La reaparición de Lewinsky pone a prueba la candidatura de Hillary
La
ex pasante de la Casa Blanca afirmó en la revista Vanity Fair que su
affaire con Clinton fue consensuado y que esa relación convirtió su vida
en una pesadilla
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Silvia Pisani
Jueves 08 de mayo de 2014
WASHINGTON.-
Si no fuera porque es la revista Vanity Fair y porque se trata de
Monica Lewinsky, casi podría pensarse que lo que sigue es un texto de
moral medieval. Lo cierto es que la ex pasante que tuvo, entre 1995 y
1997, un affaire "consensuado" c on el entonces presidente Bill Clinton asegura que esos "instantes" de placer convirtieron su vida en una pesadilla y la privaron de realizar sus mejores sueños.
Hoy,
16 años más tarde de que aquellos momentos de solaz derivaran, en 1998,
en vértigo institucional y bromas pesadas con el procesamiento político
del ex presidente, la mujer que tuvo en vilo a los Estados Unidos llega
a los 40 años y está harta y se declara arrepentida. No se ha casado,
como era su sueño, y se le cierra también la puerta del empleo por lo que ella define como la carga de su "pasado"."No bien sale a la luz mi nombre, se me asocia con aquel pasado y se terminan las posibilidades del empleo", escribe en una larga carta que la revista Vanity Fair adelantó en su sitio web y de la que, hasta ahora, sólo se conocieron fragmentos.

Más en privado, lo que no pudo evitarse fue la catarata de nuevas bromas y la reedición de las más pesadas -y verdes- del pasado. Entre ellas, la que recuerda que, gracias a Clinton y a Lewinsky, la Oficina Oval pasó a llamarse "Oficina Oral".
La propia Lewinsky dice en su nota que todo sucedió cuando ella era una jovencita "inexperta e ingenua", de la que su jefe -el ex presidente- "se aprovechó", aunque no en el sentido literal del asunto.
"Fue una relación consensuada", subraya. De modo que el abuso del que habla no ocurrió dentro del despacho, sino después, cuando el ex presidente la convirtió -dice- "en un chivo expiatorio" para proteger su posición de poder.
"Por supuesto, mi jefe me utilizó", resume con claridad, y de eso ella está harta. O por lo menos eso es lo que dice y lo que sintetiza con la idea con la que quiere simbolizar el final de ese fugaz y, sin embargo, persistente capítulo.
"Es hora de quemar el vestidito azul y la boina", sostiene, en referencia a la prenda que, con fluidos del ex presidente, se convirtió en el símbolo de la sórdida historia.
El sombrerito, en cambio, era uno de sus atuendos favoritos por aquellos días y, que se sepa, hasta ahora se viene salvando de cualquier otra implicación.
Lewinsky asegura que nadie le pagó nada por el silencio de años que ahora quiebra. ¿Por qué se decide a hablar ahora? The New York Times esgrime la teoría de que busca comprensión.
La peor parte, de lejos, le tocó a ella, y está -nunca mejor dicho- hasta la boina que quiere quemar.
Pero no puede escapar del destino. De hecho, apenas trascendió su retorno, la mayoría fue indiferente a la suerte de Lewinsky para centrarse, una vez más, en la de los Clinton. En este caso, con una rápida medición del efecto que tendría el revoleo del caso en una potencial candidatura de Hillary.
"Ustedes pensaron que se podría llegar a esta instancia sin que apareciera el caso Lewinsky. ¡Ni soñarlo!", ironizó el columnista político Howard Kurtz.
Es el karma de siempre: si Lewinsky busca comprensión, las miradas vuelven sobre Hillary y su futuro. "Estoy harta de pensar en mi pasado y en el futuro de otros", sostiene, sarcástica.
Es fácil imaginar que esté harta. Pero no por eso la cosa deja de suceder. Así, anoche, no había un diagnóstico claro, si bien por momentos parecía imponerse la idea de que la exposición del caso podría hasta acercar simpatía a Hillary. Habrá que ver.
Lo que sí está claro es que si los sueños de Lewinsky no se cumplen, muy posiblemente seguirá hablando. Aunque ya lo haya dicho todo.
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