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lunes, 6 de julio de 2015

ANTÁRTIDA 2011 La heroica conquista del último confín


Epopeya / A 100 años de la llegada del hombre al Polo Sur

La heroica conquista del último confín

El noruego Amundsen alcanzó, hace hoy 100 años, el Polo Sur; adelantó por 34 días al británico Scott, que murió en su dramático regreso
Por   | LA NACION





Eso que parecía la nada misma, una meseta helada, azotada por vientos infernales y de un blanco cegador, era para ellos todo, el fin supremo. Uno ganó la carrera, quizá la más dramática de la que tenga registro el género humano en los tiempos modernos; el otro perdió y dejó incluso la vida en el intento. Pero ambos pasaron a la inmortalidad como los primeros en llegar al Polo Sur. Su epopeya los transformó en héroes, hasta el fin de los tiempos.
Hace hoy exactamente 100 años, el noruego Roald Engebrecht Amundsen, al frente de un equipo de cinco hombres, logró la hazaña: llegó a los 90° de latitud Sur, el punto austral del eje geográfico de la Tierra. La presencia, hoy mismo, del primer ministro de Noruega, Jens Stoltenberg, y de una amplia comitiva de gobierno en el preciso lugar del hito situado a 9301 pies sobre el nivel del mar (unos 3000 metros), revela el significado de este triunfo histórico para la nación escandinava.
Pero habrá, a partir de ahora y hasta bien entrado el año próximo, conmemoraciones también en el Reino Unido. Es que el rival de Amundsen, Robert Falcon Scott, alcanzó el Polo, junto con cuatro expedicionarios, 34 días después, el 17 de enero de 1912.
La historia atesora ese momento: como un espectro, apareció ante los ojos del capitán de la marina británica una pequeña carpa en cuyo pináculo flameaba una pequeña bandera noruega: dentro, encontró dos cartas; una le anunciaba de la peor forma que había perdido: "Querido comandante Scott: como usted será probablemente el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al Rey Haakon VII de Noruega? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden serle de alguna utilidad, no dude en llevárselos. Con mis mejores votos. Le deseo un feliz regreso. Sinceramente suyo. Roald Amundsen".
La derrota devastó a Scott, que escribió en su diario el más desgarrador registro de la infernal travesía de casi 1500 kilómetros a través del hielo: "Ha sucedido lo peor... se han esfumado todos nuestros sueños. ¡Dios Santo, éste es un lugar espantoso! Y ahora, volver a casa, haciendo un esfuerzo desesperado... me pregunto si lo conseguiremos".
Sólo un año después, una expedición de rescate liberaría los cuatro cadáveres de su prisión de hielo: el frío extremo, la extenuación fueron demasiado: les cobraron el más alto precio. Scott y los tres compañeros que le quedaban (su lugarteniente, Edgard Evans, cayó a una grieta y murió al inicio del fallido regreso) estaban dentro de sus bolsas de dormir, en una mísera carpa.
Aquélla fue una carrera por la gloria personal, en la época de las grandes conquistas, en un contexto en el que, con la fuerza del motor de vapor y la industrialización a ritmo de vértigo, las naciones competían por la conquista del mundo. Una carrera que, tras el paréntesis de las dos grandes guerras, tendría su correlato en la carrera entre Estados Unidos y la Unión Soviética por conquistar el espacio.
Fue, también, un desafío entre dos estilos: a Amundsen le interesaba la gloria del éxito. Su guía fue llegar, hollar ese punto nunca antes tocado por el hombre y regresar para contarlo. A Scott, además de la gloria personal, lo movilizaba un afán de conocimiento científico, según cuentan las crónicas de la época.
Por eso, y quizá por la forma en que atesoran la fatalidad de sus compatriotas, en la memoria colectiva del pueblo británico la de Scott fue, aun en su final trágico, una gesta triunfal, la demostración cabal del carácter humano. La lucha contra las formidables fuerzas de la naturaleza, los máximos desafíos y la incerteza de la propia fortaleza. Su sacrificio, el haber dado la vida por el ideal, elevó a este capitán de la Royal Navy y a sus cuatro acompañantes al sitial de héroes.
En aquellos primeros años del siglo XX, se daba por sentado que el Polo Sur "era" de los británicos. Los países nórdicos se afanaban en la exploración del círculo polar ártico. De hecho, Amundsen aspiraba a ser el primer hombre en llegar a la máxima latitud septentrional.
Pero el hecho de que los norteamericanos Robert Peary y Frederick Cook se atribuyeran, cada uno, semejante conquista, hicieron que Amundsen, en secreto, alterara radicalmente sus planes: usó el Fram, el barco que le había cedido el expedicionario Fridtjot Nansen, y el dinero que le había dado el gobierno noruego para llegar al Polo Norte, para, en secreto, poner rumbo al Sur.


Dos estilos

Así como a Amundsen y a Scott se les reconocían dos espíritus divergentes, igualmente diversas fueron sus estrategias para lograr el objetivo. Partiendo desde la isla de Ross, en la base de la península antártica, Scott esperaba repetir el camino del irlandés Ernest Shackleton, que en 1908 alcanzó los 88°, a sólo 160 kilómetros del Polo Sur. Amundsen también cruzaría la plataforma de hielo de Ross, pero desde la Bahía de las Ballenas.
Esa primera diferencia fue fundamental: Scott no lo sabía entonces, pero los expertos concuerdan hoy que la ruta elegida por el británico tiene una meteorología más desfavorable que la otra. Así, mientras, como refiere el noruego en su bitácora, gran parte de su travesía blanca "fue casi un paseo", la del capitán inglés se convirtió en una pesadilla, que, poco a poco, minó la resistencia de sus hombres y, finalmente, los abatió.
La segunda y vital diferencia fue metodológica. Amundsen, curtido expedicionario boreal, había capitalizado las dos temporadas que pasó con los esquimales inuit en el gélido norte canadiense. Eso, sumado a su consumado uso de los esquíes y a la ciega confianza en la fortaleza de los perros para tirar de los trineos le garantizaron una rápida travesía por los hielos, en la que llegó a hacer 50 kilómetros por jornada. Le tomó 99 días ir al Polo Sur y regresar a su base junto al mar de Ross.
Scott, en cambio, repitió el error de Schakleton y se valió de ponis manchurianos -que no paraban de resbalar en el hielo- y de trineos de motor que, avanzados en el terreno, se hundían en la nieve blanda y obligaban a los hombres a hacer esfuerzos ciclópeos para arrastrarlos.
"Moriremos como caballeros. Espero que esto demostrará que la capacidad de sacar fuerzas de flaqueza y de sufrir no ha desaparecido de nuestra raza. Si hubiésemos vivido, podría contar una historia de penalidades, resistencia y valor de mis compañeros, que habría conmovido el corazón de todos los ingleses. Estas apresuradas notas y nuestros cadáveres lo harán por mí", escribió, en su final..
 


Amundsen y sus expedicionarios, días después de su gesta  Foto: AFP


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Opinión

Donde el cielo y la tierra se juntan

Por   | LA NACION

Es en donde el cielo y la tierra se juntan. En donde la vida y la muerte siempre jugaron mano a mano sus suertes. Es una pampa blanca sin fin y por otro lado un contorno de cerros llamados glaciares; de témpanos llenos de amenazas y con pedazos de viejos gruñones capaces de abrir con desdén el casco del buque más blindado.
Si lo sabrán los pioneros que llegaron al Polo armados con pieles y perros y también, aquellos que nunca llegaron o que nunca volvieron. Hace más de 100 años, el alférez Irízar la desafió con una corbeta de vapor y velas, la Uruguay, y rescató a la expedición sueca, hombres a quienes encontró untados con grasa de foca por dentro y por fuera.
Pasó el tiempo y la Antártida sigue siendo ese tordillo indomable con aristas inesperadas: como la grieta que hace seis años se tragó una moderna moto de nieve y, con ésta, la vida del suboficial Teófilo González y la del científico Augusto Tibaud.
Ir a la Antártida da la posibilidad de pisar lugares que ningún otro hombre pisó, de sentirse aislado del murmullo humano, pues el bramido del viento habla más fuerte que nadie y es capaz, en sólo minutos, de dar vuelta el clima para que uno se pierda para siempre a sólo un tiro de piedra de cualquier referencia.
En invierno las noches son eternas, duran meses. El frío lo congela todo, las bases quedan bajo nieve y, de apagarse la calefacción, los hombres quedarían más tiesos que una sardina en la lata del congelador.
Alcanzar la Península Antártica es difícil: ese clima cambiante aísla al inmenso continente y posar un avión allí a veces cuesta semanas. Además, su territorio se extiende por aguas marinas congeladas capaces de encerrar y apretar a los buques hasta destrozarlos. Por eso, quienes las anduvimos sentimos la incomprensible tardanza en la reparación a nuestro imbatible rompehielos Almirante Irízar.
Navegar sus mares es único. Cruzar el Drake para llegar inquieta, y los colores y efectos son destellos que tientan como los llamados de las sirenas. Y uno siempre q
 
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Cuando la Argentina se sumó a la gesta

En 1965, el coronel Jorge Leal lideró el grupo del Ejército que alcanzó el punto más austral
El 10 de diciembre de 1965 llegó por primera vez al Polo Sur una expedición argentina. Atrás habían quedado 61 años de presencia permanente en la Antártida desde la apertura de la base en las islas Orcadas. Pese a aquella experiencia, aún era tiempo para pioneros, para hombres que se arriesgaban a hacer la huella inicial, para el entonces coronel Jorge Leal y sus nueve compañeros del Ejército que completaron la Operación 90.
Leal había llegado a la Antártida en 1952. Su vida quedó desde entonces ligada al Continente Blanco. Recibió la orden del general Hernán Pujato: "Yo no pude llegar al Polo, usted debe hacerlo". Planeó la campaña y con seis vehículos orugas comenzó el recorrido desde la base Belgrano el 26 de octubre. Fueron 1500 kilómetros en las condiciones logísticas más extremas, en un terreno que se fue elevando desde el nivel del mar hasta los 3000 metros.
Los norteamericanos de la base Amundsen-Scott se sorprendieron cuando el radar detectó movimientos en las cercanías. Leal recordó siempre la visión de esos hombres que salían del refugio incrédulos ante una inesperada presencia a 30° bajo cero. Allí, Leal y sus hombres izaron la bandera argentina.
Al cumplirse 40 años de su travesía, Leal recordó a LA NACION el mandato que tenían entonces los hombres del Sur: "Pujato señaló cinco puntos por cumplir: el Ejército debía estar en la Antártida para promover la conciencia nacional sobre el sector; nuestro país debía contar con un rompehielos; teníamos que armar un organismo científico que se ocupase de forma exclusiva de la Antártida; debía crearse allí un poblado, con familias y chicos, para sostener la presencia nacional, y había que llegar al Polo Sur. Con el tiempo, se logró todo eso".
Hoy, la Argentina cuenta con seis bases permanentes, Orcadas (inaugurada en 1904), San Martín (1951), Esperanza (1952), Jubany (1953), Marambio (1969) y Belgrano II (1979). Y siete bases temporarias, Melchior (1947), Decepción (1948), Brown (1951), Petriel (1952) Cámara (1953), Matienzo (1961) y Primavera (1977).
Antes de la expedición comandada por Leal, la Argentina alcanzó el Polo Sur por aire. Dos DC-3 de la aviación naval cruzaron ese punto extremo el 6 de enero de 1962, con un vuelo que partió desde el territorio argentino continental.
La presencia argentina en la Antártida es una historia marcada por epopeyas, como el arriesgado rescate que la corbeta Uruguay realizó en 1903 de la expedición sueca al mando de Otto Nordenskjöld, en la que participaba el alférez José María Sobral. Esa corbeta -que hoy está exhibida en Puerto Madero tras su reconstrucción- estuvo al mando del almirante Julián Irízar. El rompehielo bautizado en su honor se encuentra en la etapa final de su reparación tras el incendio en 2007..
 

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