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sábado, 16 de mayo de 2015

LA GUERRA ES LA PAZ . Orwell 1984.

El mundo/Actualidad y literatura

La guerra es la paz

Como en la novela, escrita en 1948, la lucha contra un enemigo invisible hoy amenaza con perpetuarse. Un fragmento de la obra y un análisis comparativo con los tiempos que corren
Por   | LA NACION
(.) Goldstein estaba lanzando su habitual ataque corrosivo contra las doctrinas del Partido. un ataque tan exagerado y perverso que ni siquiera hubiera engañado a un niño, y no obstante suficientemente plausible como para que uno se alarmara ante la posibilidad de que otras personas, menos sensatas que uno mismo, pudieran llegar a entusiasmarse y apoyarlo. Goldstein injuriaba al Gran Hermano, denunciaba la dictadura del Partido, exigía la firma inmediata de la paz con Eurasia, pedía libertad de expresión, libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de pensamiento, gritaba histéricamente que la revolución había sido traicionada. y todo eso en un acelerado discurso polisilábico que era una suerte de parodia del estilo habitual de los oradores del Partido, y que incluso contenía palabras en Neolengua, en realidad, más palabras en Neolengua que las que cualquier miembro del Partido emplearía en la vida real. Y todo el tiempo, por si a uno le quedaba alguna duda con respecto a la realidad que ocultaban las engañosas paparruchas de Goldstein, en la telepantalla, detrás de su cabeza, marchaban las interminables columnas del ejército eurasiático. fila tras fila de hombres de aspecto sólido con inexpresivos rostros asiáticos, que emergían y desaparecían en la pantalla para ser reemplazados por otros exactamente semejantes. El sonido sordo y rítmico de las botas de los soldados servía de fondo a los quejumbrosos balidos de Goldstein.
Antes de que hubieran transcurrido treinta segundos de Odio, la mitad de las personas ya habían prorrumpido en exclamaciones de furia. El rostro suficiente y ovino de la pantalla, y el aterrador poder del ejército eurasiático que lo enmarcaba, eran demasiado para cualquiera; además, ver a Goldstein, e incluso pensar en él, producía automáticamente miedo y furia. Era objeto de odio más constante que Eurasia o Esteasia, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con una de esas Potencias en general estaba en paz con la otra. Pero lo extraño era que aunque Goldstein era odiado y despreciado por todos, aunque cada día y mil veces por día, en las plataformas, en la telepantalla, en los periódicos, en los libros, sus teorías eran refutadas, destrozadas, ridiculizadas, exhibidas ante la visión pública como la penosa basura que eran. a pesar de todo eso, aparentemente su influencia nunca menguaba. Siempre había nuevos tontos que caían seducidos por él. No pasaba un día sin que la Policía del Pensamiento desenmascarara una vez más espías y saboteadores que actuaban siguiendo las directivas del hombre. Goldstein era el comandante de un vasto ejército oscuro, una red clandestina de conspiradores dedicados a socavar el Estado. Se suponía que respondía al nombre de la Hermandad. También se contaban historias sobre un libro terrible, un compendio de todas las herejías, cuyo autor era Goldstein y que circulaba clandestinamente aquí y allá. Era un libro sin título. Cuando lo nombraban, si es que lo hacían, lo llamaban simplemente el libro. Pero uno sólo se enteraba de esas cosas a través de vagos rumores. Ni la Hermandad ni el libro eran temas que un miembro común del Partido mencionaría, a menos que resultara inevitable.
Durante el segundo minuto el Odio se convirtió en frenesí. La gente saltaba en su lugar y gritaba a todo pulmón, esforzándose por ahogar la enloquecedora voz quejumbrosa que salía de la pantalla. La mujercita de cabello color arena se había puesto de un color rosa brillante, y abría y cerraba la boca como un pez recién pescado. Hasta el rostro pesado de O'Brien se veía enrojecido. Estaba sentado muy erguido en su silla, con el pecho poderoso hinchándose, trémulo, como si estuviera resistiendo el asalto de una ola. La chica de pelo oscuro sentada detrás de Winston había empezado a gritar "¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!" y repentinamente alzó un pesado diccionario de Neolengua y lo lanzó contra la pantalla. Le acertó justo a la nariz de Goldstein y rebotó; la voz continuó inexorablemente. En un momento de lucidez, Winston descubrió que estaba gritando junto con los otros, mientras sus talones golpeaban violentamente contra el travesaño de la silla. Lo más horrible de los Dos Minutos de Odio no era que uno estuviera obligado a ­desempeñar un papel, sino que, por el contrario, resultaba imposible mantenerse al margen. Al cabo de treinta segundos ya no era necesario fingir nada. Un horrible éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, torturar, destrozar rostros con una maza parecía fluir como una corriente eléctrica a través de todo el grupo, convirtiendo a todos, incluso en contra de la propia voluntad, en un lunático gesticulante y chillón. Y sin embargo la furia que uno sentía era una emoción abstracta e indirecta, que podía pasar de un objeto a otro como la llama de un soplete. Así, en un momento, el odio de Winston no estaba dirigido en absoluto contra Goldstein, sino que, al contrario, cayó sobre el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pensamiento; y en ese momento su corazón estaba del lado del solitario y despreciado hereje de la pantalla, el único guardián de la verdad y la cordura en un mundo de mentiras. Pero, no obstante, un instante más tarde se encontraba unido a la gente que lo rodeaba, y le parecía que todo lo que se decía de Goldstein era verdad. En esos momentos, su secreto odio contra el Gran Hermano se convertía en adoración, y el Gran Hermano parecía agigantarse como un protector invencible y temerario, sólido como una roca, haciendo frente a las hordas de Asia, y Goldstein, a pesar de su aislamiento, su impotencia, y de la duda que rodeaba incluso su propia existencia, parecía un hechicero siniestro, capaz de destruir la estructura de la civilización con el solo poder de su voz.
En algunos momentos, incluso era posible trasladar el odio a voluntad. De repente, por medio de la clase de esfuerzo violento que hacemos para despertar de una pesadilla, Winston logró transferir el odio que sentía por el rostro que llenaba la pantalla a la chica de pelo oscuro que estaba sentada a sus espaldas. Bellas y vívidas alucinaciones pasaron como un relámpago por su cabeza. La azotaría hasta matarla con una cachiporra de goma. La ataría desnuda a un poste y la acribillaría con flechas como San Sebastián. La violaría y le cortaría la garganta en el momento del orgasmo. Advirtió mejor que antes por qué la odiaba. La odiaba porque era joven y bonita y asexuada, porque quería acostarse con ella y jamás lo haría, porque alrededor de su talle flexible y bello, que parecía pedir el abrazo, sólo se enroscaba la odiosa faja escarlata, agresivo símbolo de la castidad.
El Odio alcanzó su clímax. La voz de Goldstein se había convertido verdaderamente en el balido de una oveja, y por un instante su cara fue la de una oveja. Después, la oveja se fundió en la figura de un soldado eurasiático que parecía avanzar, enorme y terrible, entre los rugidos de su ametralladora, hasta que pareció salirse de la superficie de la pantalla provocando un alarmado gesto de retroceso en las personas que ocupaban la primera fila. Pero en el mismo momento, provocando un gran suspiro de alivio de todo el mundo, la figura hostil se convirtió en el rostro del Gran Hermano, de pelo y bigote negros, lleno de poder y de misteriosa calma, y tan enorme que prácticamente llenaba toda la pantalla. Nadie escuchó lo que decía el Gran Hermano. Sólo se trataba de unas palabras de aliento, la clase de palabras que se decían en el ardor de la batalla, indiscernibles individualmente, pero que siempre devolvían la confianza por el solo hecho de ser pronunciadas. Después, el rostro del Gran Hermano se esfumó nuevamente, y en su lugar aparecieron, en gruesas mayúsculas, las tres consignas del Partido:
LA GUERRA ES PAZ
LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES FUERZA
(Extracto de "1984", de George Orwell, capítulo I. Traducción: Mirta Rosenberg, del libro "Complete Works of George Orwell", editado por Penguin)

Analogías

"El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo -asiente Winston Smith, el protagonista de la novela, reeducado por un miembro del Partido-. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura. El objeto de la persecución no es la persecución misma. La tortura sólo tiene como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es más que el poder. ¿Empiezas a entenderme?"
Empezamos a entendernos, desde luego. En la novela de George Orwell, escrita en 1948, el malogrado Winston termina amando al Gran Hermano. En ella, el eslogan del Partido tiene su lógica: el que controla el presente, controla el pasado. ¿Quién controla el presente? Aquel que domina la neolengua. Es decir, el uso deliberado del lenguaje ambiguo y contradictorio con el fin de manipular y engañar a la opinión pública.
Cualquier parecido con George Bush, por un lado, y con Al-Qaeda, por el otro, es mera casualidad.
Pero, desde la voladura de las Torres Gemelas, el Gran Hermano se apodera de las pantallas: en Guerra contra el terror (CNN) o en América contraataca (CBS). Frente a ellas, en la novela, una mujer extiende los brazos: "¡Mi salvador!", exclama. Es la melodía que Bush pretendía oír después de la caída de Saddam Hussein. Desde entonces, como postula el Gran Hermano, la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza frente al mal encarnado, en el eje trazado por Bush (Irak, Irán y Corea del Norte), en un ser brutal de bigotazos espesos y mirada ladina (Saddam, émulo de Goldstein). El mal necesario para el bien posible, acusado, en el ultimátum lanzado 48 horas antes de los bombardeos, de poseer algunas de las armas más letales jamás creadas y de apañar a otro canalla, Osama ben Laden. Desde Kosovo, y aun antes, las guerras son preventivas, las bombas son inteligentes, los muertos civiles son daños colaterales y las fosas comunes son tumbas NN. En estado 1984, las democracias occidentales del siglo XXI actúan en un mundo de realidades virtuales. Dilucidadas las pistas falsas que condujeron a la invasión de Irak, Bush, Tony Blair y José María Aznar no cambian su discurso: estamos ganando la guerra. Soslayan al Consejo de Seguridad de la ONU, pero estamos ganando la guerra. Hay atentados terroristas en sus respectivos países, pero estamos ganando la guerra.
El Gran Hermano te vigila, mientras tanto: los sistemas de escucha como Echelon, capaces de captar nuestras conversaciones desde 1994, se inscriben dentro de las premisas del sacrificio de las libertades civiles, las detenciones de sospechosos, los controles más estrictos en los aeropuertos y el limbo legal de los prisioneros iraquíes en Abu Grhaib y de los afganos en Guantánamo.
Si la guerra es la paz, la tortura es legal. ¿Y la libertad? "La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro -redacta clandestinamente Winston-. Si se concede esto, todo lo demás vendrá  por sus pasos contados." Por sus pasos contados vendrán, también, los miedos, traducidos en la autocensura de los medios de comunicación (norteamericanos, en especial) después de las represalias contra periodistas renuentes a revelar sus fuentes de información.
Era más fácil enfrentar al Ejército Rojo que a Al-Qaeda. El mundo totalitario de 1984 (síntesis del imperialismo europeo, el fascismo y el comunismo) iba a morir con la caída del Muro de Berlín. Iba a morir en 1989, pero sobrevivió. Poco más de una década después, la neolengua comienza a ensañarse contra Estados nacionales con dictaduras adquiridas, de modo de admitir las guerras preventivas como apéndices de una guerra permanente. Saddam, en prisión, no tiene más alternativa que creer en la palabra de su carcelero. Quizá, como Winston, ame al Gran Hermano. .

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