Diario "La Nación". Buenos Aires, 12 de julio de 2000.
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Miércoles 17 de agosto de 2011
El conflicto árabe-israelí en las Naciones Unidas
Resurrección de Chamberlain
El
cansancio mundial respecto al conflicto árabe-israelí empuja hacia una
patética reproducción del error cometido por el primer ministro
británico Neville Chamberlain para terminar de una santa vez con las
amenazas de Hitler. Su política exterior se llamaba Appeasement
(apaciguamiento) y consistía en el altruismo de ceder ante las
exigencias de Alemania para consolidar la paz en el mundo. Tenía buenas
intenciones, pero era ingenuo y estaba precariamente informado. En la
Conferencia de Munich de 1938, aceptó que Alemania se anexara los
Sudetes para poner punto a sus insistentes reclamaciones de "espacio
vital". Regresó feliz, y exclamó que había logrado "una paz por cien
años". En contra de lo que suponía, Hitler no se conformaba con los
Sudetes. Se sintió enardecido tras la Conferencia e incrementó su
agresividad. Quería "todo". Ocupó Austria, aumentó su persecución
antisemita con la Kristalnacht e invadió Polonia.
El
dramático Chamberlain pretendió corregir su equivocación favoreciendo la
industria armamentística de su país. Ya fue inútil. Se había
desencadenado la Segunda Guerra Mundial, no pudo impedir la destrucción
de Polonia y fracasó al querer salvar Noruega de la invasión. Entonces
asumió Winston Churchill, quien con mano firme y espíritu decidido habló
con franqueza, sacó pecho a los verdaderos responsables de la matanza
que se venía, "sin concesiones" inútiles.
Desde entonces, el
nombre de Churchill pasó a la gloria y el de Chamberlain se ha
convertido en el ridículo sinónimo de pretender la paz mientras se
favorece a quienes desean la guerra.
Es lo que ahora está por ocurrir en las Naciones Unidas.
En
efecto, el reconocimiento unilateral de un Estado palestino dentro de
las fronteras de 1967, sin negociaciones previas con Israel -tal como
exigen los Acuerdos de Oslo-, sólo llevará a incrementar el conflicto.
No habrá paz, sino más atentados, más sufrimiento, más horror. Después
de 73 años asistiremos a la macabra resurrección de Chamberlain para
llevar esa región, y quizá más allá, a un incremento del conflicto.
¿Por
qué? Porque el Estado palestino ya fue proclamado dos veces, la última
en noviembre de 1988. No se lo "creará" recién ahora, en la ONU.
¡Informarse, por favor! Asistí hace tiempo a la celebración de esta
última independencia en la embajada de Palestina (regalada por Menem) en
Buenos Aires. Los Acuerdos de Oslo habían producido un milagro y se
trabajaba para disolver las diferencias con mutuas concesiones y
responsabilidades. Pero la Autoridad Palestina liderada por Yasser
Arafat tenía una estrategia secreta, inspirada en el ejemplo que en el
siglo VIII protagonizó Mahoma: hacer la paz con los judíos y diez años
más adelante liquidarlos. En efecto, en la Conferencia de Camp David
organizada por el presidente Clinton se estaba llegando a un arreglo
-gracias a las sucesivas concesiones de Israel- que satisfacía casi
todas las exigencias palestinas. Pero Arafat se empeñaba en noes tan
reiterativos que Clinton saltó de sus casillas. Ahora Clinton manifiesta
que los palestinos cometieron en ese momento un error trágico y
despreciaron su mejor oportunidad. Lo repitió hace poco en Buenos Aires,
¡informarse!
Entonces, pregunto: ¿cometieron un error o eran
coherentes con su objetivo estratégico de liquidar, paso a paso, el
Estado judío de Israel? Demostraron que no se desesperaban por la paz,
ni siquiera se conformaban con obtener todo lo que exigían públicamente.
El
primer ministro israelí, Ehud Barak, regresó de Camp David con la cara
triste: había hecho el máximo de concesiones sin obtener la paz. El
presidente palestino, en cambio, volvió feliz, repetía un insistente
signo de la victoria (¿qué victoria?) y enseguida desencadenó la segunda
Intifada, que contribuyó a encender más odio y arruinar las
negociaciones casi terminadas. Abundan los documentos que expresan el
desenfadado anhelo árabe de ocupar o destruir todo Israel mediante
sucesivas amputaciones (Irán sueña hacerlo más rápido, con bombas
atómicas). La propaganda en idioma árabe ha convertido a Israel en un
país diabólico, culpable de todos los sufrimientos palestinos, árabes,
islámicos y mundiales. Su aniquilamiento sería una bendición, afirman.
Semejante locura, claro está, fue creciendo gracias a la indiferencia o
complicidad de muchas naciones.
Ahora avanza la resurrección de Chamberlain.
Se
quiere una paz rápida. A toda costa. Y esto -suponen equivocados- sólo
se lograría entregándoles en bandeja a los palestinos lo que "dicen"
pretender (no lo que en realidad quieren). En otras palabras, regalar
los Sudetes encarnados en las ficticias "fronteras de 1967", fronteras
que nunca -¡nunca!- existieron de verdad, sino que fueron las precarias y
provisorias líneas de armisticio establecidas por el alto al fuego en
la guerra de 1948/9 desencadenada por seis Estados árabes. Esas líneas
no separaban a Israel de los palestinos, sino de Egipto y de Jordania,
que se apoderaron de Judea, Samaria y Gaza, a las que no pensaron
convertir en otro Estado. Jordania cambió su original nombre de
Transjordania para quedarse con Cisjordania. Esta ocupación, donde
estaba el presunto pueblo árabe-palestino, no fue criticada por nadie.
En realidad, aún no había un pueblo estrictamente árabe-palestino; los
palestinos eran más bien los judíos que se alzaban contra el dominio
colonial británico y volvieron a darle vida al país.
Casi dos
décadas más adelante, cuando Israel tuvo que defenderse del zarpazo
mortal que habían planeado Egipto, Siria y Jordania mediante la llamada
Guerra de los Seis Días (año 1967) no quitó la Cisjordania, Jerusalén
oriental y Gaza a los palestinos, sino a sus anteriores fuerzas de
ocupación.
El Estado judío de Israel acepta crear ahí un Estado
árabe-palestino, pero con cambios en los límites según la actual
demografía, para que las tierras donde habitan judíos sean canjeadas por
tierras que ahora pertenecen a Israel y son habitadas por árabes. De
esta forma, se acabaría con el estribillo de la "ocupación" de unos y de
otros. ¿Eso está mal?
¿Por qué la Autoridad Palestina se opone a
ese ofrecimiento y sigue machacando con las anticuadas y falsas
"fronteras de 1967"? Para que Israel tenga que arrancar por la fuerza a
los ciudadanos que han construido sus viviendas y viveros más allá de
esas líneas; son unas 700.000 personas. Si Israel lo intentara, se
desencadenaría una guerra civil. Pero si no lo hace, el Estado palestino
reconocido por las Naciones Unidas tendrá el derecho legal de mandar
lluvias de misiles a Israel porque estaría ocupando un territorio
extranjero. No necesitará negociaciones y no habrá paz.
Por otra
parte, el drama de los refugiados palestinos (que no se resolvió en más
de seis décadas por la decisión árabe de mantenerlos segregados y en la
miseria para exhibirlos como víctimas de la maldad israelí) volverá a
ser puesto a la cabeza de sus exigencias. No para que se instalen y
prosperen en un flamante Estado palestino, sino para que se amontonen en
Israel. Suponiendo que eso ocurra, Israel debería retroceder más aún,
hasta las fronteras dibujadas en 1947. O convertirse en otro Estado
árabe, aunque mantenga el nombre de Israel.
Los gobiernos (como el nuestro) que se ilusionan ingenuamente con ayudar al appeasement
mediante el reconocimiento unilateral, sin negociaciones previas, serán
sorprendidos por la Tercera Intifada. Ahmad Abu Ruteima lo expresó sin
rodeos: "Nuestra lucha es contra la existencia misma de Israel, no sobre
las fronteras de 1967". En los niveles superiores de Al-Fatah, partido
que sostiene a la Autoridad Palestina, ya se discute si no conviene la
renuncia del presidente Mahmoud Abbas (considerado blando) y romper los
Acuerdos de Oslo.
Quienes no pongan freno a estos planes,
enceguecidos por la equivocada solidaridad con un liderazgo belicoso e
insaciable que ahora tiene el respaldo explícito de organizaciones
terroristas como Hezbollah y Hamas, serán despreciados por haber
resucitado al bufonesco Chamberlain. Y haber empujado la región a una
horrible matanza. Yo sigo prefiriendo a Churchill.
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