogares recibió menos del 9%. Como se desprende de estos datos, se trata de un proceso sostenido que cubrió casi tres décadas. ¿Por qué, entonces, la protesta surge recién ahora?
Han operado dos factores en particular que se volvieron muy evidentes. Desde la Segunda Guerra Mundial, una de las grandes diferencias entre los modelos de desarrollo norteamericano y europeo fue que aquél fincó el bienestar colectivo en el crecimiento del empleo, mientras que el segundo le dio especial énfasis a la protección social. De ahí que, comparativamente, las tasas de desocupación de Estados Unidos hayan sido siempre más bajas y los Estados de Bienestar europeos, mucho más potentes. También fue distinta la tolerancia respectiva ante la desigualdad. Según el credo norteamericano, el capitalismo se encarga de dar trabajo, y si las leyes y las oportunidades son iguales para todos, es legítimo que haya quienes se enriquezcan más que otros. From rags to riches (de los harapos a las riquezas) gracias al esfuerzo personal sigue siendo uno de sus mitos constitutivos.
Estos son precisamente los dos factores que se derrumbaron en forma estrepitosa. La tasa de desocupación de Estados Unidos es hoy semejante a la de 1929/30, dejando a un lado las manipulaciones estadísticas. Sucede que, desde 1994, se decidió que el desempleo superior a un año fuera excluido del cálculo; si se lo incluyese, su volumen superaría ahora el 22% (y el 40% entre los jóvenes). Esto es, hace rato que el sistema en su conjunto ya casi no crea puestos de trabajo. Por si fuera poco, la crisis hizo variar también las percepciones de la gente acerca de cómo acumularon realmente su fortuna muchos de los ricos. Se explica la indignación general cuando quedaron al descubierto los fraudes masivos de los poderosos, protegidos por los políticos. La desigualdad se volvió intolerable y la protesta sentó sus reales frente a Wall Street, para esparcirse enseguida por el resto del país. Tres semanas después, el propio presidente Obama declaraba que "entendía a los manifestantes" y el economista Paul Krugman calificaba a Wall Street como "una fuerza destructiva, económica y políticamente". (A su vez, los presidentes de la Comisión Europea y del Consejo de Europa consideraron "legítimas" y "comprensibles" las movilizaciones similares que tenían lugar en sus países.) En cambio, Mitt Romney, precandidato republicano a la presidencia, anunció que había comenzado la "guerra de clases". (La historia se repite pero sus lecciones no se aprenden. En 1919, cuando se inició en Turín el movimiento de los consejos de fábrica, Giovanni Agnelli, presidente de la Fiat, usó exactamente las mismas palabras que Romney. Claro que el final no fue el socialismo sino el ascenso al poder de Mussolini, que había fundado ese año los fascios italianos. Conviene no olvidar que en Estados Unidos viene creciendo desde 2009 el Tea Party.)
Existe un tercer factor, que es estructural y requiere alguna elaboración. Desde el fin de la guerra, a ambos lados del océano, la principal preocupación macroeconómica había sido el empleo, que, de la mano de Keynes, se consideraba una inversión y no un gasto. Fue uno de los soportes de los llamados "30 años gloriosos", cuando en la agenda empresaria tenían mucho menos relevancia los accionistas que los trabajadores, los clientes y la competencia. Esto dejó de ser así en la década del 70, con el fulgurante ascenso del capital financiero y una globalización fogoneada por la llamada libertad de comercio y el movimiento internacional de los capitales. El neoliberalismo sepultaba a Keynes y, no casualmente, la inflación se convertía en la máxima prioridad. Ahora, el papel protagónico lo tenían los accionistas, escasamente interesados en el crecimiento mismo de las empresas del sector productivo y siempre ansiosos por un rápido reparto de utilidades, en desmedro de la inversión. El "capital impaciente" generó así una burbuja bursátil cuyas consecuencias están a la vista. Declinó fuertemente la tasa de inversión en esas empresas y se expandieron los consumos de las clases altas más allá de lo sostenible. La secuela fue un déficit enorme de la balanza comercial, financiado por una deuda externa que, en 2007, equivalía al 370% del PBI.
Paralelamente, se desató una orgía desregulatoria que, entre otras cosas, derogó la ley Glass-Steagall, de 1933, que prohibía a los bancos con depósitos asegurados embarcarse en inversiones de riesgo. Pareció la gran solución. Entre 1979 y 2007, el ingreso del 0,1% de los hogares más ricos había aumentado un 390%, mientras que el del 90% de las familias subió apenas un 5. Más aún: el salario real de los trabajadores permaneció estancado. ¿Cómo alimentar entonces la demanda del mercado interno? Sencillo: entre 2000 y 2006 se triplicaron los préstamos hipotecarios de mala calidad, se los usó tramposamente como garantías de un sinnúmero de "derivados" y se armó una nueva e impresionante burbuja que condujo a la gran crisis actual. Sus responsables, por un lado, dejaron en la calle a millones de trabajadores y de pequeños y medianos propietarios, y, por el otro, no tuvieron ningún pudor en exigir que el gobierno destinase cuantiosos fondos públicos para salvarlos a ellos. ¿Y su tan declamado antiestatismo? En un excelente libro sobre el tema, Gérard Duménil y Dominique Lévy dan una respuesta rotunda: "El neoliberalismo no tiene nada que ver con los principios o la ideología. Es un orden social dirigido a sostener el poder y el ingreso de las clases altas".
Se sigue de lo dicho que en Estados Unidos (y en Europa) no basta hoy con barajar y dar de nuevo para salir de la crisis. Se necesita cambiar las reglas del juego. La Gran Depresión desembocó en el New Deal, que en su segunda fase protegió a los más débiles, creó el seguro de desempleo, fortaleció a los sindicatos, reformó los mercados financieros y le dio una nueva dinámica a la economía.
Es improbable pero no imposible que vuelva a ocurrir algo parecido. Mucho depende, precisamente, de que prospere y se amplíe el movimiento de los indignados. Y aquí entra en escena la Argentina. Porque los planes de ajuste y de recorte del gasto que anuncia la derecha amenazan llevar a Estados Unidos (y a Europa) a un largo período de estancamiento y de eventual colapso, sin perjuicio del simultáneo y peligroso ascenso de un belicismo expansionista que se halla en pleno avance. Los efectos sobre nuestro país no por indirectos serían menos graves.
Basten dos menciones. China, uno de nuestros grandes mercados, resultaría muy afectada tanto en el plano financiero (es acreedora de casi un 10% de la deuda nacional norteamericana) como en el productivo (1/3 de sus trabajadores industriales están empleados en el sector exportador). Además, se encuentra muy ligado a Estados Unidos nuestro vecino Brasil, país al que se dirigen el 20% del total de nuestras exportaciones y el 40% de nuestras exportaciones industriales, que ya empezaron a desacelerarse. Es decir que hasta por motivos puramente egoístas los indignados del Norte son también un asunto nuestro.
© La Nacion.
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El mundo

Indignados de ayer y de hoy

El movimiento que comenzó en España tiene como gran protagonista a una masa deliberadamente anónima y un enemigo despersonalizado
Por   | El País

Immanuel Wallerstein ha comparado el movimiento de los indignados, que acaba de doctorarse internacionalmente con su sentada en Wall Street, con Mayo del 68, lo que puede ser acertado en cuanto a sus eventuales repercusiones, pero sin que eso desmienta unas diferencias tan grandes como lo que va de ayer a hoy. Leonel Fernández dijo la semana pasada en el Foro de Biarritz, celebrado en Santo Domingo, que "una ola de mal humor" recorría el mundo. El presidente dominicano calificaba muy descriptivamente la que probablemente es la mayor manifestación de cólera y disgusto en tiempo de paz en Occidente, desde aquel mayo radiante que nunca fue, sin embargo, mundial, sino solo estrechamente franco-europeo.
Mayo del 68 actuaba desde la iconoclastia de una nueva fe que, aunque mal definida, proponía un mundo. Tenía líderes, jóvenes universitarios que aspiraban, aun sin pretenderlo, a convertirse en nuevos mandarines, e, inicialmente, el Partido Comunista francés, que era el más estalinista de Europa occidental, mantuvo las distancias para sumarse desganadamente a la protesta cuando ya no tenía más remedio. El enemigo de la estudiantada era un gigante, pero hombre al fin y al cabo, que abandonaba la presidencia de la República al año siguiente sin sospechar que quien lo había derrotado había sido un viento primaveral y no un insulso referéndum sobre la regionalización: Charles de Gaulle. Eslóganes aparte, propios de esa prestidigitación tan francesa de la palabra -"prohibido prohibir"-; "la imaginación al poder"- aquel Mayo nacía en una atmósfera intelectual en la que sería posible el eurocomunismo, el dogma antidogmático, en la mouvance del experimento checoslovaco de Alexander Dubcek, aplastado en agosto siguiente por los tanques que jubiló el más servicial vigía de Occidente: Mikhail Gorbachov.
El movimiento que comenzó en la Puerta del Sol, hasta ahora la única exportación española verdaderamente internacional del siglo XXI, tiene como gran protagonista a una masa tan deliberadamente anónima como despersonalizado es su enemigo: el capitalismo financiero, los bancos y sus hipotecas, los gobernantes que desoyen la opinión, la insuficiencia democrática que no da para un empleo digno; lo más antropomórfico en ese eje del mal es la muralla de Wall Street. Estamos por ello ante un movimiento de okupas universales que no propone ninguna revolución, sino la domesticación sin escapatoria posible del capitalismo. No sabemos si ha opinado Francis Fukuyama, el biógrafo del fin de la historia, pero seguramente debería estar satisfecho cuando menos por el hecho de que tanta ira acumulada se exprese hoy de forma tan poco ideologizada. Su colega y rival Samuel P. Huntington, ya fallecido, se molestaría, en cambio, de que no aparecieran musulmanes en la protesta. Efectivamente, salvo algunos latinoamericanos fácilmente asimilables a la algarabía española, la inmigración está callada para no llamar innecesariamente la atención.
Pero que el 15-M prefiera alojarse en el seno oscuro de la masa no significa que carezca de organización. Si Mayo del 68 congregaba a sus peones por medio del pasquín y del teléfono, el movimiento madrileño y sus adláteres mundiales son de profesión digitales, como el proselitismo y el encuadramiento políticos. Pero ¿cuál es su futuro, más allá del natural orgullo de ver cómo el público reclama parecida indignación en tantos países azotados por la crisis? Eslóganes tan poco realistas como "el pueblo unido jamás será vencido" parecen que lo sitúan en una difusa zona a la izquierda, pero no faltan en sus aglomeraciones venerables representantes de la tercera edad, que exigen que se los trate como corresponde a los que sostuvieron el Estado providencia. ¿Hay materia prima humana en el movimiento para que se constituya en fuerza política con designio propio? Ante el 20-N en España, ¿aparta el movimiento de las urnas o sólo llama al voto de castigo, en contra de quien quiera que esté en el poder?
Los movimientos de indignación son todos profundamente nacionales, vinculados a la protesta contra una coyuntura y una clase política determinadas, pero de la Puerta del Sol a Palacio Quemado en La Paz, ante el que indígenas bolivianos claman por la preservación de un parque natural o estropean su voto en una absurda elección de magistrados, se encuentra un factor de unidad. Con la historia concluida o no, el descrédito del sistema o de cómo se practica -aquel al que Churchill llamó el menos malo de los existentes- parece hoy ir en aumento. El liberal capitalismo, como decía Fukuyama, ha ganado. Pero no gusta la manera..
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La crisis global / Las protestas en EE.UU. y la economía europea

Los "indignados", en Washington

Tras convocar a miles de personas en Nueva York, el movimiento llama a ocupar la capital norteamericana
WASHINGTON.- Un día después de copar Nueva York con una marcha de miles de personas, las protestas de los "indignados" se extendieron ayer a Washington, donde alrededor de unas 3000 personas, según los organizadores, se manifestaron ayer para protestar contra los excesos de Wall Street.
Con gritos de "la humanidad no necesita la avaricia de las corporaciones" o "paren la máquina para crear un mundo nuevo", los "indignados" se instalaron en la plaza de la Libertad de la capital estadounidense y tienen planeado quedarse allí los próximos días.
"Queremos una ocupación no violenta similar en protesta por los gastos militares, los recortes sociales y denunciar la corrupción encarnada por las grandes corporaciones financieras", dijo David Swanson, uno de los organizadores del movimiento denominado Occupy Washington (Ocupemos Washington), que sigue la línea del movimiento iniciador Occupy Wall Street (Ocupemos Wall Street).
Aproximadamente a dos cuadras del lugar, en la Casa Blanca, el presidente Barack Obama dijo ayer que los "indignados" reflejan el malestar general con el hecho de que los responsables de la crisis económica intentan frustrar esfuerzos por eliminar prácticas financieras abusivas.
"Creo que [el movimiento de protesta] expresa la frustración que siente el pueblo estadounidense. La gente está frustrada y los manifestantes están dando voz a una frustración mayor respecto de cómo funciona nuestro sistema financiero", dijo Obama en conferencia de prensa en la Casa Blanca.
"Ustedes todavía ven a algunos de aquellos que actuaron irresponsablemente tratando de combatir los esfuerzos por reprimir" las prácticas financieras abusivas, agregó Obama, quien predijo que el descontento "se expresará políticamente en [las elecciones de] 2012 y más allá".
Los manifestantes realizaron ayer una asamblea general en la plaza, luego de lo cual marcharon ante la Cámara de Comercio de Estados Unidos. En los próximos días los "indignados" se desplazarán hacia otros centros, como el Pentágono, el Capitolio o la calle K, donde se concentran gran parte de las oficinas de los lobbies o grupos de presión que trabajan en la capital estadounidense.
El movimiento, que hace casi tres semanas empezó en Nueva York para rechazar a los "poderosos" de Wall Street con apenas un centenar de personas, se ha convertido en una desafiante respuesta de la sociedad civil estadounidense a los excesos del sistema financiero y se ha extendido a otras zonas de Estados Unidos, como Los Angeles o Chicago.
"Vamos a permanecer en la plaza hasta que logremos crear una conciencia de que la gente puede desafiar al gobierno al margen de los partidos políticos", explicó Swanson.
Los "indignados" instalaron carpas en la plaza de Washington e instaron a los simpatizantes a traer sus bolsas de dormir para pasar la noche.
Además, desde un escenario varios grupos musicales entretenían la protesta pacífica y diversos activistas civiles lanzaban lemas contra el gobierno, las guerras de Afganistán e Irak y el capitalismo.
"No los necesitamos, son ellos los que nos necesitan a nosotros", gritaba en la plaza Ashley Smith, una de las participantes de la marcha.
Por otra parte, ayer se supo que 28 personas fueron arrestadas anoche en Nueva York por provocar disturbios en la que fue la marcha más numerosa del movimiento Ocupemos Wall Street, al contar con la adhesión de varios sindicatos de la Gran Manzana.
Agencias EFE, ANSA y Reuters .
 

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