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miércoles, 24 de septiembre de 2014

KRUGMAN, PAUL, NO TODA LA CULPA ES DE LA ECONOMÍA.

IECO. Diario "Clarín". Buenos Aires, 21 de setiembre de 2014.

No toda la culpa es de la economía

Primer Nivel“Es cierto que hace falta repensar la Economía. Pero los grandes errores que se cometieron tras la última crisis no fueron causados por la teoría”.

  • Paul Krugman

Hace diez días participé de una conferencia de Rethinking Economics, agrupación dirigida por estudiantes que esperan promover –sí, acertó– que se repiense la economía. Y sabemos que la economía necesita que se la repiense después de una crisis desastrosa, crisis que ni se pronosticó ni se impidió. Sin embargo, me parece importante tomar conciencia de que el enorme fracaso intelectual de los últimos años se dio en varios niveles.
Es evidente que la economía como disciplina perdió completamente el rumbo en los años –en realidad, décadas– que precedieron a la crisis. Pero las fallas de la economía se vieron seriamente agravadas por los pecados de los economistas, que con demasiada frecuencia permitieron que los partidismos o el autobombo se impusieran a su profesionalismo. Por último pero no menos importante, los funcionarios económicos sistemáticamente optaron por oír sólo lo que querían oír. Y es esa falencia en varios niveles –no la insuficiencia de la economía por sí sola– lo que explica el pésimo desempeño de las economías occidentales desde 2008.
¿Por qué digo que la economía perdió el rumbo? Casi nadie predijo la crisis de 2008, pero ese hecho, en sí, es hasta disculpable en un mundo complicado. Menos perdonable fue la convicción generalizada entre los economistas de que semejante crisis no podría suceder. Detrás de esa complacencia estaba una visión idealizada del capitalismo en el cual los individuos siempre son racionales y los mercados siempre funcionan en forma perfecta.
Hoy por hoy los modelos idealizados son útiles en la economía (y, a decir verdad, en toda disciplina) como vías para clarificar el pensamiento. Pero a partir de los años 80 se tornó cada vez más difícil publicar en los medios especializados algo que cuestionase estos modelos idealizados. Los economistas que intentaban tomar en cuenta lo imperfecto de la realidad se toparon con lo que Kenneth Rogoff –profesor de Harvard y una figura de ideas ciertamente no extremas (y con quien me he peleado)– alguna vez llamó “nueva represión neoclásica”. Y de más está decir que no considerar la irracionalidad del mercado y sus fallas significó no considerar la posibilidad misma del tipo de catástrofe que afectó al mundo desarrollado seis años atrás.
Aun así, muchos economistas de la economía aplicada conservaron una visión más realista del mundo, y la macroeconomía teórica, si bien no predijo la crisis, hizo un excelente trabajo al predecir qué pasaría después. Tasas de interés bajas con déficits fiscales altos, inflación baja con crecimiento rápido de la oferta monetaria y una fuerte contracción de la economía en países que impusieron la austeridad fiscal fueron sorpresas para los opinadores de la TV, aunque sólo eran lo que los modelos básicos pronosticaban en las condiciones que imperaban después de la crisis.
Pero mientras que a los modelos económicos no les fue tan mal después de la crisis, a demasiados economistas influyentes sí, por negarse a admitir su error, o permitir que un partidismo manifiesto se interpusiera en el análisis, o ambas cosas. “Escúcheme, yo sostuve que otra depresión no era posible, pero no me equivoqué; es porque el mundo empresarial está reaccionando ante el fracaso futuro del Obamacare”.
Uno podría decir que esto es atribuible a la naturaleza humana y que es verdad que mientras la más escandalosa deshonestidad intelectual provino de economistas conservadores, algunos economistas de izquierda también parecieron estar más interesados en defender su territorio y atacar a rivales expertos que en hacer lo correcto. Sin embargo, esta conducta indebida resultó impactante, especialmente para quienes pensaron que estábamos teniendo una verdadera conversación.
¿Pero habría importando si los economistas se hubiesen comportado mejor? ¿O los que toman las decisiones económicas habrían hecho lo mismo, de todos modos?
Si usted imagina que los gobernantes pasaron los últimos cinco o seis años prisioneros de la ortodoxia económica, lo han engañado. Por el contrario, importantes tomadores de decisiones han sido muy receptivos a ideas económicas no ortodoxas e innovadoras, ideas que también resultaron erradas pero que les dieron la excusa para hacer lo que querían hacer.
La inmensa mayoría de los economistas orientados a las políticas públicas consideran que el aumento del gasto público en una economía deprimida crea puestos de trabajo y que reducirlo destruye empleos; pero los gobernantes de Europa y los republicanos de Estados Unidos decidieron creerles a los pocos economistas que afirmaban lo contrario. Ni la teoría ni la historia justifican el pánico por los niveles actuales de la deuda pública, pero los políticos igual decidieron entrar en pánico, citando una investigación no verificada (y que luego se vio que era defectuosa) como justificación.
No estoy diciendo que la economía ande bien o que sus deficiencias no importen. La economía no anda bien y sus deficiencias importan. Estoy totalmente a favor de repensar y reformar una disciplina.
Pero el gran problema de la política económica no es que la economía convencional no nos diga qué hacer. A decir verdad, el mundo estaría en condiciones mucho mejores que las actuales si la política del mundo real hubiese reflejado las lecciones de Introducción a la Economía. Si hemos hecho un desastre –y por cierto, así fue– la culpa no es de nuestros manuales sino nuestra.

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